Yo, un espectáculo

HONGOS

«La más común de las cosas puede volverse deliciosa, basta con ocultarla».OSCAR WILDE

imposible no saber quién es la joven autora del libro autobiográfico Yo, Cumbio, que aparece en la televisión, atrae a la prensa internacional y hasta protagonizó una importante campaña publicitaria. Cada vez que sube una foto a su página de internet, recibe cientos de comentarios de sus fans, que también le envían regalos y mensajes al celular. ¿Por qué tanto frenesí? Se trata de un caso especial, sin duda, pero esa excepcionalidad es meramente cuantitativa. “Estoy todo el día en la computadora de mi cuarto”, explica una chica, “tengo 650 contactos con los que chateo”. Y otra confiesa, emocionada: “Todavía no puedo creer que los chicos hablen sobre mí”, refiriéndose a los comentarios que recibe a través de internet. “¡Es como tener fans!”, resume orgullosa.

Ese anhelo de exhibirse en las pantallas refleja cierto clima de época. “Muchos jóvenes no parecen tener instintos de protección de la privacidad”, justificó un especialista al evaluar los lucros millonarios que MySpace –uno de esos sitios en donde los adolescentes vierten buena parte de sus vidas– preveía recaudar con el envío de publicidad dirigida a sus millones de usuarios, utilizando los datos que ellos mismos divulgan en sus blogs, perfiles y conversaciones. ¿Qué tipo de datos? Todo un acervo de detalles que, en otros tiempos, se habrían considerado íntimos y, por tanto, permanecerían resguardados en el pequeño universo privado de cada uno. Ahora, sin embargo, esa información se convierte en material públicamente disponible, y se capitaliza como un valioso combustible capaz de nutrir la voracidad consumista.

En estos tiempos de barrios cerrados y pánico por la (in)seguridad, resulta curioso que esos jóvenes tan representativos del espíritu del momento parezcan “vivir en casas de vidrio, no detrás de cortinas bordadas o de terciopelo”, como constataba David Riesman en 1950, en su libro La muchedumbre solitaria. Claro que el sociólogo no aludía a los adolescentes hiperconectados de hoy en día, sino a aquella generación de norteamericanos que a mediados del siglo XX insinuaba aportar una serie de características novedosas. Riesman estudió esa “transformación del carácter”, que implicaba un desplazamiento de los ejes en torno de los cuales cada sujeto edifica lo que es. Un deslizamiento desde adentro de uno mismo hacia afuera de aquella esencia que se suponía oculta en las propias entrañas. Un desplazamiento desde aquel núcleo del yo situado en las profundidades íntimas del “carácter” individual, hacia todo aquello que los demás pueden observar y constatar como la “personalidad” del sujeto que se muestra e interactúa en el mundo. Se vislumbraba, entonces, el abandono de un modelo de subjetividad introdirigida y el surgimiento de un nuevo tipo, alterdirigido u orientado hacia la mirada ajena. Este nuevo tipo de subjetividad no se asienta más en la densa base constituida por la propia “interioridad psicológica”, como solía suceder en las sociedades occidentales a lo largo del siglo XIX y principios del XX, sino que invierte todos sus esfuerzos y recursos en las apariencias, pues desea controlar los efectos que el propio aspecto físico provoca en sus contemporáneos.

LAS REDES SOCIALES COMO FACEBOOK Y TWITTER TAMBIÉN FUNCIONAN SEGÚN ESA LÓGICA DE LA COTIZACIÓN DE REPUTACIONES; POR ESO, LOS USUARIOS PRACTICAN UNA SUERTE DE COMERCIO CUYA MONEDA SON LAS VISITAS, LOS COMENTARIOS Y LAS “LISTAS DE AMIGOS”.

