Senaquerib, el gran rey de Asiria

A finales del siglo VIII a.C., Senaquerib subió al trono de Asiria. El rey consolidó las conquistas de su padre Sargón II e instaló su capital en Nínive, a la que dotó de fuertes murallas y bellos jardines.

Hijo del gran conquistador de Sargón II, Senaquerib reinó sobre el Imperio más poderoso de Oriente en el paso del siglo VIII al VII a.C. Instaló su capital en la milenaria ciudad de Nínive, a la que dotó de grandes murallas y espléndidos jardines. Durante su infancia y a lo largo de toda su adolescencia, Senaquerib no pudo imaginar que un día acabaría sentado en el trono de Asiria y convertido en señor de todas las tierras del Creciente Fértil, desde el golfo Pérsico hasta la península del Sinaí. En efecto, no había nacido para ser rey y, en consecuencia, no había sido educado con ese fin. Todo cambió cuando en el invierno de 722 a.C. su padre conquistó el trono de Asiria en circunstancias poco claras y pasó a reinar con el nombre de Sargón II. Apoyándose en la indiscutible superioridad de su ejército y en sus propias dotes militares, Sargón conquistó y subyugó más territorios y naciones extranjeras que sus predecesores, y convirtió a Asiria en la mayor potencia que jamás había visto el mundo. No es casualidad que Sargón llevara el nombre del legendario monarca acadio que, más de mil quinientos años antes, había dominado de modo indiscutible los cuatro confines de la tierra. Nada más ocupar el trono, Sargón II confió tareas y responsabilidades propias de un rey a su hijo Senaquerib, que entonces tenía algo más de veinte años. Es más que probable que el príncipe se convenciera entonces de que estaba predestinado para gobernar, de que los dioses lo habían elegido para ello incluso antes de venir al mundo. Así parecía indicarlo su nombre asirio, Sin-ahheeriba: «El dios lunar ha concedido un sustituto a los hermanos». Porque Senaquerib no era el primogénito de Sargón: sus hermanos mayores habían muerto antes de que él naciera. De esta suerte, el joven Senaquerib se erigió de la noche a la mañana en Gran Príncipe del mayor de los imperios. Sargón, entregado a continuas expediciones bélicas y ocupado en la espinosa regencia de la indisciplinada Babilonia, acostumbraba a estar ausente de la corte, lo que explica que el joven Senaquerib obtuviera de su padre el favor y compromiso de compartir el gobierno de Asiria con él. Durante los diecisiete años de reinado de Sargón II, Senaquerib rigió el país desde el palacio real, entonces emplazado en Calah o Kalhu (la moderna Nimrud, en Irak): sancionaba edictos, percibía tributos de príncipes extranjeros y supervisaba operaciones militares. Senaquerib también mandó de forma regular informes acerca de la edificación de la nueva capital del Imperio: Dur-Sharrukin o Sargonópolis (la moderna Khorsabad, en Irak). Sargón II la inauguró en 706 a.C. con gran fasto, y es de presumir que su hijo Senaquerib se trasladara también allí acompañado de sus mujeres e hijos. Pero ante la inesperada muerte de Sargón II en el campo de batalla, y la creencia de que su espíritu errante rondaría eternamente por su morada terrenal, Senaquerib decidió enseguida buscar una nueva capital desde la que gobernar sus dominios. Su reinado, que duró algo más de veinte años, mantuvo la continuidad con el de su padre, algo inexplicble por la edad ya madura con la que accedió al trono y la experiencia ganada al frente de la gestión de la casa real durante casi dos decenios, aunque tampoco faltaron las innovaciones. El gobierno de Senaquerib siguió dos ideas conductoras: por un lado, mantener intactas las fronteras del Imperio a cualquier coste, para lo que puso en marcha la máquina de guerra más poderosa y brutal jamás vista; y, por otro lado, crear una gran capital que actuara como centro de poder y de orden en el vasto territorio que dominaba, una ambición para la que tampoco escatimó recursos. Lo primero que decidió el nuevo monarca fue trasladar la sede del trono a una nueva capital, un nuevo centro digno del mayor imperio del mundo. No optó, como su padre, por crear una ciudad de nueva planta, sino que eligió la milenaria Nínive, a orillas del Tigris. El Gran Rey asirio tuvo que hacer frente a más conflictos de los que hubiera deseado. Llevó a cabo ocho grandes expediciones punitivas, principalmente contra sus archienemigos: Babilonia y Elam. La destrucción de Babilonia por los asirios, en 689 a.C., fue tan cruenta como sistemática. Pero, como si de una maldición se tratara –eso aseguraron los sacerdotes y profetas tanto babilónicos como israelitas–, el rey asirio murió asesinado ocho años más tarde, cuando se dirigía a uno de los templos de Nínive, a manos de su propio hijo Urdu-Mullissu.

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