Un filósofo entre el terror y la gracia

HONGOS

Un fantasma recorre los textos, es una máxima del Che: “Hay que fortalecerse sin perder la ternura jamás”. León Rozitchner era un claro exponente de esta consigna que acompañó a su generación.

En tanto intelectual íntegro, fue crítico de las tradiciones, aun de aquellas a las que pertenecía, como el psicoanálisis, el marxismo o el judaísmo. Se planteó el desafío teórico pero además cotidiano de repensarlo todo. Por ello podía reparar, por ejemplo, en “lo que la izquierda no ve”.

Con una originalidad sorprendente, participó de una perspectiva tan argentina como universal. Argentina para abordar, entre otras cosas, a Perón y las claves que el peronismo representa; latinoamericana para trazar a partir de Cuba o de Simón Rodríguez un perfil específico junto a una parábola continental; universal para penetrar en Freud, en Marx o en San Agustín. Desgarrado con el presente, León fue además un revisionista del pasado de la cultura occidental. Buscaba el diálogo y confrontaba. Aunque supo hacer uso de la ironía o la chicana (baste recordar giros leoninos como “hermosa clase media” o el más triste “bello país, éste que habitamos”), su recurso central consistía en la frontalidad.

La fuerza se traducía en su firmeza, también en su ira. Era dueño de una gran potencia textual y profundamente polémico e inconformista porque sabía que un mundo mejor es posible. Solía pelearse con un “ellos” (siempre en plural) y en un punto –igual que su amigo David Viñas, aunque distinto– a ellos los necesitaba como acicate para hacer avanzar su argumento.

En ocasiones, tomaba la dirección del discurso del otro, su esencia, y sin embargo no la expresaba con las palabras típicas de éste sino que agregaba su propio léxico, logrando establecer el mecanismo de distancia destinado a desenmascarar, generar conciencia o burlarse y, por lo general, a hacer todo eso conjuntamente. Hablando como ventrílocuo para expresar las tibias o mediocres razones de la clase media, a los efectos de desentrañarlas y extirparlas, diciendo cosas tales como que, durante el menemismo, “acabaron aceptando todo entre resignados y alegres: dennos por lo menos la estabilidad monetaria, la tierra firme de nuestras miserias”.

Desafiante, con un enojo añejo renovado en las distintas coyunturas, porque siempre había, en su criterio, algo que resistir, es decir algo para cambiar. Provocador en la interpelación, capaz de tutearse con las grandes verdades del ser para acabar transmitiéndolas de manera más o menos accesible o pública, y capaz de relevar macroestructuras o fenómenos comunes globalizados para terminar advirtiendo su reflejo a escala individual e incluso íntima. Así era León, en ese vaivén entre lo humano y la comunidad y el mundo, que se actualiza a cada paso, él perseguía matrices esenciales y denunciaba la patrimonialización de las existencias.

La revisión de los grandes padres de influencia cultural indiscutible (los ya mencionados, de la talla de Freud, Marx, Perón, Nietzsche, de otro modo Spinoza, más patriarcas, Padres de la Iglesia, etcétera) la complementó con la fascinación por la figura materna, su simbología y su impacto conformador de la subjetividad, trabajo al que dedicó con verdadero fervor su esfuerzo de los últimos años.

En Materialismo ensoñado, título final que contiene a la mater, está su síntesis: materia, para no apartarse jamás de lo concreto, del cuerpo y de la historia, y sueño, para no olvidar el anhelo, el más allá de la conciencia ni los fulgores de la esperanza.

