TRASTORNOS DEL HUMOR

Depresión, manía, bipolaridad
Trastornos del humor
Nuestro humor (o estado de ánimo) no siempre es el mismo. A veces estamos activos; otras no. Es normal que los estímulos de adentro o de afuera nos cambien la manera de estar en el mundo. El problema es cuando nuestra respuesta es excesiva, cuando dura mucho más de lo que debiera o cuando ni siquiera hay motivos para que exista. Los niños no quedan fuera de esta problemática.

Introducción
“Humor” es una palabra multisémica, es decir una a la que le atribuimos diferentes significados. Desde las viejas teorías de los antiguos médicos que hablaban de los “humores” que constituían el cuerpo (aún se utiliza el término en biología), pasando por la disposición jovial y chistosa de alguna persona (humorismo), esta palabra de procedencia latina también reconoce la acepción de “estado afectivo que se mantiene por algún tiempo”, definición que el Diccionario de la Real Academia atribuye al campo de la Psicología.
Estar de buen o mal humor significa hallarse o no en condiciones de interrelacionarse positivamente con el entorno que nos rodea. No hace falta extendernos en este concepto, puesto que todos sabemos a qué nos referimos y utilizamos usualmente estas frases.
Entonces, el humor podría definirse, para lo que nos interesa, como el estado de ánimo que nos acompaña, el que nos distingue a grandes rasgos.
No siempre ni en todas las ocasiones es igual, inmutable, fijo. Nuestro ánimo cambia a lo largo de la vida (y hasta durante un mismo día) según las circunstancias. Algunas nos bajonean, otras nos exaltan, pero siempre dentro de ciertos límites que se consideran normales.
Hay personas cuyo humor varía desproporcionadamente en relación con los estímulos recibidos o que, incluso, no necesitan de ellos para manifestar cambios súbitos, sostenidos en el tiempo o que hasta pasan de un extremo a otro repentinamente como respuesta exagerada ante el más mínimo acicate del medio social.
A ellos nos referimos cuando hablamos de Trastornos del Humor, también llamados Trastornos Afectivos.

¿Qué son?
Está instalada toda una discusión acerca de si ellos son propiamente un problema o grupo de problemas o si, en realidad, cada uno es un síntoma de otra patología, aunque cada vez gana más terreno la primera hipótesis, impulsada desde algunos sectores de la Psiquiatría proclives a la medicalización de las alteraciones del psiquismo convencionalmente determinado como normal.
Siguiendo esta visión, básicamente existen dos grandes formas en que se manifiestan estos trastornos: las conductas maníacas y las depresivas, que se presentan como los dos extremos en los que caen quienes los sufren. Cuando prevalece solamente una de ellas, es un trastorno unipolar; cuando se alterna entre una y otra forma, se denomina bipolar (o maníaco-depresiva).
También en este campo existen las divergencias sobre si se trata de fenómenos derivados de la química cerebral, si son sólo psíquicos o el producto de una combinación de ambos.
Hay que destacar que los expertos señalan que entre el 25 y el 30% de las personas sufren algún pico emocional particularmente intenso a lo largo de su vida, pero que “sólo” el 10% (lo que no es un número menor) es lo suficientemente importante como para requerir algún tipo de asistencia.
Las conductas maníacas se evidencian por una excesiva jovialidad, por una actividad física febril y por sentimientos de euforia extremos, que no guardan proporción con los acontecimientos que los producen. Pese a que la hiperactividad es la que predomina, lo más frecuente es que, aunque sea limitadamente en el tiempo, también se presenten períodos de depresión, en ocasiones leves. Los maníacos de tiempo completo se dan muy raramente. Suelen ir acompañadas de una disminución del peso corporal como consecuencia de la hiperactividad.
No siempre aparecen bajo el aspecto eufórico. También pueden expresarse mediante la irritabilidad, la impaciencia, por conductas intrusivas y hasta agresivas, incluyendo actitudes groseras, de menosprecio o intervenciones desatinadas en momentos impropios.
Otra característica es que puede ostentar comportamientos megalómanos (cre-erse el mejor, inventar historias, etc.). En casos extremos, pueden llegar a evidenciar síntomas psicóticos, como oír voces, tener alucinaciones o visiones y hasta conductas paranoicas.
En niños y adolescentes pueden pasar desapercibidas, puesto que tienden a ser normalmente más activos que los adultos y en muchas ocasiones llevan a confundirlos con problemas de aprendizaje o ADD, porque quienes están tomados no pueden mantener la atención durante lapsos prolongados y tienen conductas disruptivas. La frontera entre unos y otros es realmente incierta, porque los síntomas son extremadamente similares.
Algunos medicamentos pueden inducir este tipo de conductas, entre otras: anfetaminas, antidepresivos, corticoesteorides, levodopas y algunos alcaloides, con lo que la reducción de la dosis o la supresión o el cambio de medicación pueden reducir o suprimir los efectos.
Para establecer el diagnóstico, es necesario descartar la presencia de alguna enfermedad o trastorno que pueda estar produciéndola. En ese sentido, hay que prestar atención a hipertiroidismo, tumores o lesiones cerebrales, esclerosis múltiple, encefalitis, lupus eritematoso sistémico, corea de Huntington o de Sydenham, entre otros.
Existe una forma atenuada, la hipomanía, en la cual los síntomas no son tan impactantes y que, generalmente, no impide o perturba la actividad normal del sujeto. En muchas oportunidades es la antesala de la manía, pero asimismo puede persistir sin agravarse.
En lo que hace al tratamiento, éste depende de la óptica desde que se observe el problema. Los médicos, en general, prescriben litio, que tarda entre 4 y 10 días para producir efectos plenos. Usualmente, junto con él se suministra haloperidol, que ayuda a controlar la excitación motriz y de pensamiento. El problema es que este neuroléptico tiene efectos secundarios importantes (contracturas y movimientos involuntarios similares al Parkinson); en casos extremos, puede producir problemas cardíacos, hipertensión arterial, hipertermia y otros que pueden poner en riesgo la vida del paciente. Por ello se da en dosis reducidas, acompañado de loracepam o clonazapam, que reducen dichas secuelas y potencian los efectos antimaníacos del haloperidol.
Las conductas depresivas en los trastornos del humor son las antípodas de las maníacas. Conllevan un estado de tristeza profunda, que suele ser provocado por algún hecho importante, como la pérdida de un ser querido u otras circunstancias que impliquen una situación dolorosa de magnitud. Ante ellos, es lógico y normal que una persona se desanime. Lo que determina que se trate de una forma de estos trastornos es que la respuesta sea desmedida y que se prolongue en el tiempo. En otras ocasiones, ni siquiera el estímulo tiene entidad y tampoco es raro que no pueda hallarse una causa concreta.
La persona va entrando en un estado de tristeza, lentitud e irritabilidad. También puede mostrarse ansiosa. Cuando se muestra excesivamente retraída, come poco y su sueño es breve, se trata de una depresión vegetativa. En caso de que se halle inquieta, hable mucho, retuerza las manos constantemente, se conoce como depresión agitada. Tienen una posición pesimista ante todo y les cuesta expresar sus sentimientos. En los niños no es tan común, aunque sí muy evidente.
Puede llegar a extremos graves, en los que las alucinaciones visuales y auditivas se hacen presentes, sentimientos de culpa infundados y hasta ideas suicidas.
En alrededor del 20% de los casos, los síntomas son leves, pero suelen prolongarse por mucho tiempo.
Es el segundo trastorno psiquiátrico, detrás de la ansiedad, en cuanto a frecuencia. Su habitualidad es mayor que la de la manía. Comienza usualmente entre los 15 y los 50 años, aunque puede manifestarse antes. Sus episodios duran entre 6 y 9 meses, aunque entre el 15 y el 20% de quienes padecen depresión registra 2 o más años de extensión.
Es más común en mujeres que en varones. No puede establecerse su causa, aunque se cree que algunos factores, como los cambios hormonales (sobre todo en el género femenino) o cierta predisposición familiar, una personalidad retraída y factores estresantes aumentan el riesgo.
Nuevamente los efectos secundarios de algunos fármacos pueden estimular su desencadenamiento, entre ellos: anfetaminas, fármacos antipsicóticos, cimetidina, anticonceptivos orales, talio, reserpina y betabloqueadores (suelen utilizarse ante problemas cardíacos).
También algunas infecciones (tuberculosis, mononucleosis, heptitis y neumonías virales, etc.), así como otras enfermedades (híper e hipotiroidismo, artritis reumatiodea, tumores cerebrales, lesiones craneanas, epilepsia del lóbulo temporal, anemia perniciosa, distintos tipos de cáncer, apnea del sueño, etc.) las desencadenan, por lo que es necesario descartar dichas fuentes para arribar a un diagnóstico adecuado.
Existen un par de tests no muy confiables para detectar la depresión. En realidad, la forma clínica es la más correcta, anamnesis incluida, porque suele haber antecedentes familiares.
También en esta forma hay quienes se inclinan por las terapias psicológicas o psicoanalíticas y quienes sustentan la medicación. Esta última consiste en lo que se conoce como antidepresivos. Sus partidarios afirman que el 65% de estos tratamientos resultan exitosos con el medicamento adecuado para el paciente. Los hay de distintos tipos y todos ellos son de efecto lento, por lo que tardan varias semanas en producir resultados visibles.
Los efectos secundarios son: sedación, aumento del ritmo cardíaco, baja presión arterial ante cambios de posición bruscos, dificultades para orinar, náuseas, diarrea, cefaleas y pueden ser contraproducentes ante otros fármacos, como algunos antigripales, entre muchos otros. Además, los hay que pueden provocar adicción.
Los trastornos bipolares (también llamados enfermedad maníaco-depresiva) son aquellos en los cuales una persona alterna entre profundos estados maníacos y depresivos, cada uno de los cuales puede durar meses. Algunos especialistas estiman que el 2% de la población los padece en algún grado.
Así como la manía y la depresión se manifiestan predominantemente en la adolescencia y en la edad adulta, en éstos su aparición hace eclosión entre los 10 y los 40 años, por lo que es la forma más usual en niños.
En los casos más graves (trastorno bipolar de tipo I), se conjugan una fuerte depresión con un estado maníaco intenso. Hay otros (tipo II) en que la depresión se produce en períodos cortos y luego la sigue otro de hipomanía. Es frecuente que no empiece uno detrás del otro, sino que se alcance cierto grado de normalidad intermedia, para luego pasar al contrario.
Cuando ambos extremos son todavía más suaves, suele llamarse ciclotimia, la que generalmente puede producir resultados contradictorios, tales como alcanzar el éxito en algunos campos y el fracaso en otros. Por otro lado, puede evolucionar hacia formas más graves.
Un 15% de los bipolares pueden tener cuatro o más episodios al año, breves e intensos. Ellos son los más difíciles de tratar.
Las fases deben ser controladas muy cuidadosamente, de acuerdo a cómo se vayan presentando. La medicación, a su vez, debe tener en cuenta que al suministrarle un antidepresivo a un bipolar en estado maníaco, puede llevarlo a la depresión y que en el estadio depresivo, los medicamentos estimulantes pueden conducirlo hacia la manía.
En los últimos años han aparecido fármacos para controlar las dos facetas del trastorno bipolar, como carbamacepina y divalproato, que no llevan al paciente de uno a otro polo. De todas maneras, la supervisión médica debe ser estricta, porque los efectos secundarios incluyen serias disminuciones de los glóbulos rojos y pueden dañar seriamente el hígado (sobre todo en niños). El litio también suele utilizarse, aunque algunos pacientes acusan cierta disminución del control y el interés sobre lo que los rodea.

