Un asesinato de película

La metáfora que plantea Diego Paszkowski en su novela Tesis sobre un homicidio , reeditada por Sudamericana a propósito del estreno de la película homónima, se parece bastante a algunos casos de la realidad. O al menos a lo que a veces ocurre en ciertos ámbitos de la Justicia. La tesis sería más o menos así: la Justicia no es perfecta pero es lo mejor que tenemos. Y una vez que sabemos quién es el culpable, o en este caso quién es el asesino, los mecanismos procesales son un lujo que no siempre se puede poner en práctica. Algo que resultaría preocupante para cualquier mentalidad garantista.

La obra de Paszkowski, ganadora del Premio La Nación de Novela en 1998, plantea un duelo a dos voces entre un prestigioso criminalista, ex juez y profesor universitario, Roberto Bermúdez, y un joven de 23 años, Paul Besançon, hijo de un diplomático francés que vivió varios años en Buenos Aires.

Este flamante abogado, tras recibirse con medalla de oro en la universidad de París, viene a hacer un seminario de especialización en Derecho Penal en la Universidad de Buenos Aires, dictado por Bermúdez, una decisión que no parece que vaya a sumar muchos puntos a su brillante currículum.

Los dos personajes alternan sus puntos de vista en los 16 capítulos de la novela: Besançon se queda con los capítulos impares y Bermúdez con los pares. Allí intercalan sus dos miradas opuestas sobre la Justicia: uno trata de demostrar que no existe y el otro que, aunque no es perfecta, termina imponiendo su castigo. “Y qué pasa si él tiene razón –se pregunta Bermúdez en el último capítulo– si se liberan de pronto todas las fantasías, todos los deseos, no habría reglas para nada ni para nadie, no habría Justicia que valiera ni policía que la hiciese cumplir.” Por exigencias del guión, en cambio, en la película la narración recae sólo sobre el personaje de Bermúdez, lo que deja afuera los largos monólogos del joven, donde se van dibujando sus obsesiones.

Además de una extraña pero hasta entonces inofensiva adicción hacia la actriz Juliette Lewis, la adolescente de Cabo de miedo , el joven no parece haber sacado nunca los pies del plato de la ley. Pero en su viaje de estudio, con el que vuelve a Buenos Aires, la ciudad donde ya había vivido, decide cometer un asesinato para demostrarle a Bermúdez su tesis sobre la imposibilidad de la Justicia.

Las cosas están planteadas así desde el comienzo, y cuando el cadáver de la joven Valeria Di Natale aparece detrás de la Facultad de Derecho, justo debajo de la ventana donde el ex juez da clases, el lector ya sabe quién es el asesino. También Bermúdez, quien solamente necesita hallar las pruebas para que el joven pague por su crimen. Lo que no encuentra lo fabrica, en su pulseada con Besançon y con su propia vida dedicada al mundo de las leyes.

En el prólogo de la novela, el escritor y periodista español Justo Navarro señala: “A la verdad se llega a partir de ciertos indicios, y, como decía Watson, la investigación debería ser una ciencia exacta, pero en este crimen no hay indicios que permitan aplicar la lógica detectivesca. Queda una posibilidad para solucionar el caso, propia de la novela negra a la americana, tal como la interpretó Gilles Deleuze: la verdad es lo de menos, y sólo cabe esperar los errores del sospechoso, el momento en que el culpable reincide”. Y agrega que la novela Tesis sobre un homicidio “acaba planteando implícitamente una reflexión metafísico–política, muy preocupante en este caso”.

Quizás esa preocupación que deja la novela sea lo más interesante del relato.

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