Una atmósfera de fin de siglo

Hay obras que cuesta olvidar. Permanecen intactas en la retina porque son simbólicamente potentes, bellas. Eso es lo que uno siente ante “La madre muerta” de Leo Putz, una pintura de gran formato de la secesión vienesa con tema melodramático característico de fin de siglo XIX. La figura muerta envuelta en luz gélida y la tensión dramática de la escena recuerdan al hijo muerto de “El primer duelo” (1888), de William Adolphe Bouguereau, ese deslumbrante óleo del MNBA. Muy cerca está “La cuna vacía”, una joyita de Vincenzo Irolli. Esas son algunas de las 150 obras que integran Entresiglos. El impulso cosmopolita en Rosario , la muestra con la que el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino de Rosario viene a celebrar su 75° aniversario.

Con curaduría de Laura Malosetti Costa, María de la Paz López Carvajal y Pablo Montini, la exposición presenta una nueva mirada sobre las colecciones de arte europeo y argentino del siglo XIX en el Museo Castagnino. Se exhiben también piezas de la colección del Museo Histórico Provincial Dr. Julio Marc. Hay obras de diferentes escuelas europeas del siglo XIX y pinturas de artistas argentinos y maestros rosarinos de fines de siglo XIX y principios del siglo XX, y una selección de la sección de Bellas Artes de la Exposición Provincial de Rosario de 1888 con eje en la industria.

Hay trabajos, entre otros, de Leo Putz, Joaquín Sorolla, Giovanni Fattori, Edoardo de Martino, Francesco Michetti, Camille Pisarro, Jules Dupré, Eugene Boudin, Alfred Sisley, Eduardo Sívori, Eduardo Schiaffino y Salvador Zaino. Hubo un gran trabajo de restauro y puesta en valor del patrimonio del museo: Rosario tiene una colección del siglo XIX que es un auténtico tesoro y que hasta ahora había estado escondido. Muchas de las obras que ahora ocupan las salas del Museo Castagnino habían permanecido en depósito durante años. “Mostramos el clima de fin de siglo en Rosario. Siempre se sostuvo que era ‘una ciudad comercial, fenicia’. Pero Rosario fue una ciudad de inmigrantes europeos de diversas nacionalidades que trajeron la semilla de su cultura y la vocación que siempre me parece maravillosa de la persona que colecciona”, dice Laura Malosetti Costa.

Contrariamente a lo que se sostenía en la época y a la historiografía de Rosario, hubo una burguesía pujante que ocupó un rol central: impulsó y cultivó el arte no sólo para sí misma sino también donando obras a la ciudad. “El coleccionista –señala Malosetti Costa– aparece muchas veces como un ser un poco egoísta, adulándose a sí mismo. Pero aquí está en primer plano la donación al espacio público, que es algo que hoy falta: creer que es bueno donar para que la gente pueda ver arte gratis y educarse”. ¿Cómo fue mutando este modelo de coleccionista en nuestras pampas? “La tendencia actual –dice la curadora de la muestra– es que el coleccionista en lugar de confiar en el Estado, funda su propio museo”.

La muestra reúne obras de la colección Antonio Cafferata, la de Carlos Carlés, Lisandro de la Torre y Enrique Astengo. Además hay distintas zonas en las que se puso en diálogo pinturas de artistas europeos y argentinos, agrupadas por géneros que van desde retratos hasta paisajes. Son obras de la misma época que pertenecen al patrimonio del Museo Castagnino y que evidencian un lenguaje común y ponen en cuestión el mito de que aquí el arte siempre iba “atrasado” respecto a lo que ocurría en otros países. Conviven, por dar un ejemplo, marinas grises de Edoardo de Martino con un óleo de Martín Malharro y un pastel de Sisley. O un retrato de Antonio Ciseri, maestro de Juan Manuel Blanes y Angel Della Valle, entre muchos otros artistas argentinos que estudiaron en Florencia, con un bellísimo, tardío y desconocido autorretrato de Sívori y otro de Schiaffino. La sala de naturalezas muertas incluye una pintura sobre seda de Domingo Fontana, tío de Lucio Fontana, y obras de Ernesto de la Cárcova y artistas europeos.

Recorriendo las salas uno se encuentra con distintos estilos de coleccionistas. Cafferata puso el foco en objetos históricos. Impulsó las primeras iniciativas museísticas de la ciudad. Se expone una colección de costosas medallas que llevan las firmas de los más importantes grabadores franceses del siglo XIX. Carlos Carlés fue una rara avis: un coleccionista que jamás compró una obra. Logró reunir entre 1897 y 1898, entre pinturas, grabados y dibujos, unas trescientas obras de pequeño formato de expositores del Salón de París. Desde su cargo de director de Correos de la Argentina (su secretario fue Rubén Darío), invitó a distintos artistas a enviar una obra para el correo y les regaló a cambio prestigiosas publicaciones. Hubo cartas de invitación para Sorolla, Renoir, Pellizza da Volpedo. Y la lista sigue. Muchos quizás aceptaron con la esperanza de ver convertida su obra en estampilla o postal. En 1898 Carlés renunció al correo para asumir como diputado nacional. Donó toda su colección al Museo Municipal de Bellas Artes de Rosario, su ciudad natal.

La de Astengo es la colección más importante de Rosario. Ecléctica, va desde el arte pompier de los salones pasando por la escuela de Barbizon hasta el impresionismo. Hombre de gran fortuna, su colección incluye, obras de Díaz de la Peña, Isabey, Sánchez Barbudo, entre muchas otras firmas. De la colección de Lisandro de la Torre, se exhibe por ejemplo, “Cosquín” de Eduardo Sívori, una vista de la ciudad con el hospital de tuberculosos.

La muestra nos pone frente al coleccionismo de entre siglos. Desde un coleccionista tradicional como Astengo hasta uno atípico como Carlés, creían que una nación moderna necesitaba del arte para progresar. No había otra alternativa. Tenían devoción por coleccionar, por disfrutar de las obras en soledad. Pero tenían también ese gran deseo de compartir. Se agradece.

 

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