Una clave fundamental para la iglesia en nuestros días

Las estrechas fronteras de un artículo no nos permitirán, seguramente, tratar a fondo un asunto como el de la autoridad congregacional, más aún cuando un tema de tamaña importancia intenta ser pensado de cara a la cultura que nos envuelve. Así como el mundo está viviendo un momento singular, la iglesia en el mundo atraviesa una instancia que invita a un replanteo de su tarea misional; replanteo que debería incluir una revisión de lo que se entiende por autoridad dentro del ámbito congregacional.

Creo que los cristianos nos estamos debiendo (al menos en Argentina) un debate honesto y profundo sobre el texto bíblico, referente al tema del liderazgo y la autoridad. Desde Jesucristo mismo, de Él como persona y de los valores que se desprenden de sus enseñanzas, es desde donde debemos partir para comenzar a buscar las respuestas a nuestros interrogantes sobre la función de la autoridad en el marco de nuestras iglesias.

Empiezo este escrito presumiendo al menos tres cuestiones. Una se refiere al hecho que en nuestros días asistimos aún al predominio de un modelo de autoridad ya gastado, que tiene que ver con el paternalismo, con el personalismo, con el autoritarismo, y con la jerarquización y profesionalización de la autoridad eclesial, y no con un modelo verdaderamente bíblico.

La cuestión siguiente precisamente es la creencia personal en que el Nuevo Testamento nos provee una concepción de Iglesia -como parte integrante del proyecto inaugurado por Jesús-, que incluye fundamentos éticos, funcionales y estructurales sobre autoridad congregacional. Finalmente considero, desde una óptica pastoral, a este tema de la autoridad en la iglesia como un asunto sobresaliente en lo que hace a la sustancia de lo que la iglesia es y en cuanto a su misión en este tiempo.

Una pregunta: ¿En qué mundo vivimos?

El pensamiento que más inquietud despertó en círculos políticos en estos años singulares fue, sin dudas, aquel del ya célebre Francis Fukuyama con su teoría del Fin de la Historia como un intento de explicar los sucesos políticos y socio-económicos de este tiempo. Este joven pensador norteamericano de ascendencia japonesa, no imaginó -según propia confesión- causar tamaño revuelo con sus ideas. Pero así fue. Fukuyama, se convirtió de la noche a la mañana en el portador del slogan político de moda de un mundo agitado por vaivenes capaces de producir vértigos. Un momento histórico -según presumen las usinas generadoras de explicaciones, destinado a servir de bisagra entre lo aparentemente viejo y lo nuevo en clave de política.

En verdad tampoco es apropiado adjudicarle la paternidad de la teoría del Fin de la Historia a Fukuyama, por lo menos de manera exclusiva. En distintos términos y en otros ámbitos del pensamiento, ya se anunciaba la conversión paulatina del mundo en una aldea global con una idéntica forma de comprender la política, la economía, la cultura y los valores dominantes de la vida moderna.

Incluso la teología de nuestro continente anunciaba ¡ya a mediados de los años 70! que la sociedad que iba cobrando forma en el mundo entero y que América Latina copiaba fielmente, respondía a un fenómeno cultural a nivel planetario que se imponía sin respetar las fronteras ideológicas (1). Era ya una certeza desde la lectura de la teología cristiana, que las grandes ideologías iban cediendo espacio y significado frente al apuro de las élites gobernantes por construir una sociedad de “progreso, desarrollo y bienestar” en términos económicos y en línea con los parámetros de la sociedad industrial de consumo.

Con esto venía ya, formando un solo paquete, el asentamiento del pragmatismo como la sustancia política transformadora de la historia pasada, presente y futura. Las ideologías debían dejarle paso a la edificación de una nueva cultura mundial basada en la mecánica del Mercado, en el desarrollo tecnológico, y en el progreso permanente e ilimitado.

En el velatorio de los ideales.

Fukuyama cuando habló sobre el fin, se refería a la crisis ideológica (crisis de ideales) del hombre moderno. Hablaba de la ruptura de las líneas de pensamiento que se venían sosteniendo y oponiendo mutuamente desde, por lo menos, fines del siglo pasado. La historia que llegaba a su fin era la historia de los antagonismos sociales e ideológicos, el fin de los ideales que habían pugnado por prevalecer y que habían motorizado el espectro socio-político de este largo siglo que va terminando. Hoy el hombre, según esta teoría, ya no se interesa en los grandes ideales -en utopías- a la hora de soñar un modelo social.

Aparentemente ya ni sueña, y según parece ha dejado morir los ideales. A “las masas” ya no les quita el sueño la concepción del sistema social de la historia, de la economía o de la ética que tengan los políticos que eligen, sino las medidas que intentarán llevar a cabo y sobre todo, el efecto que ellas ocasionarán en su bienestar individual.

La hipótesis del confort anhelado se ha impuesto sin atenuantes sobre la fidelidad o no a la ortodoxia de una plataforma política. Ya el debate de los ideales estaría superado; ya las ideas no interesan en medida alguna, debido entre otras cosas a la uniformidad política derivada de la muerte de las utopías. El apasionado debate en la tribuna ideológica ya forma parte de un pasado que cuando mucho resulta romántico, nostálgico.

Hoy ya se asumió el dominio y el triunfo político de un específico modelo social: un modelo para ser vivido en cualquier lugar del mundo. Se ha impuesto una concepción determinada y todos los sucesos socio-políticos -parece que- deben ser visto como eventos constructores del acabado final de este modelo dominante. Es obvio que este modelo es el liberalismo (bien entendido, no a la criolla), y que su eje central reside en los códigos propios -y autónomos- del Mercado a nivel mundial.

¿Nuevo orden o viejo desorden?

No obstante, pese al mensaje homogéneo del sistema imperante, este nuevo orden no lo parece tanto. Ni tan nuevo ni tan en orden. Tal vez, la historia que ha llegado a su fin, sólo haya dejado espacio para una historia ya conocida; o dicho de otra manera, a una historieta que ya vimos antes. Es lo que algunos teólogos nos quieren hacer escuchar desde hace rato, que este fin no es sino el reciclaje de un capítulo ya repetido.

Hoy se habla con pompa de un Nuevo Orden, pero la “historia” (léase:lo que en verdad tiene relevancia y significado en el mundo de hoy en términos políticos y económicos), se desarrolla sólo en los países dueños (¿adueñados?) del desarrollo económico y el poderío tecnológico. En la “historia” ya no hay espacios para nadie más; no hay lugar en el Nuevo Orden para aquellas naciones no-desarrolladas, países considerados ya afuera de la historia.

Porque las cuentas de otro modo no cerrarían. Entonces el andar de este Nuevo Orden significará mayores diferencias aun en la brecha del distanciamiento tecnológico y económico, lo que causará tremendos problemas en el hábitat de todas aquellas personas que, en tales naciones subsisten -como gustan decir los encuestólogos- “por debajo de la línea de las necesidades básicas insatisfechas”. Bah…se refieren a los pobres entre los más pobres, claro.

Y están señalando sin más, el auspicio de una vida en la miseria mientras en la otra faz del Nuevo Orden se celebran cantos a la libertad y al progreso, se festeja que la historia haya llegado a su fin. Se celebra el triunfo de un feroz salto hacia el progreso y el asentamiento de un sistema económico mundial, cuando del otro lado del mundo, hacia el sur y abajo, “cerca de las raíces” -en palabras de Mario Benedetti-, la contracara del sistema le responde a la fiesta con una epidemia de cólera, una reedición de la enfermedad de la pobreza.

De todas maneras, el mundo moderno ya estaría quedando armado. El fin de la historia abarca la descomposición de la URSS, las revueltas regionales del Este Europeo, las democracias a la latinoamericana, la agonía de la revolución cubana, el liderazgo productivo japonés, el acortinamiento fronterizo de Europa, la pronta domesticación del mundo árabe, los acuerdos para la desnuclearización y la paz, en fin, el mundo de hoy.

