Testamentos de indígenas americanos: siglos XVI – XVII

Entre el año 1998 y el 2002 fueron publicadas tres importantes colecciones de testamentos de indígenas, sin que hicieran parte de un proyecto concertado. Primero, en México aparecieron tres volúmenes que compilan 161 testamentos de indígenas de los siglos XVI, XVII y XVIII, escritos originalmente en nahuatl, mixteco, otomí, zapoteco y castellano. Se trata de una edición bilingüe coordinada por Teresa Rojas, investigadora del instituto Ciesas, acompañada de importantes apéndices e índices analíticos1. Luego, en Santiago, Don Julio Retamal publicó un volumen con la transcripción de 100 testamentos de indígenas2. Finalmente, en Bogotá, este autor editó un libro que compila la transcripción de 96 testamentos de indígenas de los siglos XVI y XVII3. Estas tres publicaciones conforman un conjunto documental de extrema significación, especialmente para intentar efectuar nuevas observaciones sobre los cambios vividos por las sociedades indígenas americanas a raíz de la conquista4.

La coincidencia de estas publicaciones probablemente corresponde a la localización, lectura y alta valoración de estos llamativos documentos ocurrida en el último decenio del siglo XX. Efectivamente, durante estos años, distintos historiadores y antropólogos de diversas partes de América llevaron a cabo intensas investigaciones intentando comprender bajo una visión no esquemática los complejos procesos vividos por las sociedades indígenas bajo el dominio español. Se reconoce como el principal y más antiguo inspirador de esta renovación historiográfica a Charles Gibson, cuya obra buscó descubrir, a través de nueva documentación, los hechos sociales existentes tras la espesa capa de las instituciones coloniales hispánicas5. El enorme mérito de la obra de Gibson fue develar el funcionamiento de instituciones como la encomienda, la mita y la hacienda; de insistir en el dinamismo de los pueblos indios, sin ocultar sus patrones de desigualdad, y también, de reparar en el vinculo ciudad-campo en la transformación social y política de la comunidad indígena. Este esfuerzo estuvo apoyado esencialmente en una apropiación de nueva documentación, más acorde con la historia social. Pleitos y litigios de tierras, juicios civiles y criminales, y un amplio repertorio de documentos que informaban sobre la vida en los pueblos de la meseta central de México, le llevaron a Gibson a indicar que el futuro de la historia colonial estaría dado por el hallazgo y utilización de documentos más cercanos a la vida de la gente de la época.

Esta orientación fue retomada por James Lockhart, quien, podría decirse, concentró todas sus energías en lograr trascender las fuentes elaboradas por los colonizadores. Luego de su etapa peruana, en la que Lockhart estudió la sociedad creada por los conquistadores y sus propias biografías, trasladó sus inquietudes a la sociedad indígena mexicana de los siglos XVI y XVII.6 Los Nahuas después de la Conquista, su más ambiciosa y reciente obra, es una fina reconstrucción del universo indígena local7. El altépetl es la unidad básica indígena, donde Lockhart observa en forma detallada las continuidades y fracturas de la sociedad indígena colonial. Huelga decir, que ha sido Lockhart el historiador social que de manera más amplia y exitosa ha estudiado los testamentos coloniales, tanto de españoles como de indígenas. Estos últimos los ha analizado para comprender las transformaciones sensibles que tanto en cuestiones como la propiedad, el trabajo agrícola, la religión o la lengua vivieron los nahuas. Junto a Lockhart, un amplio número de historiadores latinoamericanistas han tomado los testamentos indígenas como base para analizar distintas sociedades locales o grupos sociales específicos. Algunos que deben nombrarse son S.L. Cline, F. Salomon, S. Kellogg y Jacques Poloni-Simard8.

El presente texto tiene el propósito de explicar la naturaleza de los testamentos, su origen y sentido cultural. Sin embargo, de manera particular me interesa comentar el significado de los testamentos de indígenas de la época colonial. Buscaré explicar su carácter excepcional, en el contexto de una historia en la que han prevalecido esquemas de extrema marginación, sumisión y pasividad de los pueblos indígenas. Trataré de resaltar los aspectos que han permitido analizar, pero de manera especial, los potenciales futuros de investigación de nuevos temas de la vida social y cultural de los pueblos indígenas americanos.

¿Pero, qué es un testamento?

Es un documento peculiar, de origen medieval. En sus orígenes se trataba de un documento escrito en el que se hacía confirmación de fe y devoción cristiana. Un momento en el que los que estaban próximos a la muerte confesaban su fe y ponían su alma en paz. Confesaban sus pecados, reparaban los males cometidos y declaraban su última voluntad. El testador, igualmente preparaba su velo y entierro. En cierto sentido el testamento era la preparación para el viaje al más allá. Con acierto, Jacques Le Goff llegó a decir que el testamento era el «passeport pour le ciel»9. Con el tiempo, los testamentos fueron integrando asuntos paganos, como la declaración de bienes y su distribución entre los deudos. Una especie de relación mundana de los logros y beneficios económicos de las personas. De esta manera, los testamentos llegaron a reunir lo espiritual y lo material de la vida de los individuos.

