Salvador Benesdra, la máquina de pensar paranoias

Salvador Benesdra podría haber dicho que su vida da para una novela: de familia sefardita, fue “víctima” de un padre indiferente, clasista y xenófobo; de manera legendariamente precoz dominó varias lenguas extranjeras y terminó el secundario en dos o tres años; en los setenta vivió en París y fue internado en la Maison Blanche, donde inició una revuelta de internos a los que convenció (después de una lectura de La muerte de la familia ) de que eran la verdad neuróticamente reprimida por el capitalismo; estudió en dos o tres años la carrera de psicología para no ejercerla, y fue un brillante periodista de política internacional, un oficio que ejerció en Página/12; ahí fue un líder sindical temible, de articuladísimo discurso pero casi sin poder de persuasión; también fue el loco descalabrado que llevó en un taxi al Obelisco a dos compañeros de trabajo para constatar que los extraterrestres no se lo habían llevado. Benesdra podría haber dicho que su vida era digna de una novela, y de hecho casi todos estos datos encuentran su lugar en El traductor , aunque también podría haberse dejado vencer por la calamidad, o quedar aplastado bajo el peso de la duda. Algo de eso nos imaginamos al leer las desventuras mentales del cavilador insomne que es Ricardo Zevi, cuyas coordenadas espirituales iniciales (antes de sus monstruosas transformaciones) hacen pensar en el más bien extático Gaspar el revolú de Miguel Rep.

Pero Benesdra era un hombre de recursos, y además de la energía para escribir haciendo equilibrio con una laptop en el colectivo, tenía un truco en la manga. Se trata del “instrumento espiritual” con el que Benesdra reconoce haberse ayudado a superar “las crisis más grandes que pueda depararle a uno la vida”, el método que expone en El camino tota l, que ante todo es el libro de autoayuda más extraño que quepa imaginar.

Efecto de lecturas aluvionales y un sueño candoroso (“pegarla” económicamente con un libro) las más de trescientas cuarenta páginas de El camino total están dedicadas a convencernos de que la masticación dubitativa y reflexiva (la acción del hemisferio izquierdo del cerebro) solamente puede condenarnos a la inacción. El subtítulo nos advierte que las técnicas del método son “no ingenuas”: a una mente herida como la de Benesdra le tenía que gustar a la fuerza (como a la heroína de El traductor ) “la difícil y la retorcida”. Limpiemos el zen de formalismos (afuera los fetiches de la postura y la respiración) y nos quedemos con la aniquilación de los fantasmas producidos por el hemisferio izquierdo del cerebro, la ambición, el orgullo, el deseo; recordemos una idea central del zen, no hay metas, el obstáculo es la meta; reduzcamos las sensaciones a sus dos polos, el dolor y el placer, y tengamos conciencia de que el dolor es la máxima expresión del obstáculo. La conclusión es simple: el dolor debe ser el centro de nuestra meditación, el pivot sobre el que descanse nuestro esfuerzo para extinguir al mezquino “pequeño cerebro” y liberar la intuición, la creatividad, el poder mágico latente en el hemisferio derecho. La idea (perversa, “monstruosa” al decir de Fabián Casas en el prólogo) es unir la senda del zen y la senda del faquir, y en función de convencernos Benesdra despliega la que es (junto al humor judío y “serio”, a la Norman Erlich) su mejor cualidad como escritor: su omnivoracidad metabólica, la capacidad de enrolar en una argumentación coherente y demoledora a Mishima, a Kant, a la neurobiología, a David Morris, a Herrigel, a los maestros del zen, a García Márquez y a la Bossa nova mientras se refuta el estoicismo, se disecciona el masoquismo y se prohíbe (a cachetazos autoinfligidos) el fantaseo.

