Una búsqueda a la vez estética y política

Ricardo Carpani es una figura que circula dentro del mapa de las artes visuales argentinas y latinoamericanas como el perfecto símbolo del artista comprometido con su pueblo y con sus luchas de liberación, a tal punto de haberse involucrado él mismo como trabajador en las fábricas, junto a los menos afortunados de la escala social, para adentrarse en su trabajo concreto y en sus opresiones verdaderas, no imaginadas, y así poder colocarlos como protagonistas-sujetos de sus creaciones artísticas: óleos, afiches y murales.

En estos días, el Museo Evita homenajea su obra a partir de la muestra Carpani, todavía… donde a partir de tres tiempos conjugados en tres espacios se expone parte del corazón de la obra del artista que conmovió a su ciudad en 1959 con la creación del grupo Espartaco, integrado por el propio Carpani junto con Juan Manuel Sánchez, Mario Mollari, Carlos Sessano, Espirilio Butte, Juana Elena Diz y Pascual Di Bianco. Con él, los trabajadores proscriptos de la escena política y gremial por el gobierno antiperonista de entonces ingresan al arte con toda la gestualidad no sólo de su trabajo sino también de su lucha y de sus reivindicaciones. Los jóvenes pintores de aquel momento plantearon la síntesis entre la vanguardia formal y los contenidos populares y latinoamericanos. El manifiesto fundacional del grupo que daba cuenta de sus principios fue redactado, en mayor medida, por Carpani y entre otras muchas cosas dice, todavía: “El arte latinoamericano, considerando las características sociales y políticas de nuestro continente, ha de estar necesariamente imbuido de un contenido revolucionario, que será dado por el libre juego de los elementos plásticos en sí, prescindiendo de la anécdota desarrollada, si es que la hay. La anécdota podrá tener una importancia capital para el artista cuando aborda una temática que siente profundamente y en la cual encuentra inspiración; pero en última instancia no constituye el elemento que justifica y determina la validez intrínseca de la obra de arte, ni es de ella que emana el contenido de su trabajo”.

En los tres tiempos y espacios que se deslizan en el Museo Evita puede constatarse esta afirmación. En la sala de ingreso, se aprecia un retrato de Evita, de perfil, combativa y demandante, un óleo en mediano formato que hace a su vez de afiche-invitación a la muestra. Junto a ella se alinean una serie de afiches que llaman a la lucha del pueblo. El afiche, por su connotación y economía, constituye una parte importante del corpus de la obra de Carpani.

Quizá la parte más interesante de la muestra es la que enfatiza menos en el combate e indaga más en el Carpani artista, a través de una serie de fotografías documentales que registran momentos de su vida junto con los integrantes del Grupo Espartaco o en soledad, posando ante la cámara, a lo largo de los años y hasta el año de su muerte. La serie de fotografías, colgadas informalmente de una suerte de soga blanca, muestran los rasgos de un rostro a los que el tiempo no hizo mella.

El tercer momento, la última sala, expone las obras de estudio sobre el tango, una temática abordada por el artista en los últimos años de su vida, y–dada la imposibilidad de exponer algunos de los murales realizados por Carpani en paredes callejeras y en exteriores de fábricas–, se expone “Quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos”, una pintura de gran formato (en realidad es el boceto para un mural), conformada por cuatro paneles, donde –al estilo de los muralistas mexicanos– se narran algunas de las luchas populares. En esa misma sala, se encuentran los retratos en carbonilla de figuras argentinas admiradas por Carpani: Rodolfo Walsh, Scalabrini Ortiz y Roberto Arlt.

También se encuentran exhibidos y a la venta, los libros en los cuales Ricardo Carpani desarrolló su teoría donde política y arte se imbrican. Arte y Revolución en América Latina (1961), La política en el arte (1962) y Arte y militancia (1975). “La lectura de estas obras resulta hoy indispensable no sólo para rastrear el marco teórico-ideológico de su fecunda producción plástica –dice el curador del Museo Evita y de la muestra, Gabriel Miremont– o para reflexionar en torno a la conflictiva relación entre arte y política, sino también para entender una década, la del sesenta, en muchos aspectos fundante de una transformación intelectual y cultural en toda América Latina, con el despertar explosivo de procesos y posturas revolucionarias que marcarán como matriz la impronta de la subsiguiente década del setenta.

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