Un vistazo por aquellas calles que no caminarás

Muchos fotógrafos ya han empezado a usar Google Street View para hacer una especie de fotografía callejera “encontrada”, pero por ahora las obras de Doug Rickard se destacan por sobre todas. Vamos un poco hacia atrás para poner al tanto a los que no conocen la metodología. Desde el 27 de mayo de 2007, Google ha mandado una flota de autos a recorrer todas las calles del mundo, comenzando por los Estados Unidos, para sacar fotos a velocidad de metralleta y en 360 grados. Esas fotos están subidas y sincronizadas con los mapas de Google, con lo cual ahora uno puede caminar virtualmente por todas las calles que han sido cubiertas por este proyecto. Lo que hacen los “fotógrafos” de Street View es recorrer en las pantallas de sus computadoras –obsesivamente y exhaustivamente– barrios, ciudades, autopistas y caminos rurales, para encontrar escenas insólitas y o “momentos decisivos” como los definió Cartier Bresson. Sus fotos son, de hecho, capturas de pantalla.

Un paréntesis más y volvemos a Rickard.

El inventor de Google Street View, Sebastian Thrun, además ha creado con su equipo de ingenieros un auto que se conduce solo. En los estados de California y Nevada ya se han aprobado leyes que permiten su uso y algunos han sido empleados para fotografiar para Street View. Estamos entrando en territorios muy extraños; un momento crepuscular que es el fin de una cosa y el comienzo de otra. Estamos demasiado involucrados y cercanos al momento para decir exactamente qué es lo que termina y qué es lo que empieza, pero está claro que tiene que ver con los sistemas robóticos autónomos, con la sociedad de la híper vigilancia y con el fenómeno de la sobreinformación. En este marco se instalan las melancólicas y conmovedoras imágenes (¿fotos?) de Rickard que han sido reunidas en una monografía titulada A new american picture. Rickard recorre, desde su escritorio, las calles de barrios pobres de los Estados Unidos en Detroit, Nueva Orleans, Nueva York, Arkansas, Texas y Nueva Jersey. Son paisajes desolados y abandonados, por los cuales caminan figuras solitarias. Este es el mundo profetizado por Philip Dick y George Orwell. Pero también es un mundo nuevo que aún no tiene sus poetas y sus visionarios. Yo creo que Rickard es uno de ellos.

 

Un final con cuentagotas

Y al fin, el mundo sigue estando y nosotros en él, leyendo diarios y tomando café. El problema con el Apocalipsis es que llega a gotas. El Apocalipsis no funciona como un evento singular que marca definitivamente un antes y un después. Funciona como una corrosión. No viene a caballo con trompetas y banderas como algo que podemos mirar, espantados, desde nuestros balcones, tomándonos las manos por una última vez. Funciona por desidia y negligencia. Es nuestra cara envejeciendo día tras día en el espejo. Pronto será la cara de un anciano que afeitas. Ya serán los dientes de un viejito que cepillas, pero no va ser mañana. Eso sí, cuando suceda te parecerá que esa cara joven la tenías ayer. El Apocalipsis no es de Nostradamus o de Oppenheimer; no es de Cormac McCarthy o de los mayas. El Apocalipsis es como el mal aliento o ese sonido que hace tu computadora cuando la prendes en la mañana. Está siempre acompañándonos y nunca nos lo sacaremos de encima. Este año se derritió un pedazo de hielo en el Artico del tamaño de los Estados Unidos (11,83 millones de kilómetros cuadrados). Según algunos expertos se están agotando las reservas mundiales de potasio y fósforo con lo cual la agricultura industrial moderna se terminaría abruptamente. El planeta está completamente explorado. Fuimos a la Luna y nos aburrió. La revista Smithsonian nos informa que el ascenso al Everest está repleto de cadáveres. El New York Times informa que las ballenas se están enloqueciendo por el ruido industrial en el mar. No queda ninguna gran aventura para la humanidad. No hay nuevos mundos y no parece haber un Plan B. No hace falta ponerle fecha al Apocalipsis. El Apocalipsis es un evento cotidiano. No es una ráfaga de bombas que derrumban las ciudades en un tsunami de fuego. Es simplemente una puerta en tu casa que se cierra de golpe, sola, en el súbito viento de una tarde gris con pinta de tormenta.

 

La lectura voraz de un hacker

Hace un mes estuvo en Buenos Aires el finlandés Pekka Himanen, famoso en ciertos círculos por haber publicado La ética del hacker (2001) que lo convirtió en el vocero filosófico del movimiento de software de código abierto. Hice la entrevista de rigor en el triste comedor de un hotel X. Hacia el fin de la charla Himanen confesó que desde que está en la secundaria (tiene 39 años) lee un libro por día. Quise, desesperadamente, profundizar el tema, pero él malinterpretó mi cara de sorpresa. Se retrajo como si lo considerara un freak, pero era todo lo contrario. “Tengo mucho tiempo libre” dijo, minimizando el asunto y despidiéndose.

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