“Un enfoque erróneo del problema del mal está envenenando la imagen de Dios”

Andrés Torres Queiruga, profesor jubilado de teología y filosofía de la religión en la Universidad de Santiago de Compostela, es un autor prolífico y reconocido más allá de nuestras fronteras. Su línea de trabajo es repensar los temas capitales de la fe cristiana (la revelación, la creación, la cristología, la resurrección, el sentido de la existencia, el mal) en las precisas coordenadas de la cultura actual, para que resulten explicables y significativos a los hombres y mujeres de hoy.

La Comisión para la Doctrina de la Fe hizo pública hace algunas semanas una notificación en la que le acusan de siete errores referidos a la resurrección de Jesucristo, la revelación y la mediación salvífica de Cristo y la Iglesia. El teólogo ha manifestado que la notificación “no solo es una condena injusta, sino teológicamente infundada y desviada”, reta a que respondan a su obra con razones fundadas y dice que “le exponen a una calumnia pública en materia muy grave”.

Un trabajo científico bien hecho como el de Torres Queiruga y una opinión pública plural en el interior de la Iglesia, enriquecen a esta institución. El diálogo con las aportaciones críticas y positivas la ayudan a estar más cerca y a servir a una humanidad necesitada de que el Evangelio se le anuncie de manera comprensible como buena noticia. El teólogo, poco antes de ser censurado, dio una charla en el Foro Gogoa sobre “El mal, una realidad ineludible”, tras la cual se realizó esta entrevista.

¿Cuál es la interpelación del mal?

El problema del mal es algo muy serio, que puede presentarse o no de manera abstracta, pero toda persona, en algún momento de su vida, ha de afrontarlo: en una enfermedad, en un revés, en la muerte de alguien querido o en las situaciones de profunda crisis como la que vivimos. El mal es un desafío terrible que no se puede disminuir. Todos los problemas que tenemos, de alguna manera, son mal y por eso nos hacen daño. Si se puede, hay siempre que combatir y evitar el mal. El mal puede traernos algún bien. Pero sería mejor que el mal no existiese.

¿Y desde el punto de vista religioso?

Su abordaje puede ayudar a situarnos de una manera distinta ante Dios. Creo que uno de los gravísimos problemas que tenemos es que un mal enfoque del problema del mal está envenenando la imagen de Dios y haciendo que muchísimas personas pierdan la fe. Todo un gran teólogo, Karl Rhaner, llegó a afirmar que “Dios, llevado ante un tribunal humano por el problema del mal, no saldría absuelto”. Esa frase es un disparate teológico, pero refleja la gravedad del problema. Si lo enfocamos mal, podemos estar culpando a Dios y creando, acerca de Él, la imagen de un monstruo. Alguien ha escrito que el mal es la roca del ateísmo. Pero hay que liberar a Dios y a su imagen de esos fantasmas tremendos. Dios es solo amor y salvación, está haciendo todo el bien que está en su mano hacer, está siempre contra el mal, no lo consiente ni es cómplice de él y, si hay mal, es algo que Él no quiere en modo alguno.

¿Cómo se ha abordado históricamente el problema del mal?

Las religiones y la filosofía siempre reflexionaron sobre el mal. Ya lo hicieron, 2.400 años antes de Cristo, los epicúreos y los escépticos. Muchos de nuestros antepasados observaron que el mal no dejaba de existir y, sin embargo, siguieron creyendo en Dios. ¿Por qué? Creo que hay que hacerle justicia a la tradición. Ellos pensaron que, cuando observamos que una madre ve sufrir a su hijo enfermo y se vuelca a atenderle, comprendemos, sin embargo, que no puede acabar con su dolor y también comprendemos que si existe el mal en el mundo debe ser algo inevitable, porque si no, Dios, que es amor, padre y madre, lo habría evitado. Pero esa es una lógica que no funciona con la razón “lógica”, sino con la confianza. Ese argumento hoy no nos basta, porque la evidencia de Dios no es aceptada por todos. A partir del siglo XVIII, con la modernidad, entró en el escenario el ateísmo y el mal nos enfrenta al tema mismo de la existencia de Dios. El mal no es un problema religioso, es un problema humano. Creas o no creas tienes que enfrentarte a él.

¿Por qué hay mal en el mundo?

La primera respuesta es clara: porque el mundo produce mal: hay enfermedades porque hay virus, bacterias y otros agentes; hay hambre en África porque unas personas explotan a otras; incluso la gente que protesta por el mal produce mal. Pero daré un paso más: todo mal que hay en el mundo viene del mundo. Por más que, si se produce una gran sequía, algunos hagan rogativas o conjuros para que llueva, hoy atendemos a la meteorología. Este es un gran descubrimiento de la modernidad: que el mundo funciona por sí mismo. En el siglo XIV la peste negra se llevó a la mitad de la población de Europa y el continente se llenó de flagelantes y procesiones. Nosotros hemos vivido la gran epidemia del sida, pero la respuesta no han sido procesiones, sino investigación en laboratorios y a nadie se le ocurrió pensar que era un castigo de Dios o que lo había mandado el demonio. Se buscan remedios y se resuelven problemas, pero no todos.