Pero, cabe preguntar: ¿por qué esa transformación en las subjetividades se desató en la segunda mitad del siglo XX, irradiando hacia el mundo a partir de los Estados Unidos? El modo de vida y los valores privilegiados por el capitalismo en auge fueron primordiales en esa transición, al propiciar el desarrollo de habilidades de autopromoción en cada individuo e instaurar un mercado de personalidades, en el cual la imagen y la reputación constituyen el principal valor de cambio. “Los norteamericanos siempre buscaron una opinión favorable”, explica Riesman, “y siempre tuvieron que buscarla en un mercado inestable, donde las cotizaciones del yo podrían cambiar, sin la restricción de precios de un sistema de castas o de una aristocracia”. Sin embargo, a pesar de esa tradición ya cimentada por el american way of life, fue recién a mediados del siglo pasado cuando ocurrió la “redefinición del yo” que terminó “exteriorizando” las subjetividades. Ahora, sesenta años después de la enunciación de esa sugerente tesis por el sociólogo estadounidense, la mayoría de los adolescentes de ese país poseen blogs o fotologs, y participan activamente en las redes sociales de la web; pero esa costumbre no es una exclusividad de aquel país, como se sabe, y su influencia en América Latina está en franco crecimiento.

SER, PARECER Y APARECER
Así, en esta “aldea global” del siglo XXI resulta imposible preservar los secretos, como si viviéramos un retorno a los modos de vida previos a la urbanización de Occidente. Sin embargo, el anonimato puede ser útil para consumar ciertas estrategias individuales, pero la discreción y el pudor no figuran entre los valores más preciados. Al contrario, incluso, pues en los escenarios virtuales de la web 2.0, la mera posibilidad de pasar inadvertido se presenta como una pesadilla. Más allá de la cantidad de lectores, espectadores o “seguidores” que logren reclutar, los adeptos de las redes interactivas suelen considerar que su presuntuoso yo tiene derecho a poseer una audiencia. Y a seducir a ese público se dedican todos los días, con sus relatos, fotos y videos de tono intimista, donde el protagonista exclusivo es siempre el mismo: yo. Es decir, un sujeto que es autor, narrador y personaje principalísimo de todas las peripecias.

“Cuanto más las personas capturen sus momentos especiales en videos, YouTube les permitirá ser losbroadcasters de mañana”, manifiesta el reglamento de ese servicio de intercambio de películas on line: “si alguien tiene talento y su material es creativo, a los usuarios les va a encantar comentar y mirar sus videos”. El servicio de floggers, a su vez, que tiene tanto éxito en América Latina, se basa en la siguiente premisa implícita: “cuantos más comentarios recibe, más famoso es el flogger”. Las redes sociales como Facebook y Twitter también funcionan según esa lógica de la cotización de reputaciones; por eso, los usuarios practican una suerte de comercio cuya moneda son las visitas, los comentarios y las “listas de amigos”. Todo esto tiene mucho sentido, porque en el imperio de las subjetividades alterdirigidas, todo lo que es debe ser visto para poder realmente ser. De modo que cada uno es lo que muestra de sí mismo: todo eso y nada más que eso.

¿Qué ha sido, entonces, de aquel nido en el que germinaban las subjetividades introdirigidas, la entrañable (o asfixiante) intimidad hogareña y su reivindicación de la privacidad? Los muros que lo guarnecían, sólidos y opacos, súbitamente se han vuelto traslúcidos. Si las paredes del típico hogar decimonónico eran macizas, porque debían servir como una cápsula para proteger a su morador de la intromisión ajena, ahora se dejan infiltrar por miradas técnicamente mediadas o mediatizadas, que flexibilizan y ensanchan los límites de lo que se puede decir y mostrar. La vieja intimidad perdió su nitidez y se transformó en otra cosa: ahora está a la vista de todos.

Pero, cabe insistir, ¿qué queda de aquel homo psychologicus de los viejos tiempos modernos? En los umbrales del siglo XXI, ese personaje parece haber transmutado en las celebridades visibles del “espectáculo de la realidad” que todos quieren ver y ser –o, cuanto menos, parecer–. Ya hace más de cuarenta años que el cineasta y activista francés Guy Debord afirmó que en la sociedad del espectáculo ocurre “un deslizamiento general del tener en parecer”. En otras palabras: si no se muestra, si no aparece a la vista de todos y si los otros no lo ven, entonces de poco sirve ser o tener lo que sea. Ahora, lo importante es parecer –y, claro, aparecer–.

EN BUSCA DEL AURA PERDIDA
Cabe aludir, aquí, al éxito reciente de otro nuevo género mediático: los reality-shows de transformación, programas de televisión que efectúan alteraciones sustanciales en el aspecto físico y en los ambientes donde viven sus participantes. Se diría que, al final, estos emergen liberados de esas mutaciones: redimidos de quienes fueron hasta entonces, tras haberse desbaratado de sus pertenencias y habiendo trocado su vieja subjetividad-basura por una flamante subjetividad-lujosa, como diría la psicoanalista brasileña Suely Rolnik. Felices y libres, por fin, de las aflicciones infligidas por sus antiguas formas corporales y por aquellos ambientes en los cuales hasta entonces habitaban, cuyas paredes los presionaban con su intimación al silencio y a la soledad, y con la obligación de permanecer fieles a sí mismos. No obstante, una vez liberados del encarcelamiento de sus viejos objetos y de todo lo que fueron hasta entonces, ¿en qué se convierten? Quizás al librarse de las viejas tiranías del tener, guardar y acumular –ya sea en los hogares o dentro de su “interioridad”–, hagan coincidir su ser con su parecer. Y celebren, así, el triunfo de las apariencias que, en el imperio de la visibilidad y de la celebridad, se complacen en devorar a las anticuadas esencias.

Llama la atención, sin embargo, en este contexto en que la solidez de las vetustas esencias interiorizadas parece definitivamente perdida, la repetida alusión a la “autenticidad” como un atributo personal considerado valioso. Casualmente o no, se trata de uno de los términos a los que recurrió Walter Benjamin en su célebre ensayo de 1935, con la intención de definir qué sería el “aura”, aquella singularidad del aquí y ahora que hacía que cada obra de arte original fuera única, dotada de cualidades exclusivas y sagradas. Pero, como se sabe, esa autenticidad habría agonizado con el desarrollo de las técnicas de reproductibilidad aplicadas a los objetos artísticos. Si la extrapolación es tolerable, sería posible agregar aquí que la “autenticidad” de cada individuo también habría expirado con el desvanecimiento de la interioridad psicológica; es decir, aquel atributo intrínseco que permitía que cada sujeto moderno fuera realmente único. El aura personal también se habría desvanecido con la proliferación de copias, simulacros y falsificaciones de subjetividades descartables en la sociedad del espectáculo, con su aceitada industria dedicada a la producción y al consumo de personalidades alterdirigidas, inestables, flexibles y mutantes. De esa transformación se derivaría la ansiedad actual por recomponer, de algún modo, el aura perdida: un deseo de apropiarse de todo aquello que parezca cercano a esa aureola extinguida.

Por eso, en este nuevo contexto, el cuerpo y los modos de ser constituyen superficies lisas en las cuales cada uno ejerce sus artes y oficios de auto-creación, e intenta transformarse en un personaje lo más “aurático” posible. Alguien capaz de atraer las miradas ajenas, valorizando su imagen para posicionar la marca de su yo en el competitivo mercado de las apariencias. Para lograr ese éxito, se ha vuelto necesario ficcionalizar lo que se es recurriendo a los códigos mediáticos audiovisuales, como si cada sujeto estuviera siendo filmado constantemente. Es así como se pone en escena, todos los días, el show del yo. Se trata de convertir a la propia intimidad en un espectáculo y orientar la personalidad hacia las miradas ajenas, como si los otros constituyeran la audiencia capaz de legitimar que el protagonista de ese show existe, y que ese yo es alguien. Las celebridades fugaces que emanan de internet o de los reality-shows son los ejemplos mejor consumados –y, tal vez, los más caricaturescos– de este nuevo régimen de subjetivación. Pero la lógica espectacular extrapola esos espacios y se va infiltrando, cada vez con mayor insistencia, en todos los ámbitos de la sociedad contemporánea. Incluso, y sobre todo, en el mismísimo núcleo del yo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *