¿UNA CIUDAD TEOTIHUACANA EN EL BAJÍO? EL ROSARIO, QUERÉTARO

rosario
 

Por Karina Moreno
kase.mor@gmail.com

Los únicos vestigios de pintura mural teotihuacana encontrados hasta el momento fuera de la “Ciudad de los dioses” deben permanecer ocultos por motivos de conservación, ya que se encuentran sobre un suelo arenoso y con socavones; sin embargo, su descubrimiento en 2009, en el asentamiento prehispánico El Rosario, en Querétaro, impulsó una investigación que se ha mantenido constante, en tanto que además de las pinturas, se han descubierto elementos arquitectónicos, piezas de cerámica y textiles de características teotihuacanas, lo que indica a los arqueólogos que el sitio queretano fue construido hace más de mil 800 años por aquella civilización, convirtiéndose en el único de filiación cultural teotihuacana en toda la región centro-norte del país.

Murales con representaciones de individuos ataviados como guerreros, cuchillos curvos de obsidiana utilizados para sacrificios, así como ricas ofrendas con fragmentos de cerámica y de textiles quemados como parte de rituales, son algunos de los materiales arqueológicos recuperados en El Rosario, donde a lo largo de cinco años de investigaciones, especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) han sido testigos de la magnificencia de vestigios prehispánicos teotihuacanos.

Las ofrendas teotihuacanas

En el Rosario, ubicado siete kilómetros al noroeste de la cabecera municipal de San Juan del Río, Querétaro, sobre una loma circundada por las presas Constitución de 1917 e Hidalgo, se han encontrado cinco estructuras arquitectónicas distribuidas en 25 hectáreas. Al centro, esta el edificio piramidal principal, de 10 metros de altura (tipo ceremonial), rodeado por cuatro montículos y, adjunto, un pequeño patio; a su vez, todo ello está rodeado por cuatro plazas ya identificadas, cuyo límite es la presa Constitución de 1917, a partir de la cual se localizan conjuntos habitacionales que por ahora no han sido explorados.

Hasta el momento, los especialistas han ubicado cuatro etapas constructivas, tres de ellas de filiación teotihuacana (que van del 200 al 650 d.C.) y la restante edificada por otra civilización, en una reocupación del sitio (del 650 al 900 d.C.)

Alrededor del edificio piramidal principal, así como en el interior de éste, en las etapas constructivas dos y tres, se localizaron ricas ofrendas que si bien no contenían restos óseos humanos, sí diversos objetos de obsidiana, maderos, vasijas de cerámica, fragmentos de textiles y huesos de animales.

De acuerdo con Fiorella Fenoglio Limón, arqueóloga del Centro INAH-Querétaro, la primera ofrenda se descubrió en los años 90, en la plaza que rodea el edificio principal, por investigaciones del arqueólogo Saint-Charles, en colaboración con la arqueóloga Roxana Enríquez. Entonces descubrieron diversos cajetes, vasos y pulidores, así como braceros hechos en cerámica anaranjada con acabado burdo y pasta gruesa.

“La segunda ofrenda que se halló estaba en el interior del recinto ceremonial correspondiente a la etapa constructiva dos (350-450 d.C.). Contenía miles de huesos de animales, entre los que se identificaron de reptil y roedores; también se encontraron puntas de proyectil y navajillas de obsidiana, así como una cuenta de piedra verde utilizada por los antiguos teotihuacanos en contextos similares para realizar rituales de construcción, que les aseguraran buenas estructuras y benéficos espacios ceremoniales y habitacionales”, indicó la investigadora Fenoglio.

En tanto que la ofrenda más rica —por cantidad de elementos— fue la encontrada en la etapa constructiva tres (450-650 d.C.), según refirió la arqueóloga, pues aportó información relevante sobre rituales de terminación hechos por esta antigua cultura mesoamericana, ya que la oblación referida fue realizada para clausurar el sitio y abandonarlo, a la caída de Teotihuacan en 650 d.C.

El descubrimiento anterior tuvo lugar en 2009, en el sector norte del recinto ceremonial. La ofrenda se encontró cubierta por una serie de maderos semiquemados que ayudaron a la conservación de los materiales arqueológicos; contenía 15 fragmentos de textiles —los dos más grandes, de entre 10 y 15 cm, hechos con fibras de algodón y/o yuca—, 10 cuchillos curvos de obsidiana gris (utilizados para sacrificios humanos), un olote de maíz, varios tepalcates, cuatro puntas de proyectil y una olla, un cajete y dos braceros “matados”, es decir, rotos intencionalmente, todo con indicios de haber sido quemado debido a la creencia de que el fuego limpiaba y regeneraba.

Un enclave teotihuacano en el Bajío

La cultura teotihuacana tuvo su desarrollo de 200 a 650 d.C., tiempo durante el cual creó imponentes pirámides con sistemas constructivos característicos, como la formación de pórticos hechos de estuco que dan paso a recintos ceremoniales y los patios cerrados, de los cuales se han encontrado en El Rosario, siendo una de las razones por las cuales los investigadores consideran que dicho asentamiento queretano es de filiación teotihuacana.

De igual forma, en El Rosario se han encontrado diversas piezas cerámicas (cajetes y braceros) en tres ofrendas descubiertas en diferentes puntos del asentamiento; los objetos tienen relación directa con la producción alfarera en Teotihuacan ya que coinciden en sus características: barro anaranjado delgado con acabado burdo y pasta gruesa, así como esgrafiados de líneas dobles sobre el borde o espirales y acanalados verticales.

Asimismo, las imágenes hechas en los cuatro murales hallados en El Rosario son semejantes a las representaciones iconográficas plasmadas en Teotihuacan; y también en El Rosario se identificó la costumbre teotihuacana de destruir parcialmente los murales y reutilizarlos como relleno en la elaboración de las etapas constructivas siguientes.

“De la primera etapa constructiva, correspondiente a los años 200 a 350 d.C., hallamos las paredes de un pórtico abierto en las que se observan magníficos murales con pigmentación roja, naranja, negra, blanca, verde y rosa creando representaciones de cuchillos curvos de obsidiana, de los cuales también existen representaciones en la antigua Ciudad de los Dioses, pues eran utilizados para sacrificios”, informó la arqueóloga Fiorella Fenoglio Limón.

“También se encontraron —añadió— las figuras de dos personajes de perfil: uno de ellos de 2.4 metros de largo y 60 cm de ancho, ubicado al noroeste del pórtico; esta ataviado con bigotera y anteorejera que se relacionan con Tláloc, dios de la lluvia, y frente a él se puede ver una vírgula adornada”.

La especialista del INAH refirió que el segundo personaje, de 2.06 m de altura y 1.6 de ancho, ubicado al norte del pórtico, presenta un tocado con corazones sangrantes y un escudo con petardos; se encuentra acompañado de la figura de un monte que podría ser la representación del lugar donde se sacaban los cuchillos de obsidiana.

Dijo que en la parte superior del mural se observan dos pies con sandalias de algún otro individuo y representaciones de cuchillos de obsidiana; sin embargo, no se aprecia más de la iconografía debido a que el mural fue destruido intencionalmente en la época prehispánica.

“Los murales están incompletos ya que para los teotihuacanos las estructuras y sus diseños tenían un lapso de vida útil, al finalizar ese lapso los muros eran cortados parcialmente, y parte de ellos reutilizados como relleno para hacer la siguiente etapa constructiva”, explicó Fiorella Fenoglio.

De acuerdo con la experta, de la siguiente etapa constructiva (350-450 d.C.) se encontraron cuatro postes que enmarcaban el recinto ceremonial y un pórtico cerrado sobre el cual están alrededor de 20 graffitis prehispánicos hechos con estuco —de entre 10 y 20 cm—, los cuales tienen representaciones zoomorfas y de aves, y algunos esgrafiados de figuras geométricas y antropomorfas. De igual forma, el pórtico fue semidestruido en 450 d.C. y sobre él se hizo la tercera etapa constructiva.

“En el siguiente nivel constructivo (el tercero) —describió Fenoglio— también se halló un pórtico, en este caso abierto, que da acceso a un recinto ceremonial, así como dos hoyos de postes y dos postes que aún están de pie, de aproximadamente 60 cm de altura; en ésta no se halló ningún tipo de mural”.

Dicha etapa fue la última de ocupación teotihuacana, la cual finalizó en el 650 d.C., fecha en que el lugar fue abandonado, lo cual es coincidente con la caída de la antigua metrópoli teotihuacana, ubicada en el Estado de México.

Debido a las diversas similitudes ya descritas encontradas entre la antigua “Ciudad de los dioses” y la zona arqueológica El Rosario, los especialistas consideran hipotéticamente que los teotihuacanos crearon este segundo asentamiento, ya sea para tener el control de las vías del comercio entre Teotihuacan y el norte de México, por el dominio de los recursos regionales, por establecer lazos de parentesco con las élites locales y asegurar de esa manera la entrega de tributos a la metrópoli, o por una posible conquista militar.

Posteriormente, El Rosario fue reocupado en el periodo Epiclásico (650-900 d.C.) quizá por grupos culturales provenientes del norte u occidente del país, quienes decoraron las paredes y pisos del recinto ceremonial con pigmentación roja.

“Durante el Epiclásico (650-900 d.C.) es posible que El Rosario halla sido ocupado por algún grupo migratorio, posiblemente procedente del centro, norte u occidente del país, como consecuencia de los vastos movimientos poblacionales que se dieron en toda Mesoamérica a la caída de Teotihuacan”, indicó la arqueóloga Fiorella Fenoglio.

La experta señaló que, por desgracia, este último nivel constructivo se encuentra muy deteriorado por ser el más reciente y por tanto el más expuesto a la intemperie, además presenta daño por los socavones que se formaron en el interior de la pirámide central destruyendo gran parte de piso y paredes, por esta razón es mínima la información que se tienen hasta el momento sobre la reocupación del lugar.

Al rescate del patrimonio queretano

A finales de 2009, después de haber encontrado la última ofrenda en el sector norte del recinto ceremonial, especialistas en conservación restauraron de manera integral los murales, grafittis y textiles prehispánicos hallados.

Los grafittis y murales recibieron limpieza superficial, en el caso del tablero del mural norte que estaba desprendido parcialmente se restituyó y se colocó en su posición original y se le aplicó un baño de alcohol con agua destilada. Todos los elementos iconográficos encontrados fueron bañados con agua de cal y baba de nopal que sirvió para fijar el estuco y los pigmentos.

“Para su mejor protección, una vez hecha la restauración y consolidación de la iconografía descubierta en El Rosario, tanto grafittis como murales fueron enterrados, colocándoles primero una capa de geotextil, luego otra de arena cernida, posteriormente se les construyó un murete y sobre éste se aplicó estuco pulido para evitar la filtración de agua que pudiera dañarlos”, explicó la arqueóloga Fenoglio Limón.

Respecto a los textiles, estos recibieron atención especial de conservación. De acuerdo con la arqueóloga, las telas prehispánicas fueron extendidas para que no se dañaran, y colocadas cada una de ellas en cajas especiales hechas por los restauradores —forradas con telas sin químicos ni ácidos— en cuyo interior fue depositada arena cernida, obtenida de la tierra de la zona arqueológica, sobre la cual se colocaron los textiles prehispánicos.

En busca de una solución

De acuerdo con estudios realizados de 2007 a 2009 por geólogos del Centro de Geociencias de la UNAM, investigadores del INAH y expertos de la Universidad Autónoma de Querétaro, la zona arqueológica El Rosario tiene diversos socavones en el interior de su pirámide central, los cuales quizá se originaron por obras de drenaje durante la época colonial, por las construcciones de dos presas aledañas al sitio (Constitución de 1917 e Hidalgo), creadas en 1917 y 1970, o posiblemente por causas naturales debido a su ubicación sobre tierras arenosas o sobre una cueva.

Las investigaciones implicaron la ubicación exacta de los socavones a partir del uso de un georradar, lo cual simultáneamente ayudó a localizar tierras arenosas debajo de la zona arqueológica.

“Por el momento, tenemos la hipótesis de que la formación de los hoyos es por causas naturales, es decir, por construir sobre piso arenoso, o por la posibilidad de que el sitio prehispánico esté edificado sobre una cueva natural o artificial hecha por los teotihuacanos, técnica arquitectónica común en esa cultura”, señaló la especialista Fenoglio.

La misma experta dijo que las investigaciones en el área continuarán, pues la información que ha arrojado este sitio es de sumo valor por ser hasta el momento el único conocido que presenta no sólo influencia teotihuacana (como se ha encontrado en muchos otros), sino construido hace más de mil 800 años por dicha civilización.

Las primeras investigaciones

El Bajío mexicano fue un área receptora de constantes movimientos migratorios por localizarse en una zona intermedia entre el norte y centro del país, siendo un punto clave de comunicación e intercambio de productos, por lo cual diversas civilizaciones antiguas —desde grupos de cazadores-recolectores hasta complejos grupos culturales asentados en la región (desde 500 a.C. hasta 1521 d.C.)— confluyeron y se establecieron en dicho sitio creando pequeñas ciudades de gran valor histórico como El Rosario, sitio prehispánico fundado por grupos teotihuacanos en 200 d.C., según se ha determinado a partir de los elementos pictóricos, técnicas constructivas y materiales cerámicos y líticos.

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