Sostenibilidad vs Regeneración

A estas alturas, muchas personas somos conscientes de que tenemos que aprender de la naturaleza en lugar de intentar dominarla con visiones mecanicistas. Si tomamos la naturaleza como patrón, hemos de darnos cuenta de que la palabra “sostenibilidad” no se corresponde con la forma en que funciona la naturaleza, la vida. En la naturaleza, aportar 1 no da como resultado 1: si planto una semilla, no obtengo otra semilla, sino toda una planta que cumple muchas funciones y que además está llena de frutos, a su vez llenos de semillas. La vida es intrínsecamente regenerativa: crece, estimula, potencia, multiplica.

Hace aún pocas décadas, se podía hablar de sostener los sistemas tal como los habíamos creado los humanos. Ahora se nos ha pasado el arroz: ya no es tiempo de ser sostenibles, sino que hemos de ser regenerativos, para así reparar los daños causados y crear sistemas que con el paso del tiempo mejoren y enriquezcan nuestra calidad de vida, nuestras relaciones, nuestra alimentación, nuestras culturas… así como nuestros campos y paisajes.

Agricultura y erosión
La agricultura y la ganadería, es decir, los procesos con los cuales el ser humano logra cultivar plantas y criar animales de forma controlada para poder abastecer sus necesidades alimenticias, empezaron a gestarse hace diez mil años y se consideran uno de los grandes avances de la Humanidad. Sin embargo, los métodos empleados ¿son regenerativos? ¿Son sostenibles, siquiera?

Personas pioneras del mundo de la agricultura regenerativa, como es Darren Doherty, dicen que no, y apuntan a que las zonas de Africa y de Oriente Medio, que hace milenios eran las áreas más fértiles, de las que se alimentaron civilizaciones enteras, son ahora desiertos: el Sáhara, Irán, Irak, Afghanistán, Egipto, el Líbano… ¿Quién diría que hubo un tiempo en que estas regiones eran el “creciente fértil” de occidente? La pregunta es obligada: ¿qué hemos hecho mal para que estas zonas sean ahora arena y polvo?

Según cada vez más expertos, el error es precisamente arar el suelo para cultivar, es decir, romperlo y voltearlo: esto provoca por una parte la muerte de los microorganismos anaeróbicos del suelo que viven bajo la tierra en ausencia de oxígeno, al quedar expuestos al aire y al sol (liberando además muchos gases de efecto invernadero). Por otra, se destruyen las micorrizas, que son vitales para el óptimo desarrollo de las plantas y la biología del suelo (ver Cuadro 1). El arado con volteo de la tierra destroza toda esta vida causando infertilidad, pérdida de nutrientes, erosión y desertificación.

Entonces surge una pregunta más acuciante aún: ¿qué podemos hacer para que se detenga este proceso de desertificación, que ya está invadiendo entre otros lugares el sur de la península ibérica a ritmos acelerados, y a la vez practicar la agricultura y la ganadería para alimentarnos? Hemos de pensar de forma regenerativa…

La buena noticia es que hay personas que llevan tiempo haciéndolo, y uno de los lugares donde se concentran estas personas es Australia. Curiosamente, gran parte de este enorme país-continente tiene un clima definido como “mediterráneo”, así que lo que a ellos les funcione bien será muy aplicable también en nuestras latitudes.

La permacultura
Allá por los años 70, se encontraron en Australia la experiencia de Bill Mollison y el joven dinamismo de David Holmgren, y entre los dos diseñaron el concepto de la “permacultura”, que no es otra cosa que el diseño inteligente de espacios que integran humanos y naturaleza, optimizando las funciones, producciones y desechos de cada elemento. Hay quien lo llama “la agricultura de los perezosos”, y es que la idea es observar para diseñar antes de implantar, y tras este trabajo inicial poder ahorrar en energía, recursos… y trabajo.

Sin un sistema agrícola productivo, no existe la posibilidad de un orden social estable, algo que deberíamos tener muy en cuenta en el contexto global en el que nos encontramos: pico del petróleo y otros minerales, caos climático… Todo ello debe impulsarnos hacia la búsqueda de una mayor auto-suficiencia y resiliencia, aspectos que comienzan por el alimento local y la cultura comunitaria… y que se basan por tanto en la tierra.

La economía del campo, el caos climático, la gestión del agua y de las zonas arboladas constituyen algunos de los grandes problemas medioambientales en muchos lugares, incluídas España o Baleares. La raíz de todos estos problemas está en el suelo, en la tierra. Y en ella está enterrada también la solución, que no es otra que desarrollar un suelo fértil y biológicamente activo, capaz de retener el agua allí donde ésta cae y capaz también de secuestrar enormes cantidades de CO2 atmósferico.

