Un banquete para lectores gourmets

En cuanto a libros fui, desde chica, tanto gourmet , como gourmand . Catadora de cierto tipo de productos, con determinadas exigencias de presentación y paladar (lo que se llama gourmet ), y también glotona ( gourmand ) irreprimible, capaz de llevarme la guía de teléfonos a una isla desierta si no hubiese a mano algún otro texto impreso para satisfacer mi adicción.

Si bien se ha hablado, hasta el hartazgo, de la supuesta desaparición del libro por obra de los medios audiovisuales y la Web, creo, por el contrario, que nunca ha estado más vivo y presente, aunque sus formatos ya no se limiten a la imprenta de Gutenberg.

Desde grandes ediciones para atril (como el bellísimo Libro Rojo de Carl G. Jung) hasta la miniatura, desde costosos y casi únicos libros de artista a las populares ediciones de bolsillo, desde el e-book al audiolibro para las personas con dificultades visuales o las que simplemente quieren disfrutar de la lectura hasta cuando manejan, desde la edición a pedido hasta las colecciones ofrecidas en kioscos o góndolas de supermercado, el libro continúa en expansión múltiple.

Algunas variantes editoriales añaden un plus de conocimiento sobre los textos, puesto a disposición de los lectores. A todos nos son familiares las llamadas “ediciones didácticas”, que cualquier estudiante de secundario ha tenido alguna vez en la mano. Probablemente la más famosa en ese rubro, mientras cursé la enseñanza media, era la GOLU (Grandes Obras de la Literatura Universal), de Kapelusz, donde convivían el Quijote con Mi planta de naranja lima , o clásicos vernáculos, desde Amalia , a La gran aldea . Las ediciones llevaban un prólogo, dedicado a informar sobre aspectos de la vida y obra del autor/a en cuestión, y al análisis del libro editado. Se añadían una bibliografía, una cronología y algunos extractos que daban idea de la recepción obtenida por el texto. También se incluían notas al pie, generalmente sobre aspectos léxicos, históricos y culturales.

Con el tiempo pasé a ser editora yo misma y aporté a GOLU dos obras: una Antología de cuentos de Enrique Anderson Imbert y una selección de Autos Sacramentales de Calderón de la Barca.

Pero la gran aventura llegaría con las ediciones críticas y crítico-genéticas, tarea que comencé en 1998, invitada por Amos Segala, entonces director de la Colección Archivos, para coordinar la edición de Sobre héroes y tumbas . Conformé, para esa tarea, un memorable equipo internacional cuyo eje fue la filóloga argentina Norma Carricaburo. Archivos era, y es, un programa consagrado a clásicos latinoamericanos que Segala, su creador, legó al CRLA (Centre de Recherches Latino-Américaines) de la Universidad de Poitiers.

Las obras argentinas son coeditadas hoy por la editorial cordobesa Alción (acaba de aparecer, justamente, Tres golpes de timbal , de Daniel Moyano, a cargo de Marcelo Casarin).

Una “edición crítica” busca establecer y publicar el mejor texto escrito posible de una obra determinada: librarlo de errores producidos en la (re)transmisión y reimpresión, mediante el cotejo comparativo y el análisis de variantes. Pero la “edición crítico-genética” propiciada por la escuela de Archivos, va aún más allá: se interesa en el texto ante todo como proceso en cada una de sus instancias: desde los primeros esbozos, borradores, “pre-textos”, diagramas y planes, hasta los distintos estadios de publicación, donde se producen variantes tanto involuntarias como voluntarias.

Aunque Borges afirmaba, inspirándose en Alfonso Reyes, que se publica para dejar de corregir, estuvo lejos de cumplir él mismo con esta reflexión tranquilizadora. Así, corrigió obsesivamente toda su vida textos ya impresos, como Fervor de Buenos Aires (1923), uno de los más afectados por su pluma retrospectiva. Un concepto axial y fascinante de la crítica genética es, justamente, que todas las versiones son borradores de una obra siempre inconclusa. Y también que el texto quizá juzgado por el autor/a en algún momento como definitivo, no por eso es necesariamente “el óptimo” en un plano estético.

Las ediciones críticas y crítico-genéticas no sólo se dedican a los autores/as considerados clásicos o canónicos. Muchas veces su objetivo radica en el rescate, en el redescubrimiento de escrituras olvidadas o perdidas. También terminé haciendo las dos cosas, a la cabeza de equipos de investigación donde participaron, entre otras, Marina Guidotti, Victoria Cohen Imach y María Laura Pérez Gras. La obra olvidada es la novela Lucía Miranda (1860) de la escritora pionera Eduarda Mansilla, desconocida para casi todos los escolares, aunque fue la primera autora de cuentos para niños en nuestro país. La novela reelabora originalmente un episodio de la crónica rioplatense La Argentina manuscrita (1612). Desde el protagonismo de Lucía, cuya función de intérprete y educadora predomina sobre la épica, pone en un lugar central a las mujeres y los aborígenes en tanto co-fundadores de una nación que, pese a los conflictos y obstáculos, es concebida en esta obra como una comunidad mestiza.

El texto perdido es el Diario de viaje a Oriente (1850-51), de Lucio V. Mansilla, hermano de esta autora. Fue descubierto por Luis Bollaert, tataranieto de Lucio, en el desván de la casa familiar. Nunca publicados antes, los dos cuadernos manuscritos delDiario son el primer testimonio del viaje de un escritor argentino a la India, y también el documento inicial y embrionario de toda la obra mansillana.

Si Lucio V. no hubiera sido mirado él mismo como un “otro” salvaje y periférico por ingleses y franceses, es posible que nunca hubiera sido capaz de ponerse “del otro lado” en Una excursión a los indios ranqueles (1870). Con el Diario , y con los Cuentos (1880) de Eduarda Mansilla editados en 2011 por Hebe Molina, iniciamos en Corregidor, junto a Jorge Bracamonte, la colección de Ediciones Académicas de Literatura Argentina, siglos XIX y XX, primera de este género que se funda en el país dedicada exclusivamente a la literatura nacional.

Sofisticadas y complejas, las ediciones críticas son un plato para gourmets librescos, pero no están prohibidas para el llamado “lector común”, que puede aprender a disfrutarlas, y apreciar el mapa histórico, geográfico, lingüístico y cultural que trazan sus profusas notas, o el espesor textual provisto por sus laboriosos cotejos. Y quizá también experimentar el gozo de cada palabra y la pasión detectivesca que palpitan en estas búsquedas eruditas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *