¡Sonría! Podría usted ser más feliz!


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Sonreímos porque somos felices. Fruncimos el ceño porque estamos tristes. ¿Es planteable que el vector de la causalidad apunte también en sentido contrario? Una tanda de recientes estudios sobre personas tratadas con bótox y otros productos hace pensar que nuestras emociones se ven reforzadas –e incluso, inducidas– por sus correspondientes expresiones faciales.
Fue Charles Darwin, en 1872, el primero en proponer la idea de que las manifestaciones emotivas influyen en nuestros sentimientos. «La libre expresión de una emoción, manifestada en signos externos, la intensifica», escribió. Y William James, prestigioso psicólogo decimonónico, llegó a afirmar que, si una persona no expresa una emoción, no la ha sentido en absoluto. Tal aserto no recibiría hoy mucho respaldo, pero existen pruebas de que en las emociones no sólo interviene el cerebro. El rostro, en particular, parece desempeñar un papel importante.
En febrero de 2009, un equipo de psicólogos de la Universidad de Cardiff descubrió que las personas cuya capacidad para fruncir el ceño está dificultada por las inyecciones cosméticas de bótox son, en promedio, más felices que las que pueden hacerlo libremente. Administraron un cuestionario de ansiedad y depresión a 25 mujeres, la mitad de las cuales se habían tratado con inyecciones de bótox que inhibían la posibilidad de poner mal ceño. En general, las inyectadas dijeron sentirse más felices y menos angustiadas que las otras y –lo que es más importante– no dijeron sentirse más atractivas, lo que sugiere que los efectos emotivos no estaban inducidos por un refuerzo psicológico resultante de la naturaleza cosmética del tratamiento.
«Al parecer, nuestra forma de experimentar emociones no se restringe al cerebro, sino que hay partes del cuerpo que contribuyen a reforzar nuestros sentimientos», opina Michael Lewis, uno de los coautores del estudio. «Es como un bucle de realimentación». En un estudio similar, realizado en marzo de 2009 en Alemania, se les pidió a personas tratadas con bótox que pusieran cara de enfado mientras se le sometía a una resonancia magnética funcional (RMf). Se observó que las tratadas con bótox presentaban una actividad en los circuitos cerebrales que intervienen en los procesos y respuestas emotivos –en la amígdala, el hipotálamo y ciertas partes del tallo cerebral– mucho menor que los individuos de control que no habían recibido bótox.
La idea funciona también en sentido contrario, intensificando las emociones en vez de suprimirlas. Quienes contraen el rostro durante una exploración molesta declaran sentir más dolor que quienes lo mantienen terso, según un estudio publicado en Journal of Pain en mayo de 2008. Los investigadores le aplicaron calor a los antebrazos de 29 participantes, a quienes se les solicitó que hicieran muecas de dolor, mantuvieran un gesto neutro o trataran de mostrar una expresión relajada durante la prueba. Quienes manifestaron expresiones doloridas dijeron haber sentido más dolor que los otros dos grupos. Lewis, que no participó en tal estudio, indica que se propone abordar el efecto que las inyecciones de bótox ejercen sobre la percepción del dolor. «Es posible que uno sienta menos dolor si no tiene la posibilidad de expresarlo», conjetura.
Pero todos hemos oído decir que no es bueno reprimir los sentimientos. ¿Qué ocurre, pues, si regularmente una persona suprime de manera intencionada sus emociones negativas? De los trabajos de Judith Grob, de la Universidad de Groningen, en Holanda, se desprende que esta negatividad suprimida puede «infiltrarse» en otros dominios de la vida de esa persona. En una serie de estudios realizados para su tesis doctoral, le pidió a sus probandos que contemplasen imágenes repulsivas y disimulasen sus emociones; a otros, que sostuvieran un bolígrafo en la boca de modo que no pudieran hacer muecas de disgusto. Un tercer grupo era libre de reaccionar como gustase.
De acuerdo con lo esperado, en ambos grupos, los sujetos que no expresaron facialmente sus emociones manifestaron después haber sentido menos asco que los sujetos del grupo de control. Seguidamente, Grob les propuso una serie de tareas cognitivas, en las que había que rellenar los espacios en blanco de un cuestionario. Encontró que los sujetos que habían reprimido sus emociones, rendían pobremente en las tareas de recordación; en las de completar palabras con fuga de vocales, se inclinaban por las de significado menos positivo, por ejemplo, «sucio» en lugar de «socio»; en ambos casos, en comparación con los individuos de control. «Quienes propenden a actuar así de forma habitual pueden adquirir una percepción más negativa del mundo. Cuando el rostro no ayuda a expresar una emoción, la emoción busca otras vías para expresarse», Grob añade.
Se ignora por qué nuestras expresiones faciales influyen en nuestras emociones, como al parecer ocurre. Las asociaciones mentales en cómo nos sentimos y cómo reaccionamos pueden ser tan fuertes, que nuestras expresiones acaben sencillamente reforzando nuestras emociones. Tal vez no existe una causa evolutiva para que así sea. Con todo, nuestros rostros sí parecen traslucir el estado de nuestras mentes no sólo a los demás, sino a nosotros mismos. «Sonrío –se dice uno mismo–, así que tengo que estar feliz.»

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