Una pesadilla de 900 días

Frío: terriblemente sola en un departamento vacío, Tanya, de once años, tomó la lámpara de aceite y dio una vuelta por la sala. Debido a meses de bloqueo a la ciudad, escaseaba el combustible para la luz. Entonces, sus ojos no estaban acostumbrados a la brillantez sino más bien, al tacto.

Tacto: así es como hay que aproximarse a estas fotos. Así es como hay que aproximarse a este momento –ritual secreto– de Tanya en su casa rusa, en 1942. No sólo con la vista sino con el tacto. Con nada demasiado exacto sino con la intuición. Porque lo que nos muestran estos papeles a través de fotografías con grano, accidentes, errores, imágenes mal fijadas, son escenas que, por su complejidad y por su carga de acontecimiento histórico y terrible, no podemos terminar de ver. “Y lo que no podemos ver debe ser mostrado”, escribió Gérard Wajcman hace algunos años. Para que podamos imaginarlo, enredarnos en la imagen. Por eso estas fotos casi piden ser tocadas. Estas fotos son actos, no son objetos, no son cosas. “Son como las ventanas a un evento, reflejos de un tiempo determinado. No deben ser tomadas como obras de arte, son algo mucho más profundo”, explicará luego Evgeny Berezner, uno de los curadores de la muestra El Sitio de Leningrado.

Miro las fotografías: hay cuerpos caídos y cuerpos caminando sin peso. Sombras amorfas, sonámbulas, en medio de tormentas de nieve. Me arrastran con ellas a través de un colchón de frío. Hay humos levantados por los bombardeos, por los derrumbes de las casas, huele a destrucción. Todo es blanco y negro, gris, chorreados, efectos-fantasma. “Probablemente sean consecuencia de accidentes químicos durante el urgente revelado de estas fotos en el campo de batalla”, me explicará luego Daniel Rodríguez, editor fotográfico de Ñ. Sí, eran revelados urgentes: se trata de viejas fotografías de prensa realizadas durante la guerra.

Miro nuevamente: ese lago blanco congelado, el Ladoga. “El camino de la vida”, le decían: cuando se helaba entonces existía, para los habitantes, una ruta de acceso a la ciudad bloqueada, a este inmenso campo de concentración a escala urbana que fue el Sitio de Leningrado. Sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, entre 1941 y 1944 en la que hoy es San Petersburgo, en Rusia. Fue cuando los ejércitos de la Alemania de Hitler, sitiaron la ciudad y cortaron los suministros de comida y combustible para los habitantes. Fueron 900 días con temperaturas que llegaron a 40 grados bajo cero. Murieron 700 mil personas. Comían, al principio, 300, 200 y 150 gramos de raciones de pan por día. Luego, ni eso. Luego, ratas, palomas, caracoles, tizas, aserrín. Más tarde, el canibalismo como último recurso desesperado, y el mercado ilegal de grasa y carne humanas.
Estas fotos están ahora exhibidas en el Centro Cultural Recoleta, mostrando todo a veces de a jirones, a veces de un encontronazo. ¿Pero cómo aproximarse al horror sin ser impúdicos? ¿Cómo observar estas imágenes?

Cuenta una de las curadoras de la exposición, Irina Chmyreva: “Cuando fuimos a San Petersburgo a investigar en el Archivo Estatal de Cine, Fotografía y Sonido –donde se guardan los negativos de estas fotos–, y empezamos a buscar en las cajas, encontramos estas imágenes pequeñas, pegadas sobre cartones, impresas como contactos. Entonces nos llamó mucho la atención que las copias tuvieran escritas anotaciones y descripciones muy detalladas que acompañaban cada situación, cada foto; y pensamos que eso era muy importante. Así que fuimos a través de estas cajas, leímos, miramos, elegimos, hicimos la selección; y decidimos dejar todo tal cual estaba. Imprimimos las imágenes del original sin retocar (por eso en la muestra verán las perforaciones del negativo al costado de las fotos, típicas de lo analógico), y escribimos en los epígrafes las anotaciones originales que encontramos en los archivos, las que fueron hechas por los fotógrafos de prensa en el momento de la guerra. No hubo ninguna intervención nuestra.”

-¿Cuál fue la mayor sorpresa con la que se encontraron en la investigación?
-La composición. Los fotógrafos también estaban pasando por situaciones muy difíciles. Leningrado. Estaban en medio de bombardeos, sin suficiente comida ni calefacción, con las mismas restricciones que el resto de los pobladores de Leningrado. Lo que más me impresiona es que, aún con el horror alrededor, las personas pueden continuar siendo creativas. Y el ritmo … El ritmo de la composición es sorprendente. Estaban en medio de la guerra, corriendo, esquivando bombas, y sacaban la foto … Eso se nota en el ritmo.

-¿Se puede decir que estas fotografías son arte?
-Es duro hablar de arte, en un contexto tan difícil y extremo. Pero eso también es parte de la energía humana que estas fotos transmiten. Y no se puede negar.

-La circulación de estas fotos y la apertura de las cajas con los archivos tienen una historia complicada. ¿Cómo fue?
-Las cajas estuvieron abiertas para los investigadores desde los años 90, no durante la era soviética. En ese período todo estaba bajo censura, a pesar de coincidir la ideología de las fotos con la de los gobiernos. Cuando el régimen soviético cayó, la Historia, que estaba bajo un fuerte paraguas ideológico, tembló. La gente en la Rusia de los 90, entonces, quedó un poco desconcertada, no sabía qué hacer: si estar orgullosa por los soldados soviéticos, si reconocer un montón de errores del pasado, o las dos cosas. Estábamos desorientados en los 90. Por eso hacer esta investigación fue complejo emocionalmente. Nos planteó un montón de preguntas.

En la muestra hay fotos de cuerpos que apenas sobreviven, de cadáveres arrastrados u olvidados. Pero también se ven fotos de niños sonriendo, otras indicando un enorme despliegue fabril durante el sitio, y la entrega de medallas a los obreros más productivos. Una marcha rusa como música de fondo en la sala donde se realiza la exposición es de lo más molesta: distrae. Las fotos lo dicen todo por sí solas. No necesitan música.
“La gente dice que hasta las cosas más terribles se olvidan. Pero esto no lo podré olvidar. Nunca”, contó Zina Generalova, refugiada del Sitio, recordando cuando su bebé y su marido murieron de hambre y ella estaba demasiado débil como para enterrarlos o buscarlos. ]

Leo, miro. En estos campos de hielo no hubo felicidad posible.

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