El testamento es un documento sumamente solemne, recordemos que usualmente inicia con la expresión «In Nomine Dei», lo cual le da un elevado grado de veracidad. Y aunque debía ser registrado ante un escribano oficial, y ese evento debía ser confirmado por las firmas de testigos y deudos, muchas veces su escritura ocurría en circunstancias imprevisibles. Una fórmula común de los testamentos es el reconocimiento de lo impredecible de la muerte. Unos lo dictaban en el lecho de enfermos, otros lo escribían en la intimidad de su habitación y otros lo disponían en la oficina de un escribano. Sabemos que muchos no lo hacían por razones de vejez o enfermedad, sino en la proximidad de un viaje.

Igualmente, el testamento es un ejercicio de memoria. El testador aguza su memoria y trata de recordar los grandes y pequeños asuntos de su existencia. El testamento es una especie de pequeña biografía, una síntesis de la existencia de hombres y mujeres del pasado. Por ejemplo, nombra los padres y, en ocasiones, los abuelos. Y nos dice si es hijo legítimo o ilegítimo. Reconoce los matrimonios que tuvo, o si nunca se casó pero tuvo otras relaciones. Enumera los hijos, legítimos e ilegítimos, que viven o han fallecido. Así como los expósitos y huérfanos criados como hijos de la casa. También nombran los nietos. En fin, el testamento es una especie de genealogía personal. A ese parentesco también aparece vinculado el de amistades, afectos y padrinazgos. Un circulo que acompaña al de parientes, que lo fortalece, o, en ocasiones, lo reemplaza. En el testamento se nombran los grandes afectos por la esposa o los hijos, como también los desengaños y las amarguras. No son poco los testamentos en los que se reconoce el amor especial por un hijo o una hija, o en los que se lamenta la ingratitud de un hijo. En suma, los testamentos al ser escritos en la vejez, o en la proximidad de la muerte, nos dan una visión en perspectiva de la historia familiar.

Igual ocurre con el patrimonio. La persona recuenta sus bienes y dice cómo y de quién los adquirió. Además precisa a quien los destina. Reconoce sus deudas y enumera las cantidades y las personas que le deben. En ocasiones, el inventario de bienes sorprende por su minuciosidad. En la época preindustrial aun los más pequeños objetos tenían un enorme valor para la gente. Un cuchillo, una camisa o un vaso ameritaban nombrarse e inventariarse. El que se dedicara tanta atención al legarlos nos permite imaginar con cuanta satisfacción los recibía su beneficiario.

Además el testamento precisa una serie de hechos de carácter espiritual muy importantes. El testador, según su disponibilidad económica, destina partidas para misas por su alma. También aparte para limosnas a los pobres y obras pías. Este espíritu visible en los patrimonios y capitales que se destinaban a las instituciones eclesiásticas permitió estudiar a Ph. Ariés, M. Vovelle y P. Chaunu los procesos de intensificación y luego descristianización de la cultura de la muerte en Occidente.

En fin, un testamento es un documento rico en información sobre la existencia de un individuo como de su comunidad. Es un documento que liga lo público con lo privado de la vida de una persona. Esto hace de los testamentos materiales ricos en información económica, social, cultural y espiritual. Son documentos esenciales para observar en detalle grandes categorías sociales o culturales, y especialmente, la vida de las pequeñas comunidades.

¿Cuál es la estructura del testamento?

Probablemente, en razón de su naturaleza, de su doble composición, espiritual y pagana, el testamento está dividido en dos partes de alguna manera visibles. La primera es la que podríamos llamar de fe, toda la primera parte constituye una afirmación religiosa. Esta parte también está conformada por los preparativos del velorio y el entierro. El testador dice: «Cuando Dios fuere servido llevarme de esta presente vida…». Indica la mortaja que desea, si quiere una misa cantada con cruz en alto y con presencia de clérigos. Si pertenece a una o varias cofradías el testador espera ser acompañado por su hermanos. Luego sigue una sección que podríamos considerar intermedia y que se destina a la relación personal y familiar. En ella, el testador nombra sus padres, su matrimonio y sus hijos. A continuación viene la segunda sección que consideramos patrimonial. Allí el testador hace inventario de sus bienes, de sus deudores y sus deudas. A la vez, es allí donde el testador distribuye sus bienes, tanto entre sus herederos forzosos (esposa e hijos), como entre sobrinos, nietos, esclavos y sirvientes. Como ya señalé, el testamento termina con el nombramiento de unos testigos y la firma del escribano.

La trascendencia e importancia social de los testamentos hicieron que se popularizaran entre la población10. Esto condujo a una cierta formalización de los testamentos. Para facilitar la tarea de los escribanos, y también, para asegurar el rigor de los testamentos, desde el siglo XVI fueron divulgados distintos modelos o machotes para su redacción. Tal vez, los más conocidos en la península y que tuvieron amplia difusión en América fueron la Suma del estilo de escribanos, de Lorenzo de Niebla, y la Primera parte de escrituras de Diego de Ribera11. Incluso la primera, llega a decirse, pudo servir de ejemplo a Fray Alonso de Molina cuando redactó su afamado Confesionario Mayor en lengua mexicana y castellana12. Podría decirse que estos modelos son especies de cuestionarios, formados por un número de entradas que siempre inician con la palabra Item.

Sin embargo, con todo el carácter formal que adquirieron los testamentos, poseen innumerables expresiones, en ocasiones incidentales. Dentro de su esquematismo, el testamento incorpora lo inasible, lo circunstancial y lo emocional. Se equivoca quien ve en los testamentos una documentación standard.

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