Te vuela la cabeza

Cómo transformar una historia teñida de realismo costumbrista en un atrapante huracán que va fagocitando todo lo que encuentra a su paso? En tono de thriller gauchesco y como una rocambolesca novela de detectives, La ira del curupí es la confirmación de todo lo que había prometido Diego Meret con En la pausa: concisión y gancho al servicio de una escritura ágil e impiadosa. “Y a esta pretensión de simpleza le añadía su toque personal: la poesía. (…) Pero su plan consistía en algo así como darle ‘un ropaje a lo desnudo, un ropaje tenue, que no vistiera y que acentuara la desnudez’”, leemos a la mitad de este texto adrenalínico.

La ira del curupí transcurre en un pueblo perdido de Corrientes donde se lleva a cabo una dantesca representación de la lucha de clases, o una batalla desigual entre un todopoderoso terrateniente –custodiado como corresponde por un batallón de asesinos a sueldo, “los gordos”– y un cardumen pantagruélico de crotos. Como a estos linyeras les atrae husmear en las actividades non sanctas del millonario Máximo Ojeda –en concreto, su ejército se encarga de robar tierras, corriendo los límites de sus posesiones día a día–, la mujer del temible terrateniente lo persuade de poner en funcionamiento un plan para sembrar el pánico en la comunidad crota y acabar así de una buena vez con su adicción a meter las narices donde no les corresponde.

Como cuando están sobrios –algo no muy común porque beben alcohol con la naturalidad y cotidianeidad con que otros sorben mate– escuchan la radio del pueblo, el procedimiento se lleva a cabo apretando al director de la Litoralesa, que tras la amenaza de muerte debe hacer circular el rumor (“Exagerar. Lo que se dice informar”, leemos) de que son encontrados a raudales linyeras violados por la ira del curupí (“Un bicho que tiene la pija que todos queremos tener”, leemos); pero como los crotos son decentes y no pueden vivir con semejante condena, se “descajetan”; es decir, se vuelan la cabeza.

Aquí, la risa es fácil pero no gratuita. Como en la literatura de Copi, el disparate está a la orden del día. Como en el imaginario de Alberto Laiseca, los bordes de lo real pueden hacer trastabillar a cualquiera. Como en los textos de Osvaldo Lamborghini, el humor siempre parece acorralar lo político. Aunque todo esto no sería posible si no se conjugase con un ritmo febril y trepidante, que nunca saca el pie del acelerador.

De este modo, La ira del curupí despliega con hidalguía y pertinencia las herramientas de un escritor que podría haber sido solamente un obrero textil que soñaba con ser algún día algo más que un lector. En la pausa (2009), nouvelle en clave autobiográfica, transmitía esa facilidad que tiene Meret para potenciar los detalles minúsculos u ordinarios y convertirlos en abrasivos núcleos narrativos. En La ira del curupí esto se ve expandido y fortalecido. Como decía el presentador televisivo, “esto recién empieza”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *