Una de novela: purificación oriental y popular en Palermo

Podría ser el afiche promocional de una telenovela. Lo imagino todo. El hijo de un empresario acaudalado cautivado por la inquietante Kiyome. Pero la realidad siempre es más sorprendente. María Kodama, viuda y heredera de Jorge Luis Borges, y Gustavo Bermúdez, un galán televisivo de mejor suerte en los 90, son los encargados de clausurar una jornada de purificación en el Jardín Japonés. De eso se trata el Kiyome.

La colega Marina Navarro toma nota mientras un tumulto rodea el acceso a la isla principal del jardín. De entre ellos se abre paso una fila de personas que rodean a los maestros de ceremonia. María Kodama está envuelta en un kimono largo de seda con tonos pasteles que le cubre hasta los pies. Gustavo Bermúdez luce un traje similar. El de él es muy corto o el de ella, muy largo. Los dos sonríen. Ella, tímida. Bermúdez, en cambio, enseña los dientes grandes para el que quiera verlos. Algún secreto esconde él para lucir igual que en la foto que invita al evento, como si los años de gloria nunca hubieran pasado. Los dos avanzan en silencio.

La ceremonia es breve y no vuela una mosca. Kodama enciende el incienso y apaga la llama sin soplar, hace una reverencia mientras impregna cada rincón de su cuerpo con la fragancia que se quema. Casi no sale humo. Bermúdez la imita. El público aplaude con fervor cuando intuye que la ceremonia va llegando a su fin. La purificación está terminando. Quizás Bermúdez, con el ánimo purificado, se convence de que este año el público lo acompañará con o sin Andrea del Boca. Que enamorará a las argentinas como enamoró a la sordomuda que componía Araceli González. Aunque ya no sea más un instructor de ballenas o un sheik.

¿Y qué piensa María? Renovada quizás no crea conveniente entablar más demandas para proteger el indestructible legado de su difunto esposo. O tal vez haya decidido no hablar más sobre Bioy Casares y no engranar a sus enemigos que moran en la Sociedad Argentina de Escritores (de la que Borges –hay que repetirlo– fue ilustre presidente). Purificada y todo, si publica el libro que prometió para este año contando su verdad difícilmente conserve la armonía. Hace poco más de seis meses, la potencial bomba editorial era un proyecto para 2013.

Quizás Bermúdez y Kodama no piensen en ninguna de esas elucubraciones y su corazón lata purificado. Cómo saberlo ahora que la ceremonia ha terminado y el público se abalanza. El pedido es unánime. “¡Gustavo, Gustavo! ¡Una foto!”

 

Una biografía no desautorizada


Un libro puede ser necesario por varias razones. Por el placer de la lectura, por el rigor literario o histórico, por el chisme, por el morbo, porque sí. Por esas y otras razones, Amalita. La biografía (Sudamericana), la flamante investigación de Soledad Vallejos y Marina Abiuso que retrata la vida de Amalia Lacroze de Fortabat –“Amalita” para todo el mundo– es uno de ellos. Quizás porque la dueña del emporio cementero tejió durante casi medio siglo relaciones políticas y carnales con algunas de las personalidades más influyentes de la historia argentina del siglo XX. “Yo tengo mucha simpatía por los máximos dirigentes de todos los partidos”, explica Amalita en una de las preciosas declaraciones de archivo que el libro reproduce.

Hay que tener ganas entonces de escarbar en la intimidad de una de las familias más ricas de la Argentina. En un principio, según algunos susurros del submundo editorial, los herederos de Amalita amagaron con recibir a las dos periodistas. Pero, al final, nadie habló, aunque tampoco desautorizaron (hasta el momento) las historias que allí se cuentan o insinúan (como el romance entre la señora y el integrante más famoso de El club del clan). Las periodistas no se asustaron ni se desalentaron cuando misteriosamente todas las puertas parecían cerrarse y entrevistas pautadas empezaban a caerse o postergarse. Algunos casos fueron más extraños. Como el de una otrora famosísima modista con acento italiano que la biografiada catapultó con su caprichoso gusto cuando corrían los 90. Al parecer, las autoras habían concertado una entrevista en su taller. En la calle y bajo la lluvia, dicen, esperaban que se hiciera la hora señalada, hasta que vieron salir a su fuente con destino incierto y la abordaron. La diseñadora se disculpó, dijo que se estaba olvidando de algo y volvió sobre sus pasos. A los cinco minutos una asistente les dijo que la modista “había tenido un inconveniente”. Jamás volvió a atenderles el teléfono.

 

Las placas recordatorias no siempre alcanzan


Aunque Osvaldo Bayer escribió largo y tendido para que lo removieran y perdió una avenida con su nombre, él sigue en pie en Balcarce desde 1936. José Félix Uriburu, autor del primer golpe de Estado de la historia argentina, observa, bañado en bronce, a los que se acercan. Para acallar las voces críticas, en junio pasado, después de idas y vueltas, se colocó una placa crítica y recordatoria en la base del monumento que esculpió el italiano Nicolás Gulli. Lo escribieron las profesoras del Museo de Historia local. Quizás no alcance, por ejemplo, para paliar la memoria y el busto del paleontólogo balcarceño Lucas Kraglievich, que perseguido por Uriburu, murió en la miseria. Quisimos saber si la municipalidad daba por zanjada la polémica, pero hasta el cierre de esta edición, nadie atendía el teléfono.

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