Una piñata de sonidos en la oscuridad

«Las canciones que propongo limpian la cañería que nos conecta con nosotros mismos”, define el músico Darío Poletti. “Uno está lleno de cosas interesantes –agrega– pero cuando se queda encerrado en el pensamiento todo queda trabado adentro y no puede entregar nada. Es lo que hace perdernos. Las personas viven a través de la mente y el pensar es un don maravilloso pero uno no puede ser esclavo de la mente. Estas composiciones no las tuve que pensar nunca, sino que fueron espontáneas”, cuenta Poletti de los temas que esta misma noche interpretará en el Centro Argentino de Teatro Ciego, en la presentación de Lucerito, su tercer disco.

El primero, Momentos Sagrados (2006), asegura el artista que transita los circuitos de la world music: “representa un momento suspendido donde no se escucha una canción, una estrofa, un estribillo o una lógica métrica como se puede sentir cuando uno prende la radio. Esta música rompe con el molde». A éste le siguió Salvia de Tierra (2009), ambos de carácter experimental. Pero si algo comparten los tres álbumes es una suerte de misión: Lucerito reafirma su labor en el andarivel musical con el que trabajan los curanderos de la Amazonia, que se conoce como música medicina.

«Este tipo de música se la utiliza como terapia para el reencuentro con el propio ser; con ella se puede lograr una apertura corporal. Está direccionada tanto al cuerpo como a la emoción», explica el músico nacido en Buenos Aires. “Estos cantos, llamados ícaros, son los utilizados por los maestros curanderos, que realizan ceremonias no sólo con plantas sagradas sino también con perfumes y tabacos. Son herramientas de sanación», agrega Poletti, que continúa profundizando sus conocimientos sobre música medicina en la carrera de Musicoterapia que se dicta en la UBA.

Una suerte de black out musical, la propuesta de Poletti se completa con la participación de los músicos Marcos O´Farrel y Nicolás Lagreca y, paradójicamente, florece en sonidos en un terreno despojado de luz: el del Centro Argentino Teatro Ciego, en la calle Zelaya del Abasto. «Estamos habituados a tocar en la oscuridad, en el silencio como se hace en las ceremonias de sanación», explican. «Tocar en la oscuridad no es solo apagar la luz, el Teatro Ciego propone un espacio de ceguera en el que vive el ciego, profunda; lo que permite que el sonido sea lo preponderante».

Escuchar a Poletti en la oscuridad es romper una piñata de sonidos. Él mismo lo define como un dédalo sonoro, por la inmensidad de vericuetos resonantes por los que atraviesa su música. Su origen batero, lejos de condicionarlo a ese lugar en la banda, potenció su búsqueda: tocó con Silvina Garré hasta los veinte y después salió a explorar. Primero lo sorprendió el siku «con esa sonoridad ventosa andina», tal como lo describe. A partir de allí, el charango, la ocarina, las semillas de shacapa y del monte, el udu y el palo de lluvia que, junto a las guitarras y el piano, conforman su tradición musical. «Desde la percusión sigo explorando nuevos instrumentos, nuevas propuestas: la batería en algún momento acotó mis posibilidades de expresión».

Tal vez la historia más audaz en este tipo de espectáculos se dio en Tel Aviv, Israel, cuando once personas que sufren el síndrome Usher (sordos y ciegos) crearon la compañía de teatro Natala´at (la traducción del hebreo es «Por favor, tocar»). La primera obra, en una clara mezcla de sentidos, se llamó «La luz se oye en Zigzag». Y justamente la piedra basal de este emprendimiento fue la estimulación de los sentidos en los espectadores. La potencia allí venía por otro lado que no es la vista. Con eso mismo juega Poletti. Ese zigzag laberíntico es lo que propone la música medicina. Instrumentos no convencionales que funcionan como sortilegios verbales. Una alquimia de sonidos.

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