Una vida del boom al boomerang

Este último otoño, en Aix en Provence, Carlos Fuentes me contó la visita que le hizo el escritor, profesor y periodista argentino Luis Harss, que perseguía los nombres propios de la nueva literatura latinoamericana que todavía no había hecho boom. Fuentes tenía 38 años, y todos los demás tenían edades parejas. Me contó que él le fue diciendo a Harss quiénes creía que iban a quedarse en aquel río. Harss le hizo caso, y él estaba muy feliz de que aquella hubiera sido la adivinación de un éxito literario, el del boom, que cambió el destino de la literatura en castellano. Este último otoño Fuentes estaba rodeado de aquellos a los que él hubiera señalado como parte principal de la literatura en la que cree. Estaba Carlos Franz, estaba Jorge Volpi, estaba Juan Gabriel Vasquez, estaba Arturo Fontaine, estaba Juan Goytisolo, estaba Julián Ríos … Fuentes nunca se dio un desmayo: quería dejar testimonio de sí mismo, pero quería abrazar a aquellos que estaban en su mismo camino, desde Cervantes a Gabriel García Márquez. Creía en la literatura manchada, la de La Mancha y América; fue el creador de una frase que luego se hizo famosa, del boom al boomerang, en su ambición de mentor de las nuevas escrituras: el boom creó a los padres, pero los hijos tenían derecho a subsistir con ellos y quería rendirles tributo y tiempo. Su libro sobre la geografía latinoamericana de la novela es su apuesta por recrear las indicaciones que le hizo a Harss para fabricar un corpus nuevo de la literatura que, a su juicio, iba a quedar. Ahora que ha muerto y que su escritura se acumula en ficción y no ficción, en credos y en debates, en artículos de prensa y en incontables entrevistas, lo que resalta de esa actividad que no acababa nunca era que muchas veces se ponía en marcha tan solo porque quería dominar el caballo loco de la ficción, y a veces también porque, como dijo Vargas Llosa de la literatura, sabía que solo la escritura le podía salvar de la pena. No quería acabar, la vida al fin le puso un muro a su esperanza de salvarse siempre escribiendo.

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