Un mundo en donde sólo se trataría de ajustar algunos tornillos menores de la estructura que aún están flojos. Un mundo que ha vivido un salto traumático hacia el progreso y el futuro. En donde se descalifica sin miramientos a todo aquél que balbucee alguna idea sospechada de intentar cambiar en algo el rumbo pragmático. Porque lo moderno hoy es no tener ideales sino metas en términos económicos.

Cualquier tipo de compromiso que no sea con uno mismo y sus anhelos individuales de progreso económico, es considerado una intolerable antigüedad. Un mundo que es patrullado por los países “líderes” a fin de que no desordene este Nuevo Orden. Pero, pese a todos los esfuerzos, aún puede uno arribar a la sorpresa de darse cara a cara con algún que otro anticuado.

¡Alerta roja!: ¡Aún tenemos disidentes a bordo!

Un tiempo atrás, cosa de meses, un prestigioso intelectual, conocedor como pocos de las cuestiones políticas del aún llamado “tercer mundo”, dio su parecer en un artículo publicado por un diario de Buenos Aires (2), sobre los sucesos de este tiempo y algunas de sus consecuencias.

Alain Touraine – de él se trata-, Director del Instituto de Estudios Superiores de París, advertía con énfasis sobre la insensatez de creer descartables y muertas a las ideologías que han marcado el rumbo de la historia moderna.

Alejado de considerar al mundo como si fuera un mecano ajustable, Touraine se anima a disentir. Cuestiona a quienes hablan del presente como de un tiempo en el que algo o alguien haya triunfado en un sentido político. Este pensador, autor y catedrático francés, sostiene que nadie puede predecir el rumbo de este tiempo, y no disimula su preocupación por la evidente falta de criterio solidario y colectivo del hombre moderno, trasmutado en un ciego individualismo que pondría en peligro el dinamismo propio de la convivencia social.

Alain Touraine no cree que el mundo se esté armando, sino por el contrario, supone que se ha desarmado y que socialmente ya nadie se aglutina ni se une significativamente en nombre de los grandes valores que fueron el cimiento mismo de la humanidad. Señala que no hay unión ni confianza en ningún partido ni sistema de pensamiento, ni en las personalidades de la política.

Dice Touraine: “Lo que es más grave aún, la confianza en la modernidad, en el desarrollo, en la marcha colectiva hacia adelante, a la vez económica, política y cultural, han desaparecido por mucho tiempo” (3).

Touraine además opina que se precisa una toma de conciencia para reconstruir hacia el futuro un modelo social que contemple las necesidades de todos los seres humanos. Ahora, si algo está claro para Touraine, esto es el desinterés social, la ausencia de solidaridad y credibilidad y el dominio actual de un sistema que coloca a millones de seres no sólo en el anonimato social sino en la miseria, el desabrigo y el desencanto.

Concluye su escrito cifrando los últimos sucesos mundiales como la gran desembocadura final de un siglo que, según sus palabras merece ser considerado “como la mejor imitación humana del apocalipsis”. “Hay que volver a pensar todo, a reconstruir todo, a menos que nos contentemos con hacer una fiesta en medio de las ruinas, eso sí, manteniendo a distancia a la muchedumbre de los miserables” (4).

Otra pregunta: ¿Los cristianos tendremos algo que ver con todoesto que pasa?

La realidad social y humana será siempre el terreno ineludible de la misión de la iglesia. Porque la tarea cristiana es el ser humano. Es vivir el evangelio en medio de lo que acontece en todas las dimensiones de la vida. Si no estamos atentos al hoy de la historia es porque no estamos atentos a Dios. Si no estamos comprometidos con lo que le pasa al hombre en el hoy de la historia es porque no estamos comprometidos con Dios.

El amor a Dios es inseparable del amor al ser humano. Quien está de verdad preocupado por la misión de la Iglesia de Jesucristo, está ocupado con el ser humano. Porque Dios es un empecinado en peregrinar junto al hombre inmerso en el acontecer histórico. Y el hombre es hoy hacedor y partícipe de una cultura que necesitamos comprender -al menos intentarlo-, a fin de ser discípulos de Cristo como Cristo quiere, de una manera concreta y coherente con el proyecto del reino de Dios.

Por cierto que para llevar a cabo la tarea misional cristiana, necesitamos vivir una vida en sintonía con los ecos del acontecer histórico; como personas encaminadas en la gracia de Dios por medio de Aquél que se hizo hombre para salvarnos y congregarnos “en uno”. Esa es la raíz de la iglesia: Dios nos ha hecho uno. Y eso no es otro que el criterio de autoridad que se desprende de la enseñanza bíblica. Porque la autoridad es una función que cumplen quienes son iguales (hermanos) a los otros, ya que la autoridad no tiene que ver ni con la jerarquía ni con el poder.

Lo que pasa en el mundo hoy, el espíritu del criterio ideológico imperante, tiene notorias consecuencias en la vida cotidiana. Hoy, más que nunca, la vida está condicionada por una serie de valores impuestos por el sistema mediante los medios de difusión.

Esto es un gran desafío para la iglesia. Esta cultura que masifica y uniformiza los gustos, los deseos, expectativas, planes y proyectos de vida; a esta cultura que sugiere posible sólo una forma de comprender la vida, la iglesia necesita responderle, como ya se ha dicho repetidamente: contraculturalmente. A la individualización atomizada y a la insolidaridad social, la iglesia debe atreverse a responderle viviendo de acuerdo al Evangelio de Jesucristo. Sería por así decirlo: encarnar una cultura de comunidad de fe. De allí, que cobre una significación tremenda que reflexionemos seriamente sobre la cuestión de la autoridad.

La autoridad congregacional: Un tema en la agenda del debate que nos debemos.

Es sencillo, lo que entendemos por autoridad congregacional es un signo de lo que entendemos por iglesia. En otras palabras, si podemos notar una deformación de la autoridad a la luz de la enseñanza del Nuevo Testamento, se deberá a una deformación en la conformación de la iglesia.

Antes que nada debemos aceptar que la Biblia no ofrece discusiones cuando se trata -no del gobierno de la iglesia, sino de lo que sustancialmente la iglesia es. Si leemos leyendo el Nuevo Testamento notaremos que iglesia es, sin más, un cuerpo. (Una pregunta: ¿esta metáfora no excederá lo metafórico?).

Iglesia es una unidad, un organismo construido por personas que crecen y se desarrollan unos con otros, sujetos a los valores integrales y nuevos del evangelio, que obedecen a un Jefe (KEFALE/cabeza), y que tienen una tarea a realizar para la que han sido provistos de dones.

Regulador = En ningún momento los textos del Nuevo Testamento presentan algún indicio siquiera de una diferenciación jerárquica o una superioridad o inferioridad de alguna otra índole entre sus miembros. Todo lo contrario. Se subraya la común-unión, la necesidad de unos con otros, la ductilidad orgánica de cada uno. Tampoco hay rastro alguno de una relación verticalizada, sino de una comunión horizontal de personas iguales aunque diversas -no uniformes- pero hermanadas.

No deja el Nuevo Testamento espacio alguno para curias ni jefaturas humanas. Porque la diferencia no es jerárquica sino de funciones; y funciones que marcan una dinámica corporal que se expresa en un plano horizontal simbolizado de manera mayúscula en el hecho de sentarse juntos a la misma mesa.

a. La autoridad deviene del misterio del Reino de Dios.

En las raíces de la común-unión reside el misterio en la manera que se entiende la autoridad congregacional. Misterio porque se deriva del Reino de Dios que transforma los criterios humanos. Misterio porque la autoridad es en la iglesia una función que expresa amor, servicio y humildad en vez de poder, privilegio y soberbia. Misterio porque inaugura la novedad de no responder ya a la concepción de autoridad jerárquica-militar del mundo romano, ni tampoco al clasismo aristocrático del mundo griego, y ni siquiera al de castas y linajes palaciegos de la religiosidad judía del siglo uno. Jesús incorpora un nuevo lenguaje incluso cuando de autoridad se trata. La autoridad ejercida en el escenario de la iglesia debe ser un anticipo de los valores del misterio ya revelado del Reino de Dios.

b. La autoridad tiene como sustento una vida santa.

Las cartas pastorales (5) presentan sin duda la eclesiología más avanzada del Nuevo Testamento. En ellas queda a todas luces en evidencia que una vida ética y moralmente en línea con la vida de Jesús, resulta ser la razón de fondo que sustenta la autoridad en una congregación. Una santidad que no sólo contemple la ausencia de pecado, sino la presencia de un compromiso de amor y servicio hacia los hermanos y hacia la sociedad de los hombres y todo lo que en ella ocurre. La autoridad no deviene de la fuerza, ni del linaje del apellido, es fruto de la vida y el carácter al cual Jesucristo nos ha convocado, y que se expresa en todas las manifestaciones de la existencia. Y santidad no sólo es separarse sino comprometerse.

c. La autoridad no es autoritarismo ni personalismo.

El autoritarismo presente en muchas de nuestras congregaciones (a menudo disfrazado de paternalismo), es una deformación de la autoridad porque señala un adueñamiento de la iglesia que ya tiene un dueño: el Señor. Porque niega los dones diversos presentes en la iglesia y rompe la horizontalidad de la comunión fraterna entre los miembros. Silencia la voz de la comunidad (voz de Dios) y entroniza la voz de uno (voz de hombre). Impide el crecimiento de los hermanos cuando debería promoverlo y, es una severa oposición al funcionamiento comunitario de la iglesia. Además señala una debilidad en el liderazgo.

El personalismo entroniza el culto a una persona (lidad). Una persona que se piensa y es pensada por los demás como habitando “más cerca” de Dios que el resto. Es la creencia en un iluminado, un ungido, alguien con la presunta facultad de ser oído por Dios de manera mayúscula, en una evidente relativización del texto bíblico e incluso de uno de los más grandes postulados de la Reforma: el sacerdocio personal de cada creyente, esto es, cada creyente en íntima comunión con Dios. El surgimiento de personalidades erigidas como prototipos del ser cristiano en nuestra sociedad, nos habla de la escasa presencia de la iglesia como una comunidad encarnada en la tarea empezada por Jesús, y significa una inconsistente expresión de la verdadera autoridad congregacional.

Insisto: Nos debemos un profundo debagte sobre este tema.

En este escrito mencionamos, a modo de mero bosquejo, algunos rasgos de la situación actual de esta cultura global. Que se celebra el triunfo del Nuevo Orden y el Progreso cuando hay millones y millones que no cuentan con lo elemental para subsistir. Cuando hay enfermos de miseria y dolor que se multiplican por la periferia, y no tanto, de este sistema. Cuando hay muchos millones y millones de hombres y mujeres que ya no creen en nadie, en nada, y ni en sí mismos.

Cuando el desencanto gobierna el alma del hombre moderno.
Ya estamos descubriendo que los satélites no alcanzan. ¿Irá la iglesia a ofrecer su corazón? ¿Iremos nosotros? Si han muerto los ideales, las utopías transformadoras, no podemos nosotros perder de vista que Jesucristo aún “sigue siendo el mismo”, y que su Palabra de trueno y victoria nos asegura que “hará nuevas todas las cosas”.

Salirle al paso a este mundo -”saltar de las trincheras”, como bien dijo Báez Camargo, es la tarea imperiosa de la Iglesia hoy. Pero sin panfletos, sin iluminados, sin gerencias evangelísticas. Encarnados en la realidad integral y universal del drama humano, como Jesús nos enseñó “para que sigamos sus pisadas”. Por lo tanto, se hace necesario revisar si el ejercicio de la autoridad en nuestras iglesias responde al espíritu comunitario, a una dinámica funcional de los dones, y a un liderazgo derivado de la santidad, el amor, la humildad y el compromiso. Como pastor, imagino, espero, aquel día en que nos sentemos a la mesa para hacernos juntos un montón de preguntas sobre, por ejemplo, el tema de la autoridad. Esa es mi pequeña utopía, que les confieso, aún no ha muerto.

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