Transformar nuestro trabajo en vocación

No soy aficionado al futbol pero este Barça está despertando hasta en personas poco aficionadas al fútbol como yo un sentimiento de admiración y respeto. Todo el mundo conviene en señalar a Pep Guardiola como el artífice que ha sabido cristalizar un alma colectiva en todo su equipo con mayúsculas, y con esto quiero decir no sólo a los jugadores sino a todas las personas que trabajan para el club. La calidad de la gestión de Pep y sus asombrosos resultados están siendo estudiados hasta en las escuelas de negocios como un modelo a seguir.

El éxito es como el bien: tiene la propiedad de no dejarse aferrar jamás mientras se vive. El éxito es tan codiciado como huidizo porque depende de la relación que vaya teniendo cada uno con él a lo largo de su vida. Pero una cosa es cierta, cuando nos encontramos con el éxito de cara sabemos reconocer rápidamente si éste es efímero o es fruto de la determinación y de la alineación -valga el paralelismo futbolístico- de todos los componentes del equipo que lo hicieron posible. Somos muchos los ciudadanos que hemos tenido que soportar en silencio una invasión exagerada en los medios de comunicación, en las aceras de las calles circundantes en los días de partido o los actos vandálicos en los comercios y en el mobiliario urbano de las ciudades en los días de celebración. Todo se soporta ante la evidencia, la admiración y, en ocasiones, la emoción que despierta ver a gente que comparte una vocación.

Vocaciones es lo que necesita nuestra sociedad y nuestra economía para recuperar la capacidad de crear, de innovar, de crecer, de cooperar y de transformar la ilusión por un éxito basado en estrategias cortoplacistas, en el enriquecimiento rápido y en el beneficio por el beneficio. Hemos asistido durante años al desvío de las inversiones industriales hacia inversiones financieras desprovistas de una vocación análoga a la que ha permitido llegar al Barça adonde lo ha hecho y, en paralelo, hemos comprobado cómo se iba destruyendo el tejido productivo.

No en vano, España ha ido repitiendo, año tras año, su puesto colista en el ranking europeo de tasa de transferencia tecnológica. Y es que una distancia notable ha separado y separa todavía a muchos sectores industriales y a sus proyectos de I+D+i del capital.

Un exceso de concentración del capital en sectores con supuestos altos niveles de retorno de la inversión como el financiero, el farmacéutico, el inmobiliario, y las TIC, principalmente; una ausencia de interés por parte de la banca en invertir en sectores productivos; un bajo perfil de las asociaciones sectoriales a consecuencia, probablemente, de una cultura de cooperación inexistente; unas capacidades deficientes para comunicar bien y vender adecuadamente los proyectos de I+D+i; y, quizás por todo ello, un nivel profesional bajo de las consultoras e instituciones dedicadas a la transferencia tecnológica y a la financiación de este tipo de proyectos, sean algunas de las razones que expliquen este bajísimo nivel de especialización del capital que da como resultado una penosa capacidad de reacción, de creación de oportunidades y de adaptación de nuestra economía a los cambios de ciclo.

Es urgente compartir el conocimiento para innovar de forma colaborativa, racionalizar los costes de desarrollo con la cooperación, aprender a enfocar y a optimizar energías, a comunicarse eficazmente con el capital y a seducirlo, sorprenderlo, y, finalmente, enamorarlo. Solos no lo conseguiremos. Haciendo equipo, como el Barça, puede que sí. Estamos en los primeros milímetros de un apasionante viaje cooperativo que ni empieza ni acaba en nosotros. Debemos iniciar cuanto antes un proceso de transformación que debe partir de nuestro interior más íntimo y que debe teñir todo cuanto hagamos. Como dice Manuel Almendro, “el ser humano no es ninguna máquina programada ni la vida un proceso de consumo, sino un proceso de conciencia”.

Debemos orientarnos hacia la transformación integral. Transformar nuestra relación con la comunidad y con el planeta, transformar nuestra manera de compartir, de innovar, transformar la información en conocimiento, transformar nuestro trabajo en vocación y entonces, sólo entonces, tendremos la capacidad de encontrar y seleccionar aquel capital más afín a nuestros valores, despertar su interés por nuestra vocación y facilitarle el proceso de especialización tan necesario para que nuestra economía pueda aprovechar al máximo las oportunidades que se le presenten.

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