(SAN ) AGUSTÍN

No voy a estudiar en este artículo a San Agustín como obispo, ni como doctor y Padre de la Iglesia, sino como hombre. Voy a tratar aquí de un punto de física que se refiere al clima de África.

Me parece que San Agustín tenía cerca de catorce años cuando su padre, que era pobre, lo llevó con él a los baños públicos. Dícese que era contra la costumbre de aquella época y que se oponía al decoro que el padre tomase el baño con su hijo. Así lo asegura Valerio Máximo y así también lo dice Bayle. Es cierto que en Roma los patricios y los caballeros romanos no se bañaban con sus hijos en las estufas públicas; pero ¿creéis posible que los pobres que pagaban un ochavo por tomar el baño observaran las prácticas poco decorosas para los ricos?

El hombre opulento se acostaba en una cama de marfil y de plata sobre tapices de púrpura con su concubina. Su mujer, en otro departamento perfumado, se acostaba con su amante. Los hijos, los preceptores, los domésticos, dormían en habitaciones separadas; pero el pueblo dormía amontonado en zaquizamís. No se gastaban cumplimientos en la ciudad de Tagaste, que pertenece a África, y en la que nació San Agustín, por lo que podemos asegurar que iba con su padre al baño de los pobres.

Dicho santo refiere que su padre, al verle tan viril, sintió paternal regocijo, y concibió la esperanza de tener pronto nietos, como efectivamente los tuvo. El buen hombre se apresuró a participar esta noticia a Santa Mónica, que era su esposa. La prematura pubertad de San Agustín, ¿no puede atribuirse al uso anticipado del órgano de la generación? San Jerónimo refiere que una mujer abusó de un niño de diez años y concibió de él un hijo. (Epístola ad Vitalem, tomo III.)

San Agustín, que fue un niño muy libertino, era tan precoz de espíritu como de cuerpo, y nos dice que antes de cumplir los veinte años aprendió sin maestro la geometría, la aritmética y la música (1). Esto prueba que en África, que nosotros llamamos bárbara, los hombres son más precoces que nosotros en todo.

Estas ventajas que obtuvo San Agustín casi nos inducen a creer que Empédocles no se equivocó completamente al afirmar que el fuego es el principio de la Naturaleza. Le ayudaban los otros principios, pero como subalternos. Es un rey que hace obrar a todos sus vasallos, aunque algunas veces inflama demasiado las imaginaciones de su pueblo. No deja de tener razón Sifax para decir a Juba, en el Catón de Addison, que el sol, que hace rodar su carro sobre cabezas africanas, da más color a sus mejillas, más fuego a sus corazones y que las damas de Zama son superiores a las pálidas bellezas de Europa, que la Naturaleza no acabó de llenar de gracias. Ni en París, ni en Estrasburgo, ni en Ratisbona, ni en Viena, hay jóvenes que aprendan la aritmética, las matemáticas ni la música sin maestro y sean padres a los catorce años.

No será, pues, sin duda, una fábula que Atlas, príncipe de Mauritania, a quien los griegos llamaron hijo del cielo, haya sido un célebre astrónomo, e hiciera construir una esfera celeste como la que existe en la China desde hace muchos siglos. Los antiguos, que se expresaban por medio de alegorías, comparan ese hombre con el monte que lleva su nombre, porque esconde su nombre en las nubes y las nubes se creyó que constituían el cielo en la antigüedad.

Los mismos moros cultivaron ventajosamente las ciencias y las enseñaron en España y en Italia durante cinco siglos. La marcha del mundo es ahora muy diferente. La patria de San Agustín sólo es hoy un nido de piratas; Inglaterra, Italia, España, Alemania y Francia, que entonces eran bárbaras, cultivan hoy las artes mejor que las cultivaron nunca los árabes.

Sólo nos proponemos hacer ver en este artículo que el mundo ha experimentado extraordinarios cambios, lo mismo que durante el breve curso de su vida los experimentan los hombres. Agustín, antiguo libertino, es luego orador y filósofo. Desempeña un gran papel; es profesor de retórica. Primero se hace maniqueo y después cristiano, administra el sacramento del bautismo, le nombran obispo y se convierte en Padre de la Iglesia. Su sistema sobre la gracia durante mil y cien años inspira tanto respeto como un artículo de fe. Y al cabo de mil y cien años, los jesuitas encuentran el medio de anatematizar el sistema de San Agustín, palabra por palabra, al anatematizar la exposición de dicho sistema que hicieron Jansenio, Saint-Cyran, Arnauld y Quesnel (2). Dígasenos si esta revolución religiosa no es tan grande como la de África, y si en vista de esto podemos sostener que existe algo permanente en el mundo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *