UN DÍA PARA QUIENES ESPERAN…

EL SÁBADO DE LA VIDA RELIGIOSA
Es la noche del sábado. Una noche de resaca. «Creíamos que no iba a ser así» decían aquellos de Emaús… Tampoco nosotros creíamos que las cosas irían así. Es más, si de nosotros dependiese, tendríamos más ruido, más juventud y más luz… Pero, no depende de nosotros. El sábado nos empuja a entrar en otra concepción del tiempo y en otra medida del éxito. La vida religiosa y toda la Iglesia, está en el sábado santo en el que viendo, no vemos; no estamos muertos, pero un peso profundo no nos deja disfrutar todavía de la vida.
Estar a la espera o en clave de sábado santo, es un estado difícil… en tensión. Las apariencias nos evocan que no es momento de sueños, que «no hay que proponerse nada que supere nuestra capacidad». Quizá es mejor hacer un cálculo pormenorizado de las fuerzas que nos quedan para que «llegue el aceite». No importa la intensidad de la luz… hay que ahorrar, incluso, la pasión. El sábado, sin la conciencia de que es la antesala del domingo de resurrección, es sólo muerte y convoca a la muerte. Abierto al paso, expectante ante el amanecer que trae noticias, se convierte en un tiempo fecundo. Lleno de sombra, es verdad, pero fecundo porque rehace nuestras fuerzas, nos convoca en lo esencial y nos afirma en lo que queremos ser; hombres y mujeres de fe.

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