VEJEZ ,BUENAS NOTICIAS

Empezamos a envejecer siendo muy jóvenes. Cuando estamos ocupadísimos en crecer, producir, reproducirnos… Así que los primeros síntomas se nos pasan por alto. Y está bien que así sea. Pero después de los cuarenta, rondando los cincuenta… no conviene seguir distraídos. Vale la pena que usemos toda la lucidez y la energía de la edad mediana para descubrir algunas claves que pueden prepararnos una vejez sana y agradable. Es nuestra responsabilidad y nuestro derecho.
Mantenernos informados, hacer algunos ajustes en nuestra calidad de vida, revisar con una nueva luz nuestra escala de valores, acercarnos con valentía al tema de la muerte… Hay mucho para hacer, y para dejar de hacer…

La longevidad es otra cosa
Los hombres de Neanderthal tenían un promedio de vida de 20 años, los antiguos romanos podían aspirar a alcanzar los 27, y los estadounidenses de principios de siglo promediaban los 48 años.
La esperanza de vida se ha duplicado en menos de cien años. Pero ¿ha cambiado nuestro ritmo de envejecimiento a lo largo de la historia? Parece que no.
Los adelantos médicos han mejorado más la salud de los jóvenes que la de los mayores. La esperanza de vida aumentó venciendo enfermedades de la infancia y de la mediana edad, por la mejoría del entorno y el desarrollo de los antibióticos. Pero no porque se haya retrasado el ritmo de envejecimiento.
“La edad a la que alguien es considerado un anciano, no parece haber cambiado con el tiempo —dice Steven N. Austad en su libro ¿Por qué envejecemos?—; no hemos encontrado ninguna fuente histórica que hable de un cuarentón considerándolo un anciano, a pesar de que en la Grecia antigua, por ejemplo (y en todas las demás culturas conocidas hasta el siglo XVII), la esperanza de vida no superaba los treinta años. Tomemos a Alejandro Magno: en su tiempo se consideraba que había muerto joven, aunque con treinta y tres años ya superara la esperanza de vida de su época. Platón y Sófocles, por su parte, eran tenidos por ancianos, y efectivamente murieron a las edades respectivas de ochenta y noventa años.”
En general, los datos sugieren que durante la mayor parte de la historia humana, la mayoría de los adultos vivía sólo hasta los treinta o cuarenta años debido a la inclemencia del ambiente, las duras condiciones de trabajo, la falta de medicamentos… Pero algunos pocos que lograban esquivar infecciones, pestes, gripes mortales, accidentes… llegaban a alcanzar edades que incluso hoy en día consideramos avanzadas.
En los jeroglíficos egipcios de hace 5.000 años, una figura humana inclinada sobre un bastón significa “vejez”. Y los antiguos textos de medicina egipcia, que describen con precisión los cuadros clínicos asociados a la vejez, los asignan a las edades en las que siguen presentándose hoy, y señalan como límite máximo para la vida humana los 110 años.
La longevidad, excepcional para la época, de algunos faraones, reyes y emperadores está bien documentada y refleja la buena alimentación, el trabajo moderado, y los cuidados especiales que recibían desde la infancia.
Aunque con el transcurso de los milenios se ha logrado un entorno más seguro para más gente, parece que, sin embargo, el ritmo de nuestro envejecimiento no se ha podido modificar. Ni siquiera con las panaceas más modernas como los antioxidantes, las hiperdosis de vitamina C, la melatonina… Según algunos investigadores la gran esperanza podría ser la medicina genética; sobre todo cuando culmine el proyecto genoma humano, que ya está en sus últimos tramos, y ha avanzado más rápido de lo previsto. Las terapias génicas al disponer de los mapas y secuencias genéticas completas del ser humano avanzarán en forma espectacular. Y no sólo en el perfeccionamiento de remedios para las enfermedades propias de la vejez, sino contra el envejecimiento en sí.

La renovación
Antiguas escrituras hindúes se refieren a la vida humana como una secuencia de estadíos en la que los placeres de cada etapa van quedando atrás y son reemplazados por objetivos siempre más elevados, más adecuados y no menos placenteros. Se señala una primera época entre los 8 años y principios de los 20, cuando se es estudiante, y la única obligación consiste en aprender. El principio de la segunda etapa está marcado por el matrimonio, consiste en ejercer la jefatura familiar. Los veinte o treinta años siguientes son testigos de la satisfacción de las necesidades: placer, principalmente a través de la familia; éxito a través de la vocación y deberes mediante el ejercicio de la ciudadanía. Cuando la edad reduce inevitablemente los placeres del sexo y de los sentidos, cuando alcanzar el éxito ya no representa una novedad y cumplir los deberes se ha convertido en algo repetitivo y rancio, ha llegado la hora de pasar a la tercera etapa, la del peregrino, el retiro. A partir del nacimiento del primer nieto, el individuo debe ser libre de comenzar su verdadera educación como adulto, de descubrir quién es y de reflexionar sin interrupción en el significado de la vida. Tradicionalmente el hombre y su mujer —si ella desea acompañarlo— deben internarse en la soledad de los bosques en un viaje de autodescubrimiento. Por fin sus responsabilidades sólo se refieren a sí mismos. La etapa final, cuando el peregrino alcanza su meta es el estado de sannyasin. Sin obligaciones ni pertenencias, sin más expectativas del cuerpo, el sannyasin es libre de vagar y “mendigar en la puerta trasera de la casa de alguien de quien fuera amo en otro tiempo”. Según los hindúes, el sannyasin “vive identificado con el Yo eterno, ya no odia ni ama nada”.
Salvando las distancias culturales, algo de esto también está presente en algunas miradas occidentales acerca de la vida humana y sus valores.
Una de las grandes compensaciones de atravesar los desajustes y desafíos de cada etapa vital, puede ser el llegar a aprobarse a sí mismo, independientemente de las pautas y planes de otras personas. Dice Gail Sheehy en su libro Crisis de la edad adulta: “Al renunciar finalmente al deseo de que nuestros padres sean diferentes, y al navegar por diversos estilos de vida hasta el punto en que la dignidad merezca defenderse, uno puede alcanzar lo que Erikson llama integridad. Con ello se refiere a la llegada a la etapa final de la evolución de una persona adulta, en la que uno puede bendecir su propia vida.”

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