Permanece la pregunta, ¿podría existir un mundo sin mal?

Esa es la gran pregunta. No hay posibilidad ninguna de pensar en un mundo en el que no exista el mal. Porque el mundo -y nosotros- somos finitos y limitados. Tenemos la cabeza llena de mitos. El paraíso no ha existido nunca, eso es imposible. Freud hablaba del “deseo infantil de omnipotencia”. Ahora está de moda negar la omnipotencia de Dios. “Ay de nosotros, si Dios no fuera omnipotente”, decía Karl Rhaner. Podemos creer que Dios es omnipotente, aunque la cuestión es cómo hay que interpretar eso. El principio de realidad nos indica que la finitud tiene sus costes. Todos dan por supuesto que nunca habrá una sociedad perfecta. Podremos mejorar algo la sociedad, pero nunca alcanzaremos la perfección, porque todo es finito. Si somos personas y existimos tenemos indefectiblemente que contar con el mal. El mal es común a todos, ateos, agnósticos y creyentes. Y hay distintas maneras de afrontarlo. Sartre hablaba de la náusea y el sinsentido, Schopenhauer decía que el mundo es puro mal y que hay que apagar el deseo de vivir y disolverse, Camus indicaba que, por dignidad, hay que luchar contra lo que parece absurdo. Y la religión sugiere que no es posible responder al problema si no es contando con Dios: confiemos en Dios, podemos contar con Él, acabará rescatándonos del mal.

Si el mundo es finito y limitado y el mal es inevitable en él, ¿por qué lo ha creado Dios?

Cabe responder con otra pregunta: quienes son padres y madres, ¿por qué han decidido traer hijos a este mundo? Porque creen que, a pesar de todo, vale la pena y porque con todo su amor van a estar a su lado acompañándoles y apoyándoles. Pues Dios también sabe que, a pesar del mal, el mundo vale la pena y está siempre a nuestro lado acompañándonos. El creyente confía en que, si Dios ha sido capaz de sacarnos de la nada, será también capaz para liberarnos de la nada. En el comienzo más genuino de la Biblia se lee que Dios dice: “He escuchado el dolor de mi pueblo”. Él aparece desde el comienzo preocupado por el mal y el sufrimiento de la humanidad. Los profetas y Jesús insisten en que la verdadera religión consiste en hacer justicia y atender a los necesitados. Dios aparece como preocupado y activo frente al dolor de los sufrientes y pobres y quiere obrar a través de nosotros. Así es como podemos vivir con dignidad luchando contra el mal. Dios no nos manda males y enfermedades, que a veces los producimos nosotros mismos. Dios no está en la enfermedad, está en el enfermo y en quienes cuidan del enfermo contra su mal. Dios está a nuestro lado para apoyarnos, hasta donde sea posible, en nuestra lucha para quitar o aminorar el mal. Dios no sabe, ni quiere, ni puede hacer otra cosa que amar.

¿Dios interviene en la historia? ¿De qué manera?

El mal y el bien no son cosas simétricas. Los buenos padres entrenan y animan a sus hijos a hacer el bien y evitar el mal. Dios no está nunca quieto, está continuamente influyendo en el mundo, manteniendo sus leyes y solicitando nuestra libertad para el bien. No es alguien pasivo ajeno a este mundo que, cuando alguien se lo pide, hace milagros. Dios no sustituye nuestra libertad: la funda, solicita y apoya.

La fe es un salto en el vacío. ¿No preguntó Jesús en la cruz por qué Dios lo había abandonado?

Los evangelios, cuando cuentan la pasión, tienen un fondo histórico pero, sobre todo, están haciendo teología. Marcos y Mateo ponen en boca de Jesús ese “¿por qué me has abandonado?”; Lucas, en cambio, escribe “en tus manos encomiendo mi vida” y Juan, “todo está cumplido”. Jesús fue educado en una experiencia religiosa judía que suponía que, a última hora, Dios acude siempre a salvar al justo. En mi libro Repensar la Resurrección propongo la hipótesis de que la cruz fue la última lección que aprendió Jesús: que Dios “no podía” librarlo de la cruz, pero que estaba apoyándolo con todo su amor para que pudiese afrontarla . Hay muchas veces en que el mal tiene tal fuerza que no lo comprendemos. Nosotros, gracias a Jesús, lo tenemos más claro: ahora sabemos que ningún mal significa abandono de Dios. Gracias a Jesús, pase lo que pase, sabemos que podemos poner en Dios nuestra esperanza.

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