Una novela hiperreal

En “El Cártel de Bagram”, Gustavo Sierra narra la historia del soldado John Torres, muerto en Afganistán.El mito de la guerra vende y legitima la droga que es la guerra. Una vez que empezamos a consumir su embriagador narcótico, se crea una adicción que lentamente nos rebaja a la corrupción moral de todos los adictos”, escribía el ex corresponsal norteamericano Chris Hedges (La guerra es una fuerza que nos da sentido). Curtido en unas cuantas batallas, el periodista hablaba de primera mano del embeleso que se alimenta con el olor de la pólvora, y gracias al cual se sostienen cruzadas histéricas, se queman banderas o se llenan las plazas de patéticos vítores. En algún momento, siempre, se rompe el encanto, y el dolor y la atrocidad recuerdan cómo es este lado del espejo. La historia de John Torres, soldado argentino del ejército estadounidense, muerto en 2004 en Afganistán, representa uno de esos momentos. Sobre las mentiras que rodearon su muerte –como tantas otras– y sobre la lucha de su padre por desentrañarlas está hecho El Cártel de Bagram, el nuevo libro del periodista y escritor Gustavo Sierra.

Morir en el desierto

El relato comienza con pura acción: el soldado John Torres se resguarda durante un ataque sorpresivo y fugaz a la base militar de Bagram, en la que es jefe de un depósito de suministros. Los misiles pasan sobre su cabeza, y las ametralladoras tabletean desaforadamente alrededor. No es eso, de todos modos, lo extraordinario en ese lugar; lo que sale de la norma son aquellos dos soldados de la base que aprovechan el caos –se sabrá pronto– para camuflar bolsas de heroína en los cajones que volverán a casa con sus compañeros muertos. Los ingredientes para el policial bélico están servidos: la trama de un delito, un testigo honesto –indignado y demasiado locuaz–, y una generosa provisión de balas. Como si fuese una película de Hollywood. Pero no lo es: Torres fue realmente encontrado muerto –suicidado, se dijo–, por un balazo en la cabeza, en la madrugada del 12 de julio de 2004. Y no hay nada mítico en morir en las letrinas de una base militar, en un desierto lejano.

El trabajo de Gustavo Sierra se presenta con la etiqueta de novela hiperrealista. Se ubica, de ese modo, en una zona ambigua, entre lo verdadero y lo ficcional, largamente transitada por el periodismo narrativo y la literatura de no ficción. En esa misma esfera de claroscuros se sumerge Juan Torres, padre de John, y verdadero motor de esta historia. Su derrotero lo lleva a desmalezar incansablemente la maraña de datos y versiones sobre la muerte de su hijo. Entre las mentiras y silencios del Pentágono, los testimonios subrepticios de los compañeros de armas de John, y sus propias intuiciones, trata de explicarse el aparente suicidio cuando toda lógica contradice esa posibilidad. Lo que encuentra es algo aún más complejo y aterrador que un encubierto ajuste de cuentas, y compromete a la industria farmacéutica, a la entera estructura del ejército estadounidense, y a las políticas ciegas y sordas que comandan sus acciones.

Si la historia de John Torres tiene una innegable potencia dramática es porque representa la historia de muchos otros. Sierra orienta su relato a dar testimonio de aquellos inmigrantes que, corridos por una falta de oportunidades implacablemente organizada, se ofrecen como carne de cañón para las batallas de un país que los desprecia. El tema no es nuevo, y quizá por eso tiene aún más valor. El mito de la guerra, al que aludía Hedges, muestra en esos casos sus más dorados fulgores y, una vez roto el espejo de la ilusión, se revela, incontestable, la espantosa naturaleza de una maquinaria criminal.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *