Un nombre para cada “cosa” Fichas Para entender la Biblia – IV

El pensamiento hebreo, y por cierto el idioma, responde a una mentalidad sin conceptos abstractos. Todo lo contrario que a los griegos, a los judíos no se les ocurría preguntarse por la esencia de algo; para un judío lo importante de algo era la relación que ese algo tenía con ellos, no qué era en sí mismo.

Por eso, aunque nos parezca raro, a un judío nunca se le ocurrió plantearse el problema de qué era Dios en sí mismo. Para un hebreo todo lo abstracto se expresa por lo concreto, se expresa por la forma con la que se percibe; lo que no es perceptible de alguna manera por alguien no interesa.

Un caso típico de los miles que aparecen en la Sagrada Escritura es el de la creación. En el catecismo se dice que Dios creó el universo sacándolo de «la nada». El concepto de «la nada» es una abstracción genial griega, pero que es absolutamente imposible de expresar para un judío.

La forma típica de resolver este problema en la Biblia es la de expresar lo que para un judío puede ser la nada con cosas comprensibles y perceptibles para cualquiera. Para el judío la nada es el caos, el desorden, lo que no es orden o civilización. Entonces el autor bíblico dice que Dios creó el universo ordenando el caos, ordenando el desorden que existía.

Cuenta el relato que Dios puso orden al caos original diciendo: «aquí la luz y aquí las tinieblas, aquí el agua y aquí la tierra, aquí el sol, aquí la luna y cada uno en su esfera y oficio».

Por esta misma razón, la sabiduría de Dios, algo abstracto, fue personalizada en la Biblia hasta convertirse en alguien personal, pues sólo así se hacía comprensible a una mentalidad tan enemiga de las abstracciones

«No pequen más, se acerca el fin del mundo»

Entre los judíos de la época de Jesús estaba de moda un género literario que ahora se llama «apocalíptico», formado en general por visiones del futuro, mezcladas con discursos moralizadores apropiados para resolver situaciones concretas y todo ello revestido con un lenguaje simbólico que sólo entendían los que recibieran una explicación adecuada. Fijémonos bien: no se trata de profecías que quiten la inseguridad del futuro diario, sino visiones esperanzadas revestidas con carácter simbólico para resolver situaciones conflictivas concretas y padecidas en ese momento.

De los muchos apocalipsis que aparecieron ya bajo el cristianismo, sólo uno recibió la aceptación oficial de la comunidad cristiana, el de Juan.

La llegada de los tiempos definitivos, la llegada del Reino de Dios quedaría visible y clara ante todo el mundo con señales evidentes, la más importante de todas era que ya no habría templo legítimo porque Dios mismo estaría presente entre su pueblo. Lógicamente, los judíos, y los primeros cristianos vieron la destrucción del templo, en el año 70, como el comienzo, doloroso, pero al fin y al cabo comienzo, de esos tiempos definitivos.

Para un judío piadoso, Jerusalén no podía ser destruida sino en función de la nueva creación de una nueva Jerusalén mejor, el templo no podía ser destruido sino porque Dios mismo se iba a hacer presente entre su pueblo.

Cada vez que en Israel se sufriera una opresión extrema, expresada concretamente (como todo lo abstracto) por guerra, peste y hambre, las tres desgracias clásicas más terribles para un pueblo, el pueblo sabía teológicamente, por su libro sagrado, que se acrecentaba también la posibilidad de la liberación.

Este asunto aparece expresado así ya en el libro del Éxodo y en el libro de los Jueces. El pueblo de Israel sabía que Dios y opresión no caben en el mismo saco y el pueblo había aprendido a ver la intervención de Dios en su historia cada vez que había experimentado un proceso de liberación del pueblo.

La guerra, la peste y el hambre, cuando se daban juntas, al ser para ellos el colmo de la desgracia popular, se convertían, por lo explicado antes, en la señal de la intervención inmediata de Dios para liberar a su pueblo oprimido.

Además, «mundo» no era para los hebreos bíblicos lo que para nosotros. Para ellos «mundo» no es el globo terrestre, cuya existencia como globo flotando en el espacio ignoraban totalmente, sino la situación. «Fin del mundo» es para ellos fin de la situación conocida, fin de esta forma de vida que conocemos; fin, en definitiva, de la opresión y la explotación a la que estaban sometidos.

«No peque más, se acerca el fin del mundo», puede, pues, traducirse perfectamente por: No peque más, se acerca el fin de la explotación, el fin de los explotadores; viene un mundo nuevo, una situación nueva, y usted debe estar del lado de los oprimidos, de los justos, no de los opresores, que serán destruidos.

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