Tortugas al rescate

GARY OMBLER, DORLING KINDERSLEY

Los europeos acabaron con multitud de animales a su paso por las islas Mauricio. En particular, provocaron la extinción del famoso dodo, en torno al año 1700. Quizá no son tan conocidos los efectos de su presencia en Ile aux Aigrettes, una isla mauriciana donde exterminaron a tortugas y escincos gigantes, y talaron los árboles autóctonos de ébano para conseguir leña.
En 1965, las 25 hectáreas de la isla, prácticamente deforestadas, fueron declaradas reserva natural. Sin embargo, a pesar de que se detuvo la tala de árboles, no mejoró la situación de los bosques de ébano, un tipo de árbol de lento crecimiento. ¿Por qué? Porque habían desaparecido los animales que se comían sus frutos y dispersaban sus semillas. Así pues, en el año 2000, un grupo de científicos trasladó a la isla cuatro tortugas gigantes del cercano atolón Aldabra, en las islas Seychelles. En 2009, se había introducido ya un total de 19 tortugas, que se paseaban por la isla, comiendo los grandes frutos y dejando tras de sí más de 500 áreas densamente cubiertas por los nuevos retoños. El equipo informó de los resultados obtenidos en el número de abril de Current Biology.
Al menos en el caso de esa pequeña isla, la repoblación natural parece haber funcionado. Y eso aviva la esperanza de que también funcionen otros proyectos de restauración ecológica en plena sexta extinción masiva de la historia de la Tierra. En Europa, grupos conservacionistas han recibido 3,1 millones de euros para comenzar a reintroducir bisontes, bovinos y caballos en zonas agrícolas «abandonadas», en lugares como la zona occidental de España o los Cárpatos. Los ecologistas han propuesto repoblar áreas de los EE.UU. con elefantes, sustituyendo así a los extintos mastodontes. En Holanda ya se ha construido un «parque del Pleistoceno» en Oostvaardersplassen, con caballos de Konik y bovinos de Heck que ocuparán el lugar de los bovinos y caballos salvajes, ya desaparecidos.
Por supuesto, los humanos no tienen muy buen historial en lo referente a interferir en los sistemas ecológicos naturales. La introducción del sapo de caña en Australia para acabar con otras plagas provocó un desastre en todo el continente. «No hay garantías cuando intentamos manipular la naturaleza», señala el ecólogo Mark A. Davis, de la Universidad Macalester, en Minnesota. Otros defienden que el hombre debería arreglar lo que ha estropeado. «No hay ningún lugar en este planeta en el que no hayan intervenido los humanos, ya es hora de empezar a diseñar soluciones», afirma Ove Hoegh-Guldberg, de la Universidad de Queensland.

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