Una historia que no debe olvidarse

HONGOS

El nombre de Demetrio de Falero permanece extraviado en los laberintos de la historia. Apareció muerto hacia el año 285 antes de Cristo mordido por una serpiente, en el Bajo Egipto. Nadie se atrevió a afirmar si se trató de un accidente, un asesinato o un suicidio. El hombre, culto e inteligente, había caído en desgracia luego de una época de gloria gracias a la protección del rey Ptolomeo I, quien le había entregado grandes sumas de dinero para que adquiriera todos los libros que existieran en el mundo. Demetrio sentó las bases de lo que finalmente sería la Biblioteca de Alejandría. Cuando asumió Ptolomeo II cayó en desgracia, y como suele suceder desde el principio de los tiempos en materia política, el nuevo rey puso al frente de la Biblioteca no a quien venía haciendo un buen trabajo, sino a uno de su propia tropa. Así es Zenódoto de Efeso quien aparece como el primer director de la mítica institución, aunque también hizo un excelente trabajo.
Como es sabido, la Biblioteca de Alejandría –que nació con la idea de concentrar todo el conocimiento del mundo– fue destruida en el año 48 aC. en el incendio que arrasó la ciudad durante el asedio de Julio César. Pero su verdadero ocaso había empezado un siglo antes, cuando en el 144 aC. y luego de décadas de directores respetables, Ptolomeo VIII designó al frente a un militar del que se desconoce absolutamente todo y a quien le interesaban más las espadas que los libros. Le siguieron otros, igualmente ineptos.

Como sea, la gran Biblioteca se convirtió en una metáfora de la enfermiza costumbre de la humanidad a la hora de exterminar la memoria y el conocimiento. Por estos días recorre el Congreso un proyecto de ley para que las editoriales, en vez de triturar los libros que se les amontonan en los depósitos por excedente, sean donados a escuelas y salas de lectura públicas. Cualquier iniciativa, por minúscula que parezca, contribuirá a lavar nuestras culpas por los siglos que llevamos destruyendo libros, que es lo mismo que destruirnos a nosotros mismos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *