Una cartografía del más allá

Desde hace poco más de una década, la autoridad vaticana viene dando explicaciones a su feligresía sobre el estatuto de algunos destinos post mortem ampliamente atestiguados en la historia del catolicismo romano. El infierno, llegó a afirmar Karol Wojtyla en 1999, “no es un lugar físico sino más bien un estado de separación perpetua de Dios”. El año pasado, Joseph Ratzinger empleó una imagen similar para reivindicar al purgatorio “no como un elemento del paisaje de las vísceras de la tierra” sino “como un fuego interior”; una concepción que ya había expresado en su encíclica Spe Salvi, de 2007. Ese mismo año, confirmando las conclusiones de un documento elaborado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, Benedicto XVI también había dejado establecido que, a diferencia del Averno y del purgatorio, el limbo no es un sitio al que se dirigen los muertos de tal o cual especie, ni una representación mental o emocional, sino una “hipótesis teológica” prescindente.

La prensa internacional siguió con interés cada uno de estos ajustes, y con cierta dosis de sarcasmo, como si la actualización doctrinaria en materia de teología fuera el argumento que faltaba para liquidar de una buena vez la creencia en la inmortalidad o la humana tendencia a elaborar concepciones escatológicas, proyecciones de nuestras vidas más allá de “lo último”.

Quizá lo verdaderamente significativo de todas estas aclaraciones pontificias, lo que escapó a los titulares socarrones de los diarios, es que ellas siempre tienen por objeto algún destino ulterior indeseable: ojo que la llama de la condena eterna arde en serio; sepan que los demorados trances de purificación son así o son asá. Sin embargo, nadie ha creído necesario venir a confirmar la existencia del paraíso: su realidad está completamente fuera de discusión. Y esto, al margen de que haya o no detrás una profesión de fe.

Como señala el antropólogo Adolfo Colombres en su último ensayo, para edificar el paraíso no hacen falta los pilares de la religión. Esa plenitud que –se supone– llegará después de morir, ese sueño “tan intenso, tan determinante de la vida terrenal”, constituye una “zona sagrada” que si bien suele enmarcarse en algún ámbito religioso también “puede darse en mundos simbólicos que no llegaron a estructurarse en una religión”.
En Imaginario del Paraíso. Ensayo de interpretación, Colombres se detiene a repasar cómo diferentes culturas han concebido esa sobreabundancia, “síntesis de todas las esperanzas y también de todos los misterios”. El campo específico de su libro, explica, son los mitos escatológicos que describen “las características de esa otra vida imaginaria” que los seres humanos sitúan, no obstante, “en el corazón mismo de la llamada realidad”.

Imaginario del paraíso no tiene la pretensión de una investigación académica. Como se aclara en la introducción, esta recopilación y el análisis que acompaña cada pieza no persiguen la “pureza de las ciencias sociales ni la verdad ‘objetiva’ de los teólogos”. La lectura de cada relato, la atención a las imágenes que los ilustran despiertan más bien la curiosidad y el espíritu lúdico.

Allí están Eva y Adán pintados por Durero, las alucinadas visiones de El Bosco en El Jardín de las Delicias, los “inmortales” de Persépolis, los frescos de Tepantila, en Teotihuacán –con sus almas aniñadas que juegan, bailan y cazan mariposas–, las esculturas eróticas que revisten los muros del templo de Khajurao en la India, dedicado a los cultos tántricos. Pero la perspectiva que adopta Colombres encuentra allí, en el gusto por las mitologías del más allá, algo más profundo.

Siguiendo una línea desarrollada por el filósofo alemán Ernst Cassirer, su antropología del imaginario considera al ser humano como un “animal simbólico”. No es cualquier simbología la que constituye al psiquismo sino aquello que el antropólogo y crítico de arte francés Gilbert Durand llamaba “lo fantástico trascendental”. Así, identificado con el mito, el imaginario “conforma el primer sustrato de la vida mental”. De modo que podemos asombrarnos, reír, sentir temor o sonrojarnos frente a estas concepciones del paraíso: ellas son de todos modos lo que nos define como seres humanos.

El mapa del Edén

Imaginario del paraíso está dividido en cinco áreas geográficas. Comienza en los “Jardines de Oriente”, el más extenso de los cinco capítulos, que abarca mitologías persas, chinas, tibetanas y egipcias, la concepción de la vida post mortem del budismo, del hinduismo y de la religión de Mahoma. Colombres se las ingenia para incluir aquí también el análisis de las láminas del Kama Sutra de Bikaner (confeccionadas en el siglo XVII, en Rajasthan) en clave de “paraíso cultural, sin proyecciones escatológicas”. El erotismo de esas pinturas –en el libro se reproducen tres– “sustrae por completo al acto sexual de la naturaleza, para convertirlo en una obra de arte que logra combinar de un modo asombroso el lujo más refinado con lo ascético, redimiendo con la estética lo que Occidente nunca pudo situar fuera de la pornografía”.

Más complejo todavía resulta tratar de fundir estas imágenes con la religión que históricamente ha convivido junto a ellas y que se proponía “combatir el deseo hasta erradicarlo”. El capítulo oriental culmina con la fría calma del Edén que aguardaba a los samuráis del antiguo Japón.
La cartografía paradisíaca prosigue por Europa, luego por Africa, por la América prehispánica y la que fue conquistada y evangelizada, hasta llegar finalmente a las “islas lejanas” del Pacífico. Colombres sortea con buen oficio de antropólogo –y de hombre de letras– la marcada desproporción entre las fuentes documentales que ilustran unos y otros imaginarios. No obstante, es razonable que el capítulo dedicado a las creencias de los habitantes de Ghana, Senegal y Burkina Faso sea considerablemente más breve que el que se ocupa de las mitologías europeas, que debe pasar revista al frondoso imaginario de etruscos, griegos, romanos, escandinavos, hebreos y cristianos.

Sólo entre los antiguos griegos son tantas y tan variadas las concepciones acerca de la vida después de la muerte que podrían completarse varios volúmenes con su mera enumeración. Y un mismo destino final –pongamos, por ejemplo, la Isla de los Bienaventurados– puede evocar el Edén (como ocurre en Hesíodo y Píndaro), una velada amenaza de un castigo (como permiten inferir ciertos documentos de filiación órfico-pitagórica) o como excusa para llevar una existencia conformista y descomprometida (como sugiere Platón en La República, en su extraordinaria alegoría de la caverna).

La variedad es análoga cuando se compara la visión de las primitivas sectas de cristianos –que se distanciaban del judaísmo precisamente por considerar cumplido el hito mesiánico que guía una fe escatológica compartida– con las posiciones que adoptaron los cristianos medievales, ya institucionalizados.

Del paraíso a la utopía

Colombres atraviesa con gracia e ingenio este tipo de saltos acrobáticos tan propio de la historia de las ideas, desviándose de las miradas diacrónicas y obligándonos a considerar las diferentes culturas como si fueran fenómenos del presente. Así, puede observar sin mayores reparos que algunos conciben una sobrevida “recatada, muy ceñida a las pautas de la cultura”: perpetua, sí, “pero a costa de un eterno aburrimiento”.
Por otra parte, un empleo estratégico de la crítica literaria permite desplazar nuestra atención desde las creencias que pudieron haber tenido los pobladores originarios de las islas remotas del Pacífico hacia las expectativas que los viajeros occidentales (Melville, Stevenson, Conrad, London) pusieron en ellas, cuando creyeron encontrar ahí –en tiempos de una colonización muy poco idílica– el paraíso ya perdido en las grandes urbes europeas. Utopías disfrazadas de literatura de viaje.

Sin ser un tratado de filosofía, Imaginario del paraíso conecta con gran precisión la estrecha afinidad entre las visiones escatológicas vinculadas a un orden sagrado con el nacimiento del género utópico, en el Renacimiento. Entre “las representaciones oníricas y la teoría política”. La proximidad entre el “paraíso terrestre” de los medievales y la Utopíade Tomás Moro (o La Ciudad del Sol de Campanella o la Nueva Atlántida de Francis Bacon) no es de mera sucesión cronológica.

Existe todo un universo literario que se remonta al siglo VII, y pervive en autores del siglo XII, dedicado a ensalzar e imaginar las delicias sensuales del mundo creado; delicias que se sitúan en algún punto de la geografía terrena (no celeste) y también de la experiencia factible, y –al menos teóricamente– realizable. Como las utopías del siglo XVI, ellas también funcionan como modelos de organización alternativos, que orientan la acción y dan sentido a la historia.

¿Cuál es la diferencia, entonces, entre aquellos sueños medievales y estas piezas de crítica política que inauguran la modernidad? El punto de vista centrado en la razón, sin duda, es una de ellas. Es la principal. La otra es, quizá, la conciencia de los renacentistas en el carácter ficcional –falsificador– de todo relato, empezando por nuestros relatos sobre el paraíso, que entonces han pasado a ser tan sólo paraísos “imaginarios”. Claro que, del siglo XVI a esta parte, la humanidad no ha renunciado a la sigilosa convicción de lo contrario, es decir, a la idea de que el paraíso existe, que no es prerrogativa de un dogma ni una pura invención de las palabras, sino una experiencia –al menos teóricamente– palpable. A propósito, Borges y Bioy Casares refieren en El libro del cielo y del infierno el “Epitafio de Eva, por Adán”, que escribió Mark Twain en su Diario de Eva. Dice así: “Donde ella estaba, estaba el Edén”. Esta bella colección de relatos ofrece algunas otras ideas en ese mismo sentido.

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