Teclado QWERTY

La máquina de escribir, con el teclado que usamos actualmente con las computadoras, apareció por primera vez para uso masivo en 1872. Pero en realidad, la primera patente norteamericana para una máquina de escribir la obtuvo el ingeniero Christopher L. Sholes en 1868. Sholes había nacido en Milwaukee, una ciudad del estado de Wisconsin cerca del lago Michigan, a unos 150 kilómetros al noroeste de Chicago.
Cuando aparecieron las primeras máquinas en el mercado, se vio que tenían un inconveniente: los dactilógrafos escribían más rápido de lo que permitía el mecanismo, de manera tal que las teclas terminaban trabadas y hacían imposible tipear con rapidez.
Por eso, Sholes se propuso diseñar un teclado que «frenara» un poco a los «tipeadores». Y así es como apareció en escena el conocidísimo qwerty, o lo que es lo mismo, el teclado de distribución tan estrambótico que continúa aún hoy.
Si lo único que hubiera pretendido Sholes era frenar a los tipeadores, quizás hubiera podido poner las teclas que activan las letras «A» y «S» en puntas opuestas del teclado. En realidad, al poner en lados opuestos a pares de letras que aparecen muchas veces juntas, como «sh», «ck», «th» «pr» (siempre en inglés, claro), la idea era evitar que se «apelotonaran» y «se trabara» la máquina o trabaran el mecanismo.
En 1873, Remington & Sons, que fabricaban hasta ese momento fusiles y máquinas de coser, se interesaron por el invento de Sholes y comenzaron a producir masivamente máquinas de escribir con teclado «lento».
Como averiguó la excelente periodista científica y licenciada en biología Carina Maguregui, a los dactilógrafos no les quedó más remedio que aprenderlo, las escuelas lo tuvieron que enseñar y, cuando Mark Twain se compró una Remington, el nudo quedó atado para siempre.
Independientemente de los intentos que hubo desde hace más de 80 años, nunca más se pudo modificar el teclado. Y así estamos, hasta hoy: igual que hace 132 años.

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