Y es que llevamos muchas décadas extrayendo combustibles fósiles como el petróleo del suelo, cuya quema libera grandes cantidades de gases de efecto invernadero, entre ellos el CO2. Se cree que el exceso de concentración de CO2 en la atmósfera está causando las alteraciones del clima que ya todos presenciamos. La manera más fácil y barata de reducir ese exceso es volver a introducir el CO2 en la tierra, en forma de CO2 orgánico, o vida – y resulta que esto tiene varios beneficios añadidos: por una parte, que un suelo vivo es un suelo fértil, y por otra que un incremento del CO2 o carbono orgánico en el suelo hace que éste pueda retener más agua – del orden de 40.000 litros más por hectárea y año, por cada 1% de incremento del carbono orgánico del suelo. Agua y suelo fértil: la fórmula ideal para incrementar además la productividad de nuestros espacios.

¿Y cómo se consigue aumentar el carbono orgánico del suelo, extrayéndolo de la atmósfera y fijándolo en la tierra? Pues con la fotosíntesis: las plantas, y todos los organismos asociados, como las micorrizas, son quienes pueden crear un suelo fértil, capaz de retener carbono, agua, y muchos más elementos. Además, resulta importantísimo proteger toda esa actividad vital beneficiosa, cubriendo el suelo, ya sea con vegetación o con mulch (materia orgánica triturada), para que no esté expuesto al sol y al oxígeno. Visto así, los campos arados donde no se ve una brizna de hierba ya no parecen tan idílicos, sino que representan un sistema que trabaja contra la vida y la productividad, en lugar de a su favor.

Sistemas regenerativos
Un desarrollo regenerativo supone que los ecosistemas humanos y las actividades que ellos desarrollemos pueden y deben ser motores de un cambio evolutivo positivo para todos los sistemas vivos.

Como dice Bill Reed, en el corazón de este cambio está nuestra idea del lugar en el que vivimos, nuestro concepto del espacio y de nuestro rol en él. Este “sentido del lugar” surge de las conexiones entre la tierra, la naturaleza y la cultura locales, y el espíritu del lugar, que en conjunto crean un valor que perdura para todos los que lo habiten. Tener una experiencia profunda de conexión con el lugar en el que vivimos nos despierta el cuidado y la atención necesarios.

Nuestra tierra puede acoger nuestra historia pasada y futura, puede ser nuestra brújula y fuente de inteligencia natural. El cambio empieza en casa, en la tierra.

Cuadro 1: El mágico mundo de la micorriza

¿Recordáis la película Avatar, y todas esas conexiones entre las plantas que se veían iluminadas al caer la noche? Resulta que la realidad supera a la ficción: en la tierra fértil habitan millones de seres en estrecha colaboración, que le dan fertilidad y estructura a la tierra. Por ejemplo, las micorrizas son hongos en simbiosis con las raíces de las plantas. Las plantas, a través de la fotosíntesis, producen azúcares que el hongo necesita, mientras éste descompone la materia orgánica de tal forma que los nutrientes pueden ser absorbidos por la planta.

La micorriza puede tener incluso kilómetros de longitud y tiene múltiples funciones. Gracias a ella:

  • la planta puede explorar más volumen de suelo del que alcanza con sus raíces
  • las plantas pueden absorber mejor los elementos vitales como fósforo, nitrógeno, calcio y potasio, así como el agua
  • la planta es más resistente a los cambios de temperatura y la acidificación del suelo
  • la raíz se mantiene activa durante más tiempo, contribuyendo a su longevidad
  • además la micorriza segrega glomalina, una proteína pegajosa de reciente descubrimiento que es clave para la formación de suelo fértil

Todas estas fantásticas aportaciones se pierden al arar la tierra y cortar la micorriza en pedacitos, ya que ésta no se recupera.

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El Método Keyline

Aprender a diseñar y gestionar inteligentemente el paisaje agrícola, con el fin de aprovechar al máximo los recursos hídricos y devolver al suelo su profundidad y fertilidad, es precisamente el objetivo del cultivo en Línea Clave, o método Keyline, otra gran aportación australiana vinculada con la permacultura. Este sistema original, con un notable enfoque holístico, fue desarrollado en los años 50 en Australia por el ingeniero minero P.A. Yeomans ante la creciente erosión y desertificación que observó en el paisaje australiano, y que relacionó con la agricultura. El Diseño Keyline o de Línea Clave combina la captación y conservación del agua con técnicas de regeneración de la tierra. Es capaz de restaurar rápidamente suelos degradados y blindarlos a los efectos de la sequía, y considera beneficioso el uso de animales de pastoreo en el proceso. Si al Diseño Keyline añadimos la inteligente integración de árboles, tenemos un sistema capaz de satisfacer las necesidades económicas de los agricultores y ganaderos, así como las exigencias ecológicas de nuestros tiempos, jugando un papel importante en el secuestro del CO2.

Se necesita aprender a leer el paisaje y descubrir las líneas naturales del agua y las curvas de nivel del terreno; diseñar y construir líneas artificiales de agua, como presas, canales de desviación y riego; gestionar adecuadamente a los animales de granja sobre el espacio; iniciarse en el uso de la herramienta Keyline (un arado subsolador que no voltea la tierra) e identificar los puntos clave del paisaje (Keypoint).

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