Schumann

«Music creates order out of chaos; rhythm imposes unanimity upon the divergent; melody imposes continuity upon the disjointed; and harmony imposes compatibility upon the incongruous.”

Yehudi Menuhin

Quizá porque en mis manos hasta una humildísima pandereta tórnase un instrumento absurdo, complicado e inmanejable, siempre he albergado hacia a la música una especial reverencia adunada a la secreta frustración de ser un analfabeto en su doctrina.

Por ello no han dejado de sobrecogerme aquellas biografías de músicos cuya existencia se hallaba signada por la enfermedad: patografías de literatos, vaya y pase, me eran en cierto modo más comprensibles y cercanas -creyéndome alguna vez yo de tal gremio- pero la música parecíame un arte más delicado y evanescente, intocable por el perverso hado de la prosaica enfermedad y el dolor.

Robert Schumann (1810-1856) fue el príncipe de los compositores alemanes románticos. Su vida breve se inició en la búsqueda de la maestría como ejecutante del piano hasta que una distonía del dedo medio de la mano derecha coartó su perspectiva vocacional: sin arredrarse ante ello, Schumann abordó profícua carrera de compositor musical y una de sus primeras obras fue precisamente una tocata (Opus No. 7) donde no era menester el uso de tal dedo para ejecutarla.

Los primeros compases de la Tocata (Op. No. 7) de Schumann y la posición de su dedo medio distónico.

Por añadidura a las tempranas pérdidas vinculares en la vida de Schumann -separado de la madre a la corta edad de dos años por una enfermedad de ella, la muerte durante su adolescencia del padre y el suicidio de su hermana Emile-, el músico debió soportar un tortuoso noviazgo con su amada Clara -también consagrada al arte de Euterpe e hija del maestro musical de Schumann- y a la temprana edad de veinte años sufrió el primero de sus episodios maniacos y al corto tiempo un severo episodio de depresión psicótica -se sabe que adicionalmente Schumann sufrió de sífilis pero ésta no explicaría cabalmente la psicopatología de fondo del artista-. Luego de innumerables sinsabores y crisis nerviosas, Schumann, dos años antes de su muerte, intentó el suicidio arrojándose a las aguas invernales del río Rhin, en medio de los tormentos de sus delirios de culpa y honda desvitalización depresiva; sin embargo una barcaza de comparsas carnestolendas lo rescató para pasar al fin sus postreros días confinado en un frenocomio.

Tradicionalmente se ha adjudicado la capacidad de desmesura creativa de muchos intelectuales y artistas con supuesto diagnóstico de trastorno bipolar (antes llamado psicosis maniaco-depresiva) a sus episodios patológicos de elevación del estado de ánimo, pero esa tentación de aureolar de romanticismo tales episodios resulta devaluadora e injusta para el creador puesto que soslaya la capacidad de afronte y ajuste del mismo caudal de talento humano. Sería más ponderado valorar este proceso en su dimensión positiva de resiliencia y de adaptación. Esto es, no creadores tanto por la enfermedad sino pese a ella y a partir de ella. La cita de Menuhin es apodíctica al respecto.

Escuchar a Schumann es evocar su vida fracturada pero de la que logró extraer tan bellas melodías: y es constatar asimismo que la enfermedad mental es un desafío a la medida humana y de todas las potencias personales. «El hombre y el músico en todos los momentos han intentado expresarse simultáneamente, y creo que ese sigue siendo el caso -pero he aprendido a ser más dueño de mí mismo y de mi arte también, en cierto modo-.» (Schumann, en un artículo suyo en Die Neue Zeitschrift für Musik).

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