 

La máquina de tragar

El funcionamiento de ese mecanismo voraz es todavía más abrumador en El traductor . Zevi, candidato ideal a necesitar grandes dosis de El camino total (de hecho, hay momentos en que parece diseñado para ilustrar los peligros del fantaseo), empieza su periplo como el sujeto exacto de la novela realista: el microcosmos en el que se entrecruzan todas las fuerzas en choque en la gran historia humana. Como Benesdra, ha abandonado el trotskismo (una opción de izquierda racional frente a las tinieblas líricas del estalinismo y el maoísmo) y mantiene una tibia esperanza en la social democracia, pero está desarmado de toda convicción: es 1989 y Gorbachov (un héroe en el panteón de Benesdra) la pasa muy mal; Turba, la editorial progresista en la que trabaja como traductor y que ha sido desde el 82 la encargada de difundir las mieles del progresismo, es casi la punta de lanza de la flexibilización laboral, porque los Gaitanes (progresistas pero patrón al fin) actúan como el animal del mal que es todo mandamás y empiezan por despedir a Barnes (lector de la editorial) como una simple muestra de poder. Los trabajadores de Turba son el blanco de una saña suave, más dañina por la sordina indulgente con que la administra Benesdra: los “turberos” son amebas de izquierda incapaces de una respuesta obrera más fuerte que un triste petitorio (irónicamente sugerido por Zevi, poco más que un paria en la empresa). En ese momento, con las piezas en posición inicial, el talento de Benesdra para la acumulación y el cruzamiento de datos ejerce sobre Zevi una presión que lo transforma en una bomba de tiempo, aunque congelada por su cualidad de “cavilador dubitativo”.

Pero además Zevi está en el mundo para ser un mártir, y el último clavo en su ataúd ideológico es Ludwig Brockner, un energúmeno alemán de derecha al que tiene que traducir por encargo de Turba. Como una puesta en abismo del metabolismo de Benesdra, el libro de Brockner engulle a Nietzsche, a Lacan y a la biología para volverse un espejo invertido y pesadillesco del mundo interior de Zevi. El universo que diseña nos lleva de vuelta al punto exactamente anterior a la declaración de los derechos del hombre: la división jerárquica del mundo entre amos y esclavos es natural y justa. Todo “repugnante” pensamiento igualitarista (el marxismo, el socialismo desarrollista y su versión religiosa, el cristianismo) es una fantasía moral de resentidos como Zevi. El recurso al reino animal como ejemplo del imperio de la fuerza (“ese mundo sin empates de los arrecifes de coral”, Zevi dixit) es perturbadoramente persuasivo en manos de Brockner. Gran problema para Zevi, un blando que considera las órdenes “una injusticia intrínseca o una atolondrada soberbia” y a su vida de revolú de café “una sucesión de empates”. ¿No está la realidad del lado de la filosofía política de Brockner, sin importar la sospecha de chapucería que late bajo la coraza de nombres y conceptos que la blindan?

Para que Zevi sea el centro del cruce de las fuerzas históricas que se agitan a su alrededor necesita un destino, y Benesdra se lo concede haciendo aparecer a una mujer extraordinaria. Es fácil ver acá una trasposición biográfica desventajosa. La tarde en que Zevi ve cernirse sobre el mundo una “noche de gatos universalmente pardos”, la aparición de la hermosura incaico-guaraní de la adventista salteña Romina Sánchez abre la posibilidad de redención a una vida sentimental frustrante, desgranada en una colección de “fealdades con forma de mujer”; con la expectativa de un ascenso en Turba abierta por el despido de Barnes, Zevi se siente obligado a imaginar una victoria inesperada en un doble tablero. Pero su cabeza es una máquina de sobreinterpretar, una especie de hemisferio izquierdo hiperdesarrollado que acumula versiones y capas de realidad inflamadas de sospecha, y además el terreno doble en el que se juega la chance de ser feliz (el máximo objetivo humano en el mundo de Benesdra, a quien la inteligencia y una omnipotente ingenuidad lo absuelven del miedo al ridículo) es un campo minado. Por un lado, una “reestructuración” en Turba deja gente “desubicada”, al borde de una obsolescencia que va a empujar a la lucha incluso a esa izquierda fofa que sobrevive en la empresa, paralizada por sus propias taras y reblandecida por la derrota y el posmodernismo; por otro, Zevi se arma de imágenes literarias (los rufianes arltianos, Bogart, todo un panteón excéntrico por anacrónico) para impostar la parada del ganador y encarar a Romina con un éxito paradójico: cada triunfo erótico tiene un eco de frialdad que se traduce en espanto cuando se revela el peor de los desiertos de la experiencia, una anorgasmia capaz de congelar la galaxia.

