Unidos y separados por el revisionismo

Observados desde fuera de la Argentina, los actuales debates alrededor del llamado “revisionismo histórico” revelan rasgos muy particulares del rol de la Historia en la política argentina. En medio de las polémicas, los historiadores deberíamos volver a nuestro quehacer: historizar y analizar los debates del presente para mejorar nuestras prácticas profesionales.

Hace un año la fundación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico causó polémicas y malestar entre muchos historiadores profesionales. Se molestaron con el lenguaje combativamente nacionalista del decreto que propuso reivindicar al “mártir” Manuel Dorrego y otros hombres de la historia argentina “que defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que en pro de sus intereses han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino”. El discurso presidencial se inspira en el llamado revisionismo histórico, como lo confirmó recientemente Cristina Kirchner en la Universidad de Georgetown.

El revisionismo es una lectura de la historia argentina que fue sistematizada en los años 30 por intelectuales filofascistas y más tarde adoptada por nacionalistas de izquierda hasta encontrar un hábitat definitivo como baluarte partidista en la amplia iglesia del peronismo. El revisionismo sostiene que el destino nacional de grandeza fue truncado por una conspiración “extranjerizante” que tenía el fin de encadenar el país a fuerzas imperialistas. Los villanos “liberales” u “oligárquicos” se concentraron en Buenos Aires para orquestar una “conspiración de silencio” en contra de los verdaderos héroes nacionales que virilmente lucharon por la soberanía nacional. Además, “los liberales” habían colonizado mentalmente a los argentinos, empuñando una “historia falsificada” cuyos verdaderos fines sólo una vanguardia patriótica iluminada podía adivinar. En vista del nacionalismo manido y del tradicionalismo metodológico de esta vertiente historiográfica es sugestivo su reciente renacimiento. Precisamente por esto, es más fructífero e interesante indagar en las razones de ser del revisionismo y preguntarse qué nos puede contar sobre la sociedad y la política argentinas y sus historiadores.

Habría que reconocer que la Argentina no es el único país donde el Estado propone una política de la historia que parece dudoso y sospechosa para muchos historiadores. Pero tales políticas oficialistas no necesariamente significan la imposición de un “pensamiento único”, como algunos historiadores sostuvieron. Un año después de la fundación del Instituto, este pensamiento no parece ser más real que la supuesta “conspiración de silencio” de la que los revisionistas llevan décadas hablando y con la que justifican la necesidad de su existencia.

Históricamente el uso político del revisionismo siempre ha coincidido con momentos de polarización. Ya que una versión de la historia tan combativa como lo es el revisionismo no se presta para la creación de consenso, hasta hace poco incluso los gobiernos peronistas se han abstenido de oficializar esta versión –toda su razón de ser se basa en un ataque contra una imaginada “historia oficial”.

El epíteto “extranjerizante”, uno de los preferidos de los revisionistas, siempre se ha dirigido contra un enemigo interno. El término “nacionalismo” tiene un significado muy peculiar en la Argentina. Si en EE.UU. la glorificación de “nuestros padres fundadores” bien podría ser llamada una política nacionalista de la historia, lo que en Argentina suele entenderse por nacionalismo remite principalmente a clivajes internos. A pesar de que invoque la unidad nacional, postula que hay dos Argentinas, cuyas demarcaciones se basan en criterios geográficos (Buenos Aires versus el interior), políticos (“liberales” versus “nacionalistas”) y en menor medida étnico-culturales (lo criollo versus una mal definida “cultura europea”).

No por ello el revisionismo es expresión de una falta de integración nacional en el ámbito social, cultural o étnico. Las recurrentes polémicas se nutren en parte de la imposibilidad de delinear la frontera exacta entre estas dos Argentinas imaginadas. Es llamativo que la mayoría de quienes participan en estas polémicas tengan antepasados que residían en Europa en el momento al que remiten estos debates. Aunque en el momento de su nacimiento el revisionismo se alimentaba de corrientes xenófobas, desde 1930 las invectivas contra lo “extranjerizante” han convivido alegremente con la aceptación de que “somos un país de inmigrantes”. En perspectiva histórica comparada la “nacionalización” de una sociedad mayoritariamente “extranjera” fue un proceso extraordinariamente suave.

De hecho el mismo revisionismo forma parte de una tendencia más amplia en la historiografía argentina que se destaca por ser muy “nacional” – en el sentido de que se refiere únicamente a la historia nacional. Tanto en su función autoproclamada de usar la historia para construir una nación como también en su nacionalismo metodológico, el revisionismo es un hijo no reconocido del mitrismo del siglo XIX, ambos obsesionados con una evaluación moralista sobre quienes merecen ser venerados como próceres nacionales.

Lo nocivo de esta tendencia no es que impusiera una dictadura del pensamiento, sino que constriña energías que mejor podrían utilizarse en la investigación de otros temas, sobre todo los no nacionales. Sería injusto menospreciar los avances en las investigaciones históricas desde 1983 como cómplices de ese nacionalismo metodológico. Pero si la situación se compara con la de otros países, también es notable que casi todos los historiadores argentinos, incluyendo los profesionales y los que trabajan fuera del país, se dediquen a investigar la historia de su propio país. Este estado de cosas no es solamente extraño en un país cuyos padres fundadores eran extranjeros, cuya historia “nacional” por ello es bastante “extranjerizante” y cuyos intelectuales siempre han sido y son ávidos consumidores del pensamiento internacional. El problema mayor es que dificulta una comprensión mejor de la propia historia, también porque imposibilita distinguir entre los problemas específicamente argentinos y aquellos más globales. Quizás una historia “extranjerizante”, esta vez como el estudio de realidades históricas no argentinas, ayude a desnaturalizar la historia nacional para seguir comprendiéndola; incluso cuando el objetivo es “usar” la historia para que en última instancia recomiende políticas, también aquellas denominadas “nacionales y populares”. Sería demasiado cómodo culpar únicamente al gobierno actual de que este tipo de historia no se escriba en la medida en que se debería.

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