SI EN BELEN NO HUBIERA NACIDO UN NIÑO…

“En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
(Lucas 2, 8-12)

Ya próximos a la celebración del misterio navideño quisiéramos contemplarlo con serena quietud del alma para nutrirnos de su presencia viva. Quisiéramos y necesitamos, aprender su mensaje para hacerlo vida en nosotros; mucho mas cuando sabemos que en Navidad se cumple aquel clamor del profeta Isaías ante la experiencia de disolución, por infidelidad, del pueblo de Dios: ¡Oh, Dios, si rasgaras los cielos y bajaras!

Clamor que necesitamos hacerlo nuestro para el hoy fragmentado y disuelto de nuestra Patria: ¡Oh, Dios! necesitamos con urgencia que rasgues los cielos y bajes a nuestra desvencijada y querida Argentina. A nuestra argentina rica en problemas y en problemas no resueltos, a nuestra argentina que no tendrá paz en la superficie sino tiene a Dios en el fondo.

Si no tiene a ese Dios que, niño en Belén, siendo rico se hizo pobre, siendo fuerte se hizo débil, siendo grande se hizo pequeño para que nosotros podamos tener su grandeza, experimentar su fortaleza, y participar de su riqueza.

Tener la grandeza del compromiso de entrega al prójimo, al bien común por encima de intereses grupales, parciales o a veces simplemente demagógicos, que asfixian toda posibilidad de fraternidad y realización nacional.

La grandeza de optar por la razón, la serenidad, la paciencia, la humildad y el amor frente al matonaje, la soberbia y la imposición.

Experimentar la fortaleza que nos de la perseverancia en el saber que es mas fuerte el paciente que el impaciente, el humilde que el orgulloso, el reconciliado que el rencoroso.

La fortaleza para permanecer en la verdad y la participación, sabiendo que la verdad tiene más fuerza que la mentira y que la participación tiene más posibilidades que el autoritarismo.

Participar de la riqueza que nos permita proyectar y vivir familias unidas, estables, fecundas y evangelizadoras en medio de familias desmoronadas, inestables, egoístas y descomprometidas.

La riqueza que nos permita recrear la profesión cuando el entorno mercantiliza y comercializa.

La riqueza que nos permita tener valores personales en medio de una asfixiante masificación, ser morales en una atmósfera de amoralidad, pensar en cristiano cuando la mayoría piensa en pagano, mantenerse firme si el entorno claudica, ser honestos cuando la venalidad parece cubrir la sociedad. (Mons. Vicente Zazpe)

Ahora bien, estas grandeza, fortaleza y riqueza no se hacen presentes mágicamente en nosotros.

Necesitan de nuestro Sí. “El Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, nos decía el gran San Agustín.

Es por eso que el Pesebre de Belén se torna modélico. Para que la bella escena evangélica se hiciera realidad fueron necesarios, por lo menos tres Sí. El Sí de María, el Sí de José y el Sí del Hijo de Dios.

No habrá Navidad en serio sin nuestra acogida de corazón al Dios que sale a nuestro encuentro.

Nadie pierde a Dios sino el que quiere perderlo. Dios se va porque se lo despide.

Con dureza supo decir una vez el Cardenal Raúl. F. Primatesta: “En un pesebre sin Dios en el corazón, el niño Jesús es un muñeco cualquiera”.

Nuestra Patria necesita con urgencia que los argentinos le digamos que sí al misterio de Dios que habla en el silencio, que se revela en el recogimiento y que se encuentra en las profundidades del espíritu, para que el niño Dios no sea “un muñeco cualquiera” y podamos encarnar su grandeza, su riqueza y su fortaleza.

Encomendamos a María, nuestra Señora de Belén, la apertura de nuestro corazón al misterio del Dios hecho hombre y le decimos con el Cardenal Pironio:

Señora de la Nochebuena,
Señora del Silencio y de la Espera;
esta noche nos darás otra vez al Niño.

Velaremos contigo hasta que nazca:
en la pobreza plena,
en la oración profunda,
en el deseo ardiente.

Cuando los ángeles canten
«Gloria a Dios en lo más alto de los cielos
y paz sobre la tierra
a los hombres amados por él»,
se habrá prendido
una luz nueva en nuestras almas,
habrá prendido una paz inmutable
en nuestros corazones,
y se habrá pintado
una alegría contagiosa en nuestros rostros.

Y nos volveremos a casa en silencio:
iluminando las tinieblas de la noche,
pacificando la nerviosidad de los hombres
y alegrando las tristezas de las cosas.

Después en casa,
celebraremos la Fiesta de la Familia.
Alrededor de la mesa, sencilla y cordial,
nos sentaremos los chicos y los grandes:
rezaremos para agradecer,
conversaremos para recordar,
cantaremos para comunicar,
comeremos el pan y las almendras que nos unen.

Afuera, el mundo seguirá lo mismo.
Tinieblas que apenas quiebran
la palidez de las estrellas.
Angustias que apenas cubren
el silencio vacío de la noche.
Tristezas que apenas disimulan
la lejana melodía de las serenatas.
En algún pueblo no habrá Nochebuena
porque están en guerra.
En algún hogar no habrá Nochebuena
porque están divididos.
En algún corazón no habrá Nochebuena
porque está en pecado.

Señora de la Nochebuena,
Madre de la Luz, Reina de la Paz,
Causa de nuestra alegría,
que en mi corazón nazca
esta noche otra vez Jesús.
Pero para todos:
para mi casa,
para mi pueblo,
para mi patria,
para el mundo entero.
Y sobre todo,
fundamentalmente,
que nazca otra vez Jesús
para gloria del Padre. Amén.

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