Da alegría, entre los nuevos, su texto sobre Simón Rodríguez, el “loco” educador de Bolívar, como si cada sitio, un poco balzacianamente, le fuese despertando a Rozitchner la tentación de profundizarlo apropiándose de algunos de sus íconos culturales o sucesos históricos. Así la transitoriedad de su paso por el lugar, más o menos elegido por sí mismo o por las circunstancias, va habilitándole la posibilidad de un encuentro de pensamiento que puja por adentrarse en los derroteros más sensibles a los sujetos nativos. Delinea una localización afectiva, porque él no quiere ser sólo visitante, León desea comprender, y pertenecer, por derecho propio y solidariamente, a esa cultura que lo acoge. Le ocurre con París y Francia, con Playa Girón y Cuba, con Caracas y Venezuela…

Y ahí Rodríguez se yergue como un faro de excesos y de aciertos, del cual su gran paradoja es también su legado: el triunfo de un fracaso ejemplar (tal el subtítulo del ensayo de Rozitchner) es el que abrió de par en par las puertas de una pedagogía de la emancipación americana.

Convencido de que “leer es resucitar ideas”, León parece proponer al unísono del venezolano su invitación vital como consigna de creación: inventamos o erramos.

Entre los yerros que advertía a su alrededor, lo indignaban la desmemoria y el ninguneo, tan comunes dentro del campo intelectual y académico argentino. Lo enfadaba la liviandad con que muchos se denominan filósofos, pues León fue un filósofo en serio: pensó el ser, generó teoría y calibró al ser puesto en sociedad.
Ya su primer libro, Persona y comunidad (1962), partiendo de la ética de Max Scheller, había planteado aquella doble línea convergente. El siguiente, Moral burguesa y Revolución, apareció en 1963, acompañado por un breve prólogo de Oscar Masotta que reconocía las contradicciones de los invasores de Playa Girón y la “paciencia obsesiva” del autor, dispuesto a analizarlas. Allí Rozitchner afirma: “Quisimos además mostrar que la reflexión filosófica, sobre todo si es reflexión ética, debe ponerse a prueba en el análisis de situaciones vividas en las cuales los hombres asumen la mayor de sus responsabilidades históricas”. Hace ancla en lo testimonial, reproduce los dichos textuales de los contrarrevolucionarios de entonces y estudia al pie de ellos sus determinaciones de clase; de sus condicionamientos deduce desde “los límites de la racionalidad moral burguesa” hasta la “imposibilidad de imaginar el futuro”.

Volver a pensar la historia local lo llevó al foco de Perón, entre la sangre y el tiempo(1984) –escrita desde el extranjero durante la dictadura militar argentina. También a Las Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia (1985).

En la década siguiente, un Rozitchner de producción constante nos brindó aquel capítulo condensador de algunas de sus elucubraciones previas y anticipatorio de sus reflexiones futuras, “Conciencia política y subjetividad histórica”, que apareció en 1993 dentro de un volumen compartido para evaluar el destino del Socialismo, en sentido amplio, al que se pretendía desbancar hasta como simple enunciado. Acerca de la derrota y de los vencidos (2011) constituye otra vuelta de tuerca al desgarrador episodio de la desgraciada guerra en nuestras islas, como fundante de una democracia insuficiente, y una reevaluación de los años 70 a la luz de las polémicas surgidas durante este nuevo siglo, en la pulseada —nada menos— de los conceptos de vida y muerte, violencia y contra violencia, complicidad y culpa, tragedia y silencio.

Conocedor de las desventuras del sujeto político que balancea entre Ensayos y Errores(1996) –libro dedicado a su esposa Claudia y con una carta poema de César Fernández Moreno como epílogo–, Rozitchner plantea una crítica a la racionalidad modernista y al supuesto cientificismo del sujeto capitalista que la encarna. Insiste sobre los postulados de la izquierda y asevera que “la fantasía política no debía desdeñar la reflexión crítica”, reconociendo que “nunca fuimos utopistas, pero sí promotores de una realidad distinta cuyos esbozos estuvieran ya despuntando en el presente”. De ahí abre los goznes de los terrores y las gracias.

