Un recorrido en dos obras

Hay varias razones para considerar importante la exposición Riesgo, que puede verse en estos días en el Centro Cultural Cabildo Histórico, de la ciudad de Córdoba. Por un lado, se trata de la segunda muestra –luego de Ciudad Imaginaria– que se realiza allí desde que a principios de este año el Gobierno de la capital inició su revalorización como uno de los puntos centrales de la actividad cultural cordobesa y centro de exhibición de artes visuales. Aunque desde luego no es un elemento de juicio suficiente, la cantidad de público que asistió a la inauguración y el clima festivo en que se desarrolló son indicios de que ese proceso de revalorización es acertado.

En segundo término, igual que la primera exhibición, esta reúne a más de 50 artistas cordobeses –56, en este caso preciso– cada uno con dos obras, lo que en alguna medida traza un panorama de los movimientos estéticos actuales y recientes que se agitan en la provincia. Es cierto que varios de los artistas expuestos no son cordobeses en sentido estricto, sino que han elegido la provincia como lugar para vivir y producir su arte. ¿Pero qué es lo que define el lugar al que uno pertenece? Carlos Alonso, Hernán Dompé, Miguel Ocampo, por dar solo tres nombres se pueden considerar artistas cordobeses aunque hayan nacido uno en Mendoza y los otros en Buenos Aires. Y en sentido contrario, ¿hay artista más cordobés que Antonio Seguí, aunque haya elegido París hace décadas?

Riesgo es importante también porque muestra una enorme heterogeneidad –sinónimo de riqueza y de vitalidad– del arte que exhibe. Se trata de artistas de diferentes disciplinas, tendencias, edades, intereses, formaciones… Y la naturaleza misma de esta exhibición, que ideó y curó Alejandro Dávila, duplica esa diversidad. Dávila convocó a los artistas a presentarse con dos obras; una, de sus inicios y otra de su producción actual. La intención del proyecto fue trazar un sintético arco evolutivo en las trayectorias artísticas. En algunos casos se logró, en otros no. Pero el resultado es que los artistas expuestos no son 56 sino –podría decirse– un centenar. Es que en muchos casos en el par de trabajos elegidos por cada artista hay un recorrido tan intenso que parecen de diferentes autores. ¿Quién diría que el óleo suyo que se reproduce aquí fue pintado por la misma persona que realizó ese pequeño dibujo ocre –expuesto a su lado en el Cabildo– que tan bien describe una escena de provincia? Y si llevamos las cosas al extremo, a un terreno filosófico: ¿esas dos personas eran en realidad la misma? ¿Cuál es el verdadero Bonevardi? Hay otros casos notables, como el de Dompé: la presencia imponente de su comadre azul kleiniano en el patio central del Cabildo se ha separado tanto de la contundencia de su otra obra, una “Pipa” de mármol boticcino y granito negro, de 1987, que su autor parece no una, sino dos personas. Y lo mismo ocurre con tantos otros.

Pero en algunos casos, el contraste no se da, o se da en mucho menor grado. No debería sorprender, es casi una cuestión de naturaleza de las personas. Qué sabe uno a los 20 a los 25 o incluso a los 30 años, dónde terminará, ya no en qué artista, sino en qué persona se convertirá sin traicionar a este que es hoy. Se trate de artistas o de cualquier sujeto, hay quienes por características personales conservan, insisten en cierto apego a lo inmanente, y otros que mutan, que cambian de piel de manera casi permanente. Ninguna de las dos naturalezas tienen nada garantizado: ambas corren los mismos riesgos a los que alude el título de la muestra. En el texto del catálogo, Alejandro Dávila cuenta cómo cuando era un chico, en el taller de su padre –el pintor Miguel Dávila–, en contacto habitual con otros artistas a través de años, tomó conciencia del riesgo en el arte: “riesgo en el hecho creativo, riesgo en el compromiso que se asume como artista, riesgo con uno mismo, riesgo en la búsqueda”. En esa búsqueda –se ve en la muestra– hay artistas que vuelven a los orígenes, depurados, tras varias vueltas en espiral. Los dos destinos, el de los cambios dramáticos y el de ese reencuentro con el centro, son riesgosos.

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