Los efectos sobre los niños
Los efectos sobre los niños no difieren de los que se presentan en cualquier otra edad. Dijimos que la depresión es la menos frecuente de las tres formas entre los pequeños, pero, en realidad, cualquiera de las tres trae como consecuencia serias dificultades para mantener la atención, para relacionarse y comunicarse, para lograr un rendimiento escolar adecuado.
Tanto si el niño presenta conductas depresivas o maníacas o alterna entre unas y otras, ello lo afectará en todos los planos y, aunque no sea una forma grave, lo mejor es prestarle la debida atención en cuanto se produzcan los primeros episodios, para evitar el agravamiento y los problemas de interacción con su entorno.
Tampoco se trata de estigmatizarlos ante el primer berrinche o alguna retracción. Siempre hay que estar atentos a la proporción de los sucesos y a la reacción subsiguiente. Para ello, debemos tener en cuenta que lo que para un adulto es una nimiedad, para un niño puede magnificarse hasta extremos intolerables.

Conclusiones
Para muchos psicólogos y psicoanalistas, la clasificación de “Trastornos del Humor” es antojadiza y un intento más de crear un campo de especialidad. Algo de razón parecen tener cuando reparamos en que, en realidad, en esta agrupación no hay nada nuevo, ni distinto de lo que se venía hablando desde hace mucho tiempo: depresión, manía, bipolaridad.
Detrás de este intento aparece la tarea de los laboratorios, tan interesados en vender sus productos que muchas veces estimulan a aquellos que están habilitados para recetar a que lo hagan ante la duda.
Cualquier prospecto, hasta el del medicamento más insignificante, tiene una larga lista de contraindicaciones y de efectos secundarios (usualmente en letra pequeña). No es nuestra intención oponernos a la utilización de fármacos. Son parte de la prolongación de las expectativas de vida y del mejoramiento de su calidad, más allá de que hay muchas personas en el mundo que no pueden acceder a ellos.
Lo que solicitamos es que seamos responsables en todo el sentido de la palabra y discriminemos cuándo es necesario y cuándo no. La mayor parte de las fuentes consultadas están financiadas por quienes fabrican remedios. Ellos prometen soluciones rápidas. El ritmo de nuestras existencias tampoco tolera la espera. La conjunción logra lo que la OMS denuncia desde hace tiempo: la sobremedicación.
El padecimiento existe más allá de la categorización, con o sin pastillas. Lo que siempre tenemos que ver es que ese paciente (y más si se trata de un niño) tiene derecho a que se haga lo mejor para él, no para otro.

Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar

Algunas fuentes:
– http://www.msd.es/publicaciones/mmerck_hogar/seccion_07/seccion_07_084.html
– http://www.sepsiquiatria.org/se psiquiatria/f30-39.htm
– http://www.herreros.com.ar/melanco/cie10.htm

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