Vivir el solsticio

El 24 de junio representa simbólicamente la celebración del solsticio. Sobre los ellos podemos escribir libros enteros con énfasis en la astronomía, la cosmogonía, la filosofía, pero prefiero referirme al solsticio de invierno que celebramos en el Hemisferio Sur, desde lo simbólico, con un mensaje trascendental: Recordar el programa de vida masónico que se jura el día de la iniciación.

Cada profesional, desde su área puede conocer mejor que cualquier masón el valor del solsticio, pero lo que diferencia con aquellos profesionales es que los masones llevan el sentido simbólico del fenómeno a la vida misma, al mundo real, hacen del solsticio una actitud ante la vida.

El mundo vive tiempos de desesperanza, donde la única certeza es la incertidumbre y considero que deben ser lo masones los que lleven la antorcha de libertad y justicia para otorgar nuevas esperanzas a este mundo globalizado.

Pero, por qué este pensamiento en medio de una celebración de solsticio de invierno. Comparto estas ideas con ustedes porque de esto trata en su sentido trascendental: Es una fiesta de esperanza y testimonio, como así también de compromiso.

De esperanza, por la renovación de aquel fuego que hoy está en su mínima expresión, el cual volverá muy pronto para fecundar con sus rayos luminosos.

De testimonio, porque estaremos presentes para regocijarnos de su reaparición en la próxima primavera.

Y de compromiso, porque este es el momento en que cada uno debe adentrarse en lo más profundo de sí mismo para renovarse, al igual que los rayos del sol lo hacen en la tierra durante la primavera, para tomar un rol protagónico en la sociedad, aludiendo el despertar de la naturaleza y el nuevo nacimiento en cada uno.

No solo debemos recordar el solsticio o festejarlo, yo les invito a vivirlo. Hoy el hombre corriente vive alejado de la naturaleza y preocupado por dominarla, olvidando que es parte de ella. Y de la misma manera en que hoy vivimos el solsticio en el mundo, debemos vivirlo en el interior de nosotros mismos.

El solsticio de invierno marca un momento en que el tiempo se detiene, el presente se manifiesta en un instante de eternidad. Es un tiempo de silencio, de recogimiento interior y meditación. Un momento donde aquella semilla se pudre en el interior de la tierra, esperando pacientemente que llegue el tiempo para crecer y manifestarse. Es tiempo de afirmar nuestros valores y convicciones, para que cuando llegue la primavera podamos vivirla a pleno en la sociedad, esa sociedad que necesita de masones verdaderos y no de hombres vestidos con oropeles y grandilocuentes discursos.

Este fenómeno celeste que se reproduce cada año no es sino el motivo inspirador a través del cual se busca conciliar el sentido cósmico de la constante renovación, simbolizada por la doble cabeza de Jano, quien observa el pasado y mira el futuro, sin embargo su mirada esotérica, de un tercer tiempo, es el de quien contempla el presente con una nueva conciencia. Así planteadas las cosas, los masones no estamos para vivir, celebrar o festejar el pasado, ni para soñar el futuro, sino para construir el presente con una nueva conciencia, teniendo al pasado por base y al futuro por meta.

Este fenómeno solsticial existe en la tierra antes que el hombre pudiera calcularlo y como no pudiendo cambiar el fondo, las cavilaciones han luchado por dotarla de una forma, pero jamás se podrá cambiar su sentido en el universo. Pero existe al menos un rincón en el universo que con toda seguridad podemos mejorarlo y ese lugar está en uno mismo.

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