Un claroscuro entre dos tiempos

Hay una escena de Lolita , de V. Nabokov, que condensa dos siglos de novelas: es cuando Humbert se lanza a su road movie incestuosa, una vez que su esposa ha muerto. Es un momento de esplendor y ciega felicidad irresponsable, con el furor de un presente deseado que se cree perpetuo. Humbert y Lol se encaminan al desastre, al castigo de Edipo, lo sabemos nosotros y él: se trata, entonces, de una falsa comedia.

Antigua luz no alude solo a una cualidad luminosa sino a un viejo principio del derecho, la “servidumbre de luces” (“¡Ah, cómo me gustan las palabras antiguas, cómo me consuelan!”). Más allá de cierto paralelo temático con Nabokov, el affair que narra la bella novela de John Banville comparte ese contrapunto entre la comedia provisoria y lo trágico al correr de los años.

Antigua luz narra dos tiempos, tocados por un suave tornasol incestuoso. La primera historia ocurrió en el pasado distante –el actor de teatro clásico Alexander Cleave rememora su iniciación sexual con la señora Gray, madre de su mejor amigo. La segunda cuenta el presente –después de una debacle escénica, Cleave prepara su rehabilitación en una película que, por su tema, hace recrudecer el duelo por la muerte de su única hija: hace diez años ya que Cass murió, al arrojarse supuestamente desde un campanario en la costa de Liguria. A Cleave lo conocimos en la extraordinaria Eclipse, cuando regresa al solar de su infancia tras su severo papelón teatral, cuando enmudeció en un parlamento. Y luego conocimos a la perturbada Cass en Imposturas, según el autor, la más oscura de sus novelas. El ciclo de tres se lee en forma autónoma.

Una cabaña abandonada en el bosque o el asiento trasero de un auto en una ruta vecinal contienen las escenas del esplendor vital –un regalo que no fue recibido con gratitud (“¡Tan joven, Alex, tan joven y tan bruto!”) y que, revisado en la madurez, se convierte en el traductor de signos y del sentido de la experiencia. El modo en que la señora Gray arriesga su matrimonio, su cortejo de todos los límites del honor para una madre de familia que reside en un pueblo, su imprudente política de vivir a los 35 años como una jovencita fueron vividos con la naturalidad de la simetría amorosa por Cleave. En la adolescencia aún se ignora que la vida es un “naufragio gradual”; sólo mucho después estos hechos, convertidos en enigmas, podrán ser elucidados.

“¿No es curioso lo permanente que parece la gente? Como si siempre fueran a estar ahí, los mismos, caminando de un lado a otro”, se pregunta la osada Celia Gray tras el paseo con su joven amante por un espigón muy concurrido. Las escenas amorosas, llenas de deliciosos detalles materiales (goteras, el crujir de un tapizado) le dan su aparente ligereza pero justifican otros tantas párrafos de mal de amores –¡ah, el joven Romeo convertido en espía de cines y balnearios …!

Narrar esos nudos de intensidad, esa vibración entre pasado y presente, es la marca Banville. En la mayoría de sus novelas el novelista irlandés ha indagado en las derivaciones del pasado, en su continuidad sutil y transfigurada, y en los mecanismos de la memoria, indisociables del acto de narrar. Lo ha hecho a partir de tramas delictivas, como en El Intocable y El libro de las pruebas, en las que el género sostiene el reconocimiento de indicios, Otras veces esas continuidades se revelan en argumentos más inestables, encarnados por impostores, como en Athena, o incluso en personajes conjeturales o apenas esbozados, como en Fantasmas. Un momento clave de Antigua luz muestra a Lydia, esposa de Cleave, negándose a admitir la muerte ‘total’ de Cass, mientras explora sus rastros intangibles en la casa (y entre todos los sentidos, las sensaciones que brinda el olfato, el más arcaico de ellos; maestro del registro “subsensorial”, nadie “sabe” describir las percepciones mejor que Banville).

Es claro que Madam Memoria esparce y conjuga los fragmentos de la experiencia a su antojo, observa Cleave; no hay recuerdo sin fabricación, sin relato amañado. Un par de páginas le bastarán para conjugar las dos líneas narrativas, todos los haces dispersos de este claroscuro que sólo ahora es visible. En Banville lo sorprendente suele ser sencillo; incluso hay cierta conformidad racional ante una dimensión fantástica que no llega a ser gótica. En el desenlace, el lector asiste a la emocionada epifanía, cuando será develado el trasfondo que llevaba a la señora Gray a una temporada de juegos con su cachorro y a su desapego.

Entre los personajes incidentales, un inesperado camafeo. El ominoso Fedrigo Sorrán, ante una copa de vino argentino con sabor a “ajenjo, bilis amarga, sabor a tinta y dulzona podredumbre” y quien evoca en Cleave “la remota pampa, los rebaños errantes, un hidalgo a caballo”, no es otro que el escritor Rodrigo Fresán, amigo del irlandés.

Una noticia reciente: hace poco el autor firmó un acuerdo para resucitar a Philip Marlowe, el detective clásico de Raymond Chandler; una breve gacetilla informó que en ésta recreará también a Bernie Ohls, colaborador de Marlowe en El sueño eterno y El largo adiós. Banville lleva ya varias novelas detectivescas bajo el heterónimo de Benjamin Black; están ambientadas en el Dublín premoderno de los 50 y su protagonista es el detective Quirke (recordemos a Quilty, el cínico rival de Humbert en Lolita ). La noticia fue tomada a risa en Twitter. Sin embargo, la idea de una novela nueva y a la vez remake no deja de ser una genial ironía: sobre la pervivencia de la tradición en el presente, bajo forma de luces y sombras, y también sobre la búsqueda ritual de la melancolía aún en la mejor literatura actual.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *