Un Premio Nobel y un Cervantes en la Bienal del Libro de Brasilia

Caminando por esta ciudad sin calles, donde deambular se erige al nivel de lo utópico o lo demencial, uno se pregunta si hay una capital en el mundo, más refractaria a todo lo que el libro y la literatura implican: calidez, diálogo y emoción.

Construida hace 52 años en medio de la nada, Brasilia es la ciudad artificial por excelencia, una especie de cifra de lo premeditado, una ciudad futurista a la que el futuro le terminó pasando por el costado.

En ese contexto, un puñado de escritores de distintas latitudes llegaron para participar de la Primera Bienal del Libro y la Lectura de Brasilia. Durante nueve jornada abigarradas, y de las nueve de la mañana a las diez de la noche, los paneles, lecturas y debates se concretan en un espacio de cuatro carpas blancas, ubicadas en el nervio mismo de la ciudad, frente a la Explanada de los Ministerios, pura arquitectura de Oscar Niemeyer.

El sábado, la apertura estuvo a cargo del nigeriano Wole Soyinka, Premio Nobel de Literatura en 1986. La relación del pueblo brasileño con la cultura y los imaginarios africanos es intensa y compleja, y buena parte de esta bienal tiene como foco una lectura de los vínculos entre lo africano y lo brasileño. Frente a un auditorio colmado, Soyinka, que se doctoró en Inglaterra y capitalizó a la perfección la dicción, el humor y la cordialidad británica, departió acerca del concepto de tolerancia en el contexto del mundo occidental contemporáneo. La palabra mágica, eje de su discurso fue “religión” y, si bien el nigeriano no habló de literatura –un curioso rasgo que a veces aglutina al club de los Nobel– el tinte político y la bajada de línea resultaron pertinentes en el marco de un evento de este índole.

El mismo día, Juan Gelman, cuya obra reunida acaba de ser editada en Argentina, en dos gruesos volúmenes, y que ha sido traducida parcialmente en este país enorme, también habló de política y de procesos históricos, siempre cruzándolos con la memoria personal y la escritura poética, sobre la que apuntó: “es imposible escribir poesía en horas fijas, estipuladas. Ella viene cuando quiere”. Reflexionó después, y con humor, sobre su edad, diciendo que “si 20 años no es nada, 80 años es 4 veces nada”.

El plantel argentino se completa con Mempo Giardinelli y Samanta Schweblin, que se encontraron en la mesa “Dos generaciones argentinas”. Destacó la intervención de Mario Bellatin, un escritor extraño y luminoso, que dialogó con el colombiano Héctor Abad Faciolince. Bellatin contó cómo funciona la Escuela Dinámica de Escritores que inventó y dirige. Durante dos años, 30 “alumnos”, interesados en la escritura, se someten a vertiginosos encuentros creativos con 52 maestros de todas las disciplinas artísticas. El taller tiene una prohibición: escribir. La literatura llegará por otro lado, inesperadamente.

Y esa es una buena metáfora de esta primera Bienal. En una ciudad con un alto índice de lectores, pero donde la literatura no puede competir frente a las convenciones empresariales y políticas, el libro llegó, de pronto, y quizás para instalarse. Las ediciones siguientes lo dirán.

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