El terror y la gracia (2003), que tiene a sus pequeñas hijas como norte, procede a la manera de S. Rodríguez, pero dando un paso más en el nosotros, una primera persona del plural que es pura exhortación: “Recordemos”, “Pensemos”, “Oremos”, “Amemos”, “Retornemos” son la subida del filósofo que dirige una especie de ceremonia al mismo tiempo pública e íntima. Se trata de una clase de ascenso, una Aliá textual del pensador argentino.

El libro consiste básicamente en una recopilación de “notas” producidas durante la década de 1990 y la de 2000, cuyo hilván Rozitchner traza a posteriori al amparo de Walter Benjamin, en la certeza de que “hay que recuperar el pasado tal como relampaguea en un instante de peligro”. De esos peligros nos habla el terror pero de la iluminación nos habla la gracia, como la gracia de estos textos. Y de ese pasado, además, León quiere rescatar a otro León, Sigal, y a su amiga Diana Guerrero –desaparecida–, por ello el capítulo final es un réquiem lleno de amor, es un kadish, es un grito de dolor y remembranza, de amistad y de pérdida.
Ser judío (1967) y treinta años después La Cosa y la Cruz (1997) trazan un arco de revisión de algunos pilares de estas grandes religiones no a los efectos de contrapuntearlos teológicamente sino con la intención de encarnarlos en la peripecia viviente de sus hijos y así desprenderse de los formatos más tradicionales de las mismas y volver sobre sus repercusiones en el sujeto. En La Cosa y la Cruz lo hace deteniéndose en San Agustín y denunciando las alianzas del cristianismo con el capitalismo occidental, hecho del cual lo considera fundante. Imposible olvidar cómo Rozitchner leía al inicialmente rebelde y luego obispo de Hipona, en los tomos de Les Belles Lettres y cómo, a partir de susConfesiones, León dialoga con otros pensadores contemporáneos que lo atraviesan, tal como Jean François Lyotard, de quien decide editar en español su estudio sobre dicha obra.

Por su parte, Ser judío recupera una filiación; dedicada a la memoria de su padre y escrita bajo el calor del conflicto árabe-israelí de 1967, el valiente ensayo de Rozitchner persigue una autodefinición y se propone considerar las posibilidades de pertenencia a la casa de Israel desde la izquierda y desde la Argentina, asumiendo no sólo las ambigüedades sino incluso los temores pero alcanzando no la incompatibilidad sino la cohesión del ser. Con el correr de las décadas, otros ensayos suyos, declaraciones y solicitadas en los que participó departirán con aquel texto insoslayable e incluso reformularán varios de sus principios en vista a los nuevos tiempos.

Si Salomón Motje Rozitchner había sido el destinatario de sus esfuerzos por pensar la judeidad y el peso implacable del aquí y el ahora frente a las promesas espirituales de la trascendencia religiosa (“Qué otra eternidad sino la de saberte eternamente muerto”, se pregunta el autor), a su madre le toca, en cambio, el corazón de la patria, la matria. Por un lado, la tierra prometida en la mira del ensayo del 67 y por otro, la sufrida tierra materna en el del 84, cuyo subtítulo acuña “Lo inconsciente y la política”.

Pues es a ella, a Ida Mirkin, a quien dedica el libro sobre Perón, bajo un sudario de inmensa tristeza, la tristeza que arrastraba L. V. Mansilla en el siglo XIX, la tristeza de los intelectuales argentinos en el exilio desde 1976, la tristeza más íntima de León frente a su madre muerta. El país de Rozitchner se vuelve vientre de mujer que pare con dolor, tanto como la ciudad deviene femenina en el pequeño libro bifronte de 2001, porque cambiándole el signo al tango, trocándole el género, León escribe y recorre “Mi Buenos Aires querida”, a sabiendas de que “si cambia el cuerpo objetivo de la ciudad visible, cambia el cuerpo de nuestra subjetividad”.

