Sentimiento social en pañales

A simple vista, los bebés poseen escasas habilidades: lloran cuando sienten molestias, miran distraídos al vacío. Sin embargo, los lactantes gozan de impresionantes capacidades sociales.

Le encantan las galletas de mantequilla. Max, de 14 meses, las come a escondidas. Tras acabárselas todas, deja el envase vacío sobre la mesa. Su hermana ve la caja; ansiosa, extiende la mano para cogerla. Max se sorprende; ¿por qué querrá la caja, si está vacía? No entiende cómo es posible que su hermana no sepa que él se ha zampado las últimas galletas. La explicación resulta sencilla. Max es todavía muy joven, por lo que carece de una de las características centrales que forman parte de la teoría de la mente: la capacidad de elaborar suposiciones sobre lo que piensa otra persona.
Para los adultos resulta pan comido percibir cuándo un semejante actúa movido por una suposición errónea. Hasta hace poco se creía que un niño desarrollaba dicha competencia social más o menos a los cuatro años de edad. Esa convicción se apoya en una prueba psicológica, la de la falsa creencia, la cual deja constancia de ese cambio de perspectiva. En ella, un niño observa cómo un adulto coloca un objeto en un lugar concreto de una habitación; acto seguido abandona la estancia. Durante su ausencia, el experimentador cambia el objeto de ubicación. El adulto vuelve. A continuación, el investigador pregunta al pequeño dónde cree que su compañero de experimento buscará el objeto. La mayoría de los niños de tres años contestan que el adulto registrará el lugar en el que se encuentra el objeto ahora. Por el contrario, los que sobrepasan esa edad saben que buscará donde se hallaba antes. Entienden, por tanto, que los estados mentales, caso de la convicción, no reflejan de forma directa la realidad, sino que se trata de suposiciones que pueden ser erróneas.

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