Sociología de grandes preguntas

En este libro nos proponemos desentrañar la confusión de usos, la desbordante polisemia que hace de la cultura explanans y explanandum, contexto y recurso, variable independiente y dependiente, marco para la acción social y resultado de ella, productora de prácticas sociales y consecuencia de estas”. Así comienza Hacia una nueva sociología cultural. Mapas, dramas, actos y prácticas, (Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes) compilado por Claudio Benzecry, licenciado en Ciencia Política (UBA) y doctor en Sociología por la Universidad de Nueva York, quien publicó numerosos artículos de sociología de la cultura. Su libro El fanático de la ópera. Etnografía de una obsesión recibió en 2012 el premio al mejor libro de sociología cultural otorgado por la Asociación Americana de Sociología.

Dirigido a sociólogos amantes de los estudios culturales y a quienes están cursando maestrías y doctorados en el tema, el libro reúne una serie de artículos escritos en los últimos doce años por especialistas –algunos de la más reciente y reconocida generación de académicos de Estados Unidos–, y traducidos especialmente para esta publicación.

Incluye textos de temas bien diferentes: en “Etnicidad sin grupos”, Rogers Brubaker se pregunta qué estudiamos cuando estudiamos la etnicidad y el conflicto étnico. Por su parte, Brian Steensland da cuenta de cómo la concepción de los pobres en Estados Unidos hizo que el país no tuviera una red social extendida (y hasta se pusiera al pobre en cuestión), y Tia DeNora pone el foco en cómo la música de Beethoven contribuyó a constituir la formación del género durante el siglo XIX, proporcionando un espacio de trabajo en el cual se elaboró la imagen moderna del macho activo, viril y dominante. Además, hay trabajos de Antoine Hennion, Erin O’Connor y Gabriel Abend. Se destaca “El sentido de Salem: cultura, género y la persecución puritana de la brujería”, de Isaac Reed. En un texto atrapante, que no deja arista sin investigar, el autor analiza qué ocurrió en Salem, Massachussets, en 1692. ¿Por qué se desataron los juicios? Qué fue lo que llevó a ritmo vertiginoso derecho a la muerte a hombres y mujeres que hasta entonces no parecían desconfiar unos de otros.

El libro arranca con un exhaustivo análisis teórico donde Benzecry pone blanco sobre negro el estado de la cuestión en el abordaje de la cultura. Se propone mostrar con textos que exponen conceptos y teorías en uso, las potencialidades de la investigación que implica cada idea de cultura, sus límites y posibilidades; sus campos de exploración y el tipo de producción de datos que mejor acompaña a cada perspectiva.

Desde Estados Unidos, donde enseña actualmente en el Departamento de Sociología de la Universidad de Connecticut, Benzecry conversó con Ñ .

Desde las versiones totalizadoras de Lévi-Strauss y Talcott Parsons, ¿cómo fue modificándose el estudio de la sociología de la cultura hasta hoy?
Los argumentos parsonianos estaban vinculados con sujetos que eran casi idénticos a sus supuestos valores: es la forma en que todos hablamos de cultura en la vida cotidiana. Se piensa que un grupo es homogéneo o que los sujetos actúan de manera idéntica a como piensan, pero en realidad las versiones más modernas de cultura muestran, por un lado, que los grupos que se consideran homogéneos suelen ser heterogéneos y, por otro, que entre acciones y prácticas, o entre justificaciones y motivaciones, siempre hay un hiato. Lo interesante consiste en analizar cuándo es que la gente elige actuar de determinada manera y de qué modo la cultura participa en eso.

Hoy, ¿cuál es el paradigma vigente en la sociología de la cultura?
Hay varias escuelas pugnando por intentar erigirse como la más explicativa. Están los que todavía piensan una teoría de la acción en términos individuales, como si la cultura fuera un mapa para subir una montaña: provee categorías, pero no organiza la acción. Hay también una vuelta a lo que aquí se llama el programa fuerte de la sociología cultural: tiene que ver con cómo el sentido, las narrativas, los códigos binarios profundos entre lo bueno y lo malo, lo sagrado y lo profano, organizan la acción. Y hay también una versión muy fuerte del paradigma de producción cultural que nació en los setenta: sus preguntas principales suelen ser, por ejemplo, cuáles son los grupos de gente que consume cierto tipo de prácticas culturales. Tiene un gran debate acerca de si la clase alta es esnob u omnívora. Por último hay una tendencia, menos estructurada, inspirada en Bourdieu, que considera que la cultura es constitutiva en el sentido de que está engranada en lo que uno hace, es parte de la práctica cotidiana, algo que uno va refinando.

¿En qué situación está la sociología de la cultura en nuestro país?
Uno de los aspectos que fue muy productivo de haber estudiado Sociología de la Cultura en Argentina, no sólo en el posgrado en Sociología de la Cultura en la UNSAM sino en la materia de Mario Margulis, es que leí muchísimos autores que acá mis colegas no leen porque son antropólogos, semiólogos, folcloristas, historiadores culturales. En cambio, en la Argentina, si las preguntas son preguntas sociológicas y la forma de pensar para dar las respuestas es sociológica, no importa la filiación intelectual del autor. Cuando llegué a los Estados Unidos eso fue una ventaja comparativa interesante. Y el segundo punto, que imagino que está vinculado a la reapertura del Conicet, es que hay mucha gente haciendo mucho trabajo empírico detallado sin por eso haber perdido el horizonte de las grandes preguntas.

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