Separando el polvo de la paja

Hay quien se empeña en obviarlo. O más bien en ponerle sordina a la voz que resonó esperanzada desde el interior de una Iglesia necesitada de renovación. El Concilio Vaticano II es, para la Iglesia en el mundo contemporáneo, el viento fresco del Espíritu que – sin estridencias – hace nuevas todas las cosas.
Yo soy hijo del concilio. En la Iglesia posconciliar creció mi fe y en ella maduró mi reflexión teológica. No concibo otra manera de ser Iglesia que desde la profunda conciencia de su misterio y desde la comunión del pueblo de Dios al servicio de los hombres en el corazón del mundo. Me siento parte de una Iglesia misionera llamada a ser signo de salvación, sacramento del Sacramento Fontal que es Cristo – el Verbo encarnado – en medio de la humanidad que él asumió y purificó.

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