Sin salud mental no hay salud

La salud mental es un término compuesto que gradualmente ha venido siendo incorporado al léxico cotidiano, a partir de dos constructos que no son fáciles de definir pero que resultan intuitivamente cercanos: ‘salud’ y ‘mente’. Sin embargo, a partir de aquella idealizada definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS): ‘Salud es el estado de completo bienestar físico, psíquico y social y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedad’, no cabría hablar de salud mental sino de bienestar mental como componente imprescindible de la salud integral. Pero esto es una sofisticación léxica: hablar de salud mental pretende hacer hincapié en cuán importante -y cuán soslayada- ha sido usualmente la consideración y estudio de la experiencia psíquica de los individuos y grupos sociales y los factores contributorios a su desarrollo o a su desmedro. La misma OMS ofrece una definición tentativa de salud mental: ‘un estado de bienestar en el cual el individuo se da cuenta de sus propias aptitudes, puede soportar las presiones normales de la vida, puede trabajar productiva y fructíferamente y es capaz de hacer una contribución a su comunidad.’

Afiche de campaña pro salud mental de Mental Health Foundation (Inglaterra).

Un constructo global como salud mental requiere la comprensión de distintos niveles. Por ejemplo, hablando a nivel de políticas mundiales:

«La trascendencia que tiene el impacto de las estrategias de desarrollo en la salud mental nos obliga a analizar lo que entendemos por desarrollo. El desarrollo entendido primordialmente en términos de balance de divisas requiere que se compita en el mercado mundial de los productos básicos, lo que significa salarios más bajos, mayor desempleo, deterioro de las condiciones de vida y restricción del gasto social. La consecuencia de ese enfoque es que las políticas de salud, resultado de los ‘ajustes’, sólo van a intentar corregir parcialmente los problemas generados por el sistema.»

«Los esfuerzos por ‘reestructurar’ la economía -esto es, devaluar la moneda y restringir el gasto social- están dirigidos a mejorar las bases económicas del bienestar humano. Generalmente, se trata de un asunto abstracto para el economista del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional y los efectos son a menudo remotos para los líderes nacionales que introducen las reformas desde los confines de la capital. Pero para quienes están en la base de la pirámide socioeconómica, los cambios son frecuentemente asunto de vida o muerte. La ‘competencia en el mercado mundial’ no debe convertirse en consigna de las políticas favorables a los ricos y maltusianas respecto al sufrimiento humano. Si la inversión en salud y bienestar es una meta genuina, los que formulan y ejecutan las políticas económicas y de salud deben tener presente constantemente que lo que se debe ‘desarrollar’ en las naciones pobres es precisamente el potencial humano de una determinada sociedad.» (1)

Esto es, no sólo bienestar; sino además bienser. Pero, para no ahogarnos de impotencia ante el nivel macro, podemos reflexionar sobre la salud mental a niveles más modestos. Y para ello debemos tal vez rescatar el término de higiene mental, tradicional y empleado en las no lejanas épocas en que se brindaba conocimientos desde la escuelita primaria (en el curso simpáticamente llamado ‘El niño y la salud’). No se trata sólo de llevar educación a todos y todas -que de por sí es imprescindible para el adecuado ejercicio de una vida digna así como la provisión de todos los derechos humanos elementales- sino sobre qué debemos educar a la gente. Es patético que nuestra población recoja conocimientos sobre su salud mental en los charlatanes de plazuela y no tenga oportunidad de cotejarlos con los de una instrucción formal.

(Familia comprando una casa): «¿Y si cambia la dirección del viento y mis hijos se contagian de esquizofrenia?»

Y, desde luego, está implicado el hecho de que los profesionales del campo de la salud mental somos los primeros que debemos saber resguardar nuestra salud mental y la de aquellos que nos rodean. Nuevamente, para no abatirnos ante los problemas macroestructurales: tips basados en la evidencia para mejorar nuestra salud mental. De tal manera, no sólo promoveremos a la salud mental a nivel de políticas megaestructurales o de gestión pública sino también con el enaltecedor ejemplo: el solo hecho de ver a un profesional de la salud mental con cara de estreñido crónico, colmado de amargura, envidia o frustración, es como para reflexionar bastante, ¿no?

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