Un mundo convulsionado

El centro de esta maravillosa novela de Michael Ondaatje es el viaje de un chico de once años que es el narrador principal a bordo del Oronsay, un paquebote que lo lleva desde Ceylán (actualmente Sri Lanka) hacia su nueva vida en Inglaterra. A partir de ese viaje iniciático, la vida de “Michael” se proyecta hacia adelante. Lo que él mismo cuenta de su edad adulta está compuesto por datos y hechos relacionados con los días que estuvo en el barco: el encuentro con los otros dos chicos que viajaron con él, con su prima Emily, que hacía el mismo viaje, o con los pasajeros que conoció entonces.

Un relato complejo

La estructura narrativa es compleja no solamente por ese cruce de distintos tiempos o en el uso de textos como cartas, cuadernos de anotaciones y listas, sino también por el hecho de que la narración principal está precedida por un fragmento diminuto en el que el narrador es otro, tal vez el mismo Michael Ondaatje y porque, en realidad, el libro original tiene dos títulos: el que le da el narrador (“El viaje de Mina”) y el que le pone Ondaatje, “La mesa del gato” (esto no se repite en la traducción, un defecto en el hermosísimo trabajo del traductor, José Luis López Muñoz).

El resultado es un tapiz inolvidable de colores y escenas que la novela explica en una anécdota que una de las pasajeras, la señorita Lasqueti, cuenta en una carta. En la juventud, ella traduce para una familia poderosa que colecciona objetos de arte en Italia. En un momento, el dueño de casa, le muestra el revés de uno de los tapices, más colorido que el frente, más complejo, y, al mismo tiempo, deja entrever en sus actos, la mezquindad de los poderosos.

Y es que, aquí, como siempre en Ondaatje, poder y arte van unidos. El arte del narrador de la novela (Mina es su sobrenombre) toma partido a partir del viaje. El tiempo en el barco le enseña que prefiere acercarse no a las autoridades sino a la “mesa del gato”, la más alejada del capitán, la de los “marginales” porque ahí es donde respiran las historias que verdaderamente valen la pena.

La novela arma el mundo del barco en un ritmo cambiante que se acelera lentamente hasta convertirse en acción pura, como la música de ciertas sinfonías. Los tres amigos que viajan solos –Michael-Mina, Cassius, el salvaje y Ramadhin, el cardíaco, tranquilo y bondadoso–, sienten que el viaje es “la posibilidad de escapar a todo orden” y deciden, por supuesto, “hacer todos los días algo prohibido”.

Mientras desarrollan sus actividades secretas, inconfesables, conocen de a poco a los adultos y adolescentes de la “mesa del gato”. Para ellos, el viaje es “un rito de paso”, como el de Huckleberry Finn en otro medio acuático. En ese viaje, Michael aprende desde la verdad sobre las relaciones de clase hasta la que sostiene las pasiones individuales de todo tipo.

Política y filosofía

Michael Ondaatje alterna reflexiones directas y símbolos intensos y la lista de los temas que toca es casi infinita. Para dar idea de la amplitud de esa lista, habría que decir que en un extremo hay un interés constante por lo político/racial, centrado en el colonialismo inglés, y en el otro, una mirada filosófica que investiga sobre la condición humana.

Mina y sus tres amigos van de una colonia lejana a la capital de la Metrópolis. La oposición entre las dos tierras y entre quienes las habitan es permanente. El capitán desprecia a los “asiáticos”. Los prácticos que suben al barco en Asia son seguros y cómicos; los europeos, pomposos y serios. Al pasar por el canal de Suez hacia el Mediterráneo, se dice que hay una “llegada a otro mundo” y se habla de “fecundaciones cruzadas”. En la historia del preso que viaja en el barco, hay un drama colonial profundo en el que es evidente que la vida de un inglés vale mucho más que la de un habitante asiático de la colonia.

Reflexiones geográficas

En cuanto a lo filosófico, ahí está la impresionante escena de Mina y Cassius, atados a los mástiles en medio de la tormenta. Mina tarda en entenderla pero cuando hace el esfuerzo para imaginar “en toda su plenitud el significado de la tormenta” entiende que el centro de la cuestión es que en ese momento, no había para ellos “ni techo ni suelo” y que el miedo no estaba solamente “en las cosas que veíamos… había que acordarse también de lo que quedaba debajo”. La vida es la tormenta: ese suspenderse entre dos abismos y tratar de olvidarlos.

Por otra parte, hay puentes entre la reflexión geográfico política y la que se hace sobre la vida humana. Inglaterra y Ceylán son islas; Emily, la prima a la que Mina nunca renuncia, va de una isla (Ceylán) a otra (Inglaterra) y mucho después, Mina la encuentra en otra, Bow Island, Canadá. Esa geografía isleña habla tanto de colonización como de seres humanos aislados. Se dice incluso que “una isla encarcela mientras protege”.

Así, El viaje de Mina construye el retrato de un mundo convulsionado y terrible, en el que la comprensión y la experiencia tratan de poner cada cosa en su lugar. Pero, como advierte el narrador, nunca hay que dar por sentado lo que se ha comprendido. El rompecabezas que Michael arma en el viaje es provisorio, la vida lo es. Todo, todo está en movimiento. El viaje no termina nunca.

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