De ahí en adelante, todo lo que pasa y pasó alrededor suyo: la caída de la Unión Soviética, Borges, el racismo de un padre sefardita y un oscuro profeta preso en Gallipoli en el siglo XVII, la mariposa de Pekín, la historia de la izquierda, de la derecha, las particularidades del sindicalismo en Alemania y Japón, la jerarquía de los deportes, los efectos de los psicotrópicos y las relaciones de la política con el sadismo y el masoquismo, la veda de calentura entre las putas y más, mucho más, casi literalmente todo es devorado por el mismo vertedero para servirle de combustible a una de las máquinas más poderosas de la historia de la literatura argentina: la paranoia mesiánica de Ricardo Zevi.

 

La máquina de traducir

El traductor se vuelve entonces un acto de malabarismo y magia: haciendo contorsiones, la conciencia de Zevi entiende cada paso del doble ascenso hacia la cogestión obrera y el orgasmo de Romina como producto de una fatalidad histórica, lo que no deja de redoblar el humor de una novela que es en el fondo una gigantesca comedia de errores.

Para dimensionar el humor de Benesdra hay que imaginar que la lógica de Zevi lo lleva necesariamente a: transformar a Romina en campeona de ping-pong (el verdadero deporte aristocrático en desmedro del tenis) para desbloquear su placer; proponerle una promiscuidad controlada con sus compañeros de facultad (para no ahorrar humillaciones, Romina estudia administración de empresas); atarla a la cama y forzarla a la prostitución amenazándola con un batidor (¡!) calentado al rojo, todo en medio de una avalancha de separaciones, ternuras y humillaciones mutuas (por ejemplo, una hilarante pelea a cachetazos que parece una escena de dibujos animados). Con Zevi reducido a este energúmeno frustrado (a esa altura ya cayó la URSS y murió toda esperanza de ascenso en Turba), Benesdra se parece a un reverso del Sabato que describe Aira en su diccionario de autores latinoamericanos: si Sabato hace profesión de malditismo pero no puede dejar de ser biempensante, Benesdra (digamos que Zevi) hace profesión de biempensante y se vuelve un hijo de puta imperdonable.

La última aventura deductiva de la mente afiebrada de Zevi tiene lugar frente a la pantalla de CNN. Romina lleva unos cuantos meses como prostituta de lujo, y Zevi se ha convencido de que su empresa en común es la avanzada de una utopía de amor libre que va a terminar con las diferencias materiales entre los hombres. Entonces aparece en la televisión la masacre de Waco (seis adventistas fusilados) y la respuesta helada e indiferente de Romina sólo puede significar su deserción, su caída en el lado oscuro. “Algo tan horrible sólo podía ser real”, y esa realidad es el triunfo en la tierra del mal de los señores, la derecha, los tilingos, los trepadores. El software binario e infectado de Zevi concluye que uno de los polos que estructuran la realidad no puede extinguirse, y la única conclusión aceptable es el advenimiento de una avanzada extraterrestre benigna cuyo vehículo es él mismo.

Se ha escrito que no hay epifanías en El traductor porque Benesdra es muy metódico en el relato de las transformaciones de Zevi, entre las que no hay “saltos”. Es una observación que funciona durante las primeras quinientas páginas, cuando la palabra epifanía explota de manera flagrante, revelando que el encastre dialéctico de los episodios es el producto de una mente trastornada. Cuando aