Ya es parte de la tradición

Comparto la opinión de T. S. Eliot de que ningún artista de cualquier arte, alcanza por sí solo trascendencia total. Su importancia, la apreciación que se le confiere es la apreciación de los vínculos que tenga con los poetas y artistas muertos. No es posible valorarlo de manera aislada, hay que ubicarlo en contraste y en comparación con los ya extintos.

Para ver si esto es válido, tratemos de poner ciertos ejemplos.

Alguien lee ahora a ChateauBriand, a Lord Byron, a Ivo Andric, a Henry de Montherlant?

Con harta frecuencia las obras literarias están limitadas por el gusto de una época y –como dice Blas Matamoro hablando de Thomas Mann– la gloria y la fama literaria es tan frágil y transitoria, que necesita la frecuente confirmación. Y ya veremos lo que dijo Paul Leautaud respecto de lo que sucede con los escritores extintos. La muerte puede ser el final existencial del hombre escritor, o del gusto de una época que concluye como la moda.

Una obra literaria, como una planta, no surge por generación espontánea, sino de una semilla o de un gajo, así como la vida no muere con la forma; en el recóndito fondo de la vida y de la muerte, está la esencia.

Lo que transcurre es el tiempo, el gusto de una época. Pero lo esencial de una obra permanece oculto. Toda creación es transformación. La obra de un artista es imposible valorarla de una manera aislada sino en comparación con el medio que la produjo y con sus antecedentes, con la obra de los artistas muertos.

Lo que acontece cuando se crea una nueva obra de arte, es algo que sucede simultáneamente a todas las que la antecedieron.

Luego de comer en el restaurante de la Torre Gálata en Estambul, recorrimos con Flora el camino junto al mar que pasa por delante de un cementerio musulmán, con sus lápidas de piedras verticales, y llegamos a la vieja casa que habitara Pierre Loti, convertida ya en un café-museo para turistas.

Antes de esa peregrinación, había leído Los trabajadores del mar y Los pescadores de Islandia, pero estas versiones del genial Víctor Hugo para nada desmerecieron el interés por las narraciones sobre todos los ambientes similares de Pierre Loti, antes bien, me sirvieron para engrandecerlo.

Escritores como Pierre Loti, Ridder Haggard, en sus novelas y narraciones dan la impresión de que ellos escribían tan naturalmente como respiraban, sin otras preocupaciones estilistas o estructurales que las de contar una historia. Pero leyéndolas como se debe, como es de justicia hacerlo, han hecho posible a Hugo y a Conrad, así como Somerset Maugham ha premeditado a Graham Green, y como Joseph Kessel a Saint Exupéry, y en ello precisamente reside su importancia y su grandeza. Para el canon, tal vez resultan olvidables pero no para la literatura.

Los libros que leemos en la niñez y en la adolescencia, podría decirse que son los que más influyen en nuestra concepción de la vida. Hay en todo lector –iba a decir, más precisamente– en todo escritor, un momento en que su naturaleza y de alguna manera su destino, se cristaliza y ello marca los límites de su universo privado. Nadie recuerda hoy a Paul Leautaud, el anciano de malas pulgas de las letras francesas –el Pauvre Pauf, como era mencionado por sus contemporáneos. Este anciano terrible que por su cinismo, su falta de compromiso y agresiva sinceridad, fue tan temido en vida, como inmediatamente después de su muerte.

Leautaud vivía en una pobre casa en las afueras de París con su jardín poblado de gatos vagabundos, y andaba vestido como un clochard, y hasta el final de su vida escribió su journal, acumulando quince mil páginas sin dificultad, diario del que según tengo entendido no existe traducción completa al español. Esto tampoco a él le importaba, ya que dijo: “Hay veces en que escribir me causa repugnancia, cuando pienso en la cantidad de asnos por los que puedo ser leído”. Vivió este raro ejemplar entre las dos guerras mundiales y opinó que “las guerras no han matado todavía bastantes imbéciles”.

De la literatura francesa, según sus observaciones, no admiraba a nadie, salvo a Moliere y, sobre todo a Paul Valery, uno de los escasos contemporáneos con el cual tuvo amistad.

De Flaubert decía que no era un narrador sino un ebanista que se pasaba cepillando la madera. De su contemporáneo Gide, dejó dicho: “Voy a escribirle para darle lecciones de estilo: inicia las frases con un pero”.

De Mallarmé opinó que escribía sus poesías buscando las palabras en el diccionario y ante la tumba de Verlaine comenzó una oración fúnebre diciendo: “La tumba ama el silencio” y continuó hablando durante una hora.

El juicio que he arriesgado de que ninguna obra de arte surge de la nada o por generación espontánea, aparte de los ejemplos anteriores, podríamos agregar los casos de Paul Morand, que actualmente merece tan solo una módica mención en los diccionarios sobre la literatura francesa, que es el antecedente de Roger Martin Du Gard, Premio Nobel, que ya muy pocos recuerdan y nadie lee.

Y en lo que se refiere a la literatura inglesa, Ford Madox Ford (o Huepher) precede a Conrad como lo recuerda Graham Green enseñándonos que las notas necrológicas aparecidas a su muerte en el Times Literary Suplement, ya advertía que sus novelas habían empezado a perder actualidad veinte años atrás, agregando que los críticos literarios ingleses son singular y tenazmente conservadores, y a la muerte de un hombre, se apresuran a borrar cualquier conmoción que pudiera haber provocado. Curiosamente, a esto se refería el viejo Paul Leautaud cuando dijo que “un perro vivo vale más que un escritor muerto”.

Ese epitafio, cruel y elocuente, sin duda nos cobijará a todos.

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