Freud y los límites del individualismo burgués (1972) y aun Freud y el problema del poder (1981) que lo obsesionaba forman parte del perenne capítulo dedicado a la psicología y al psicoanálisis, al choque de las subjetividades y al predominio de la sexualidad en la constitución de los sujetos, a la materialidad del cuerpo y, finalmente, a la casi inconmensurable dimensión de lo materno.

Su amor a las palabras, los juegos del lenguaje y la fascinación por la literatura son sólo una estela que muestra hasta qué punto León tenía trazo de poeta. Lo vuelvo a leer en sus libros viejos, en sus libros nuevos, en sus viejos libros ahora también en ediciones nuevas y me asombra otra vez, como al comienzo, como siempre; por más familiares que me resulten algunos derroteros de su pensamiento, insiste el impacto frente a la originalidad de León Rozitchner, su profundo compromiso no sólo con el entorno, con el ser social sino con su irreductible dictado interior: esa palabra pujante, en una suerte de alumbramiento de la idea, que lo tornaba valiente y sensible, poético y político.

Tengo a mano, entre otros, Moral burguesa y Revolución, dedicado “A mis compañeros de Contorno”, en la edición de 1969, realizada por Tiempo Contemporáneo. A fines de 2012, por iniciativa de la Biblioteca Nacional, se volvió a ver, junto a otros textos, cuidadosamente editado por Cristian Sucksdorf y Diego Sztulwark, dentro de un merecido plan de difusión de sus Obras.

Una tarde, luego de la crisis de 2001, encontré en una librería de viejo de Belgrano aquella llamativa edición que había sido arrasada por la dictadura de J. C. Onganía. Su sola tapa era ya un estallido. Compré algún ejemplar (había muy pocos). Algunos días después lo llevé a León. Observó aquellos volúmenes sin emoción excesiva y como si no supiera muy bien qué hacer con ellos. A pesar del gran apego a su propia producción que los amigos supimos conocerle, como siempre miraba para adelante, su mente ya estaba en otra cosa, en la escritura por venir, en los pensamientos del presente que seguían trazando un puente con aquellos otros que varias décadas atrás había pergeñado.

Alguien que hubiese presenciado la escena habría podido conjeturar que se trataba de una humildad desmedida o un enfático ahorro; yo me desconcerté, él se mostraba indeciso, parecía un chico en esa librería atiborrada. Quizá León estaba siendo testigo de algo remoto o tal vez sopesaba que mejor sería regresar pronto a su casa para ver a las nenas. Lo cierto es que tomó entre sus manos aquellos libros de su propia autoría sin saber muy bien qué hacer. Le propuse: comprémoslos, pero él seguía reclamando una especie de autorización inefable, que debería provenir de algún lugar recóndito de su temporalidad o de su ánima. No era timidez ni economía. Si había cuatro, creo que nos llevamos dos. Me atrevería a afirmar que lo que nos sobrevoló en aquel momento y lo que a él lo habrá determinado en su moderada actitud fue pensar en el lector anónimo, futuro, en ese otro –cualquiera fuese su nombre– que al pasar por allí podría sentirse convocado por aquel libro. Adquirirlos para los propios era, sin duda, una opción, tratándose de volúmenes inhallables. Pero León vio más allá y confió más allá, en el transeúnte, en el lector, el desconocido (o no), el que vendría.

De ahí la gran felicidad presente, ahora que León no está, de que estos textos vuelvan, lentos pero certeros, para todos los que deseen asomarse a la aventura de sus pasiones incisivas, de su verbo elegante, de su curiosidad intelectual, filosófica, política, literaria, hecha cadencia, de su fuego sagrado y profano. Con León se nos fue (se le fue a la cultura argentina) un intelectual de primer orden y a algunos de nosotros un interlocutor de privilegio, que siempre conjugaba la lucidez y la amistad a tiempo, a tono, a reverberación, a alta conciencia, a cálida dulzura y, a pesar de todos los pesares, a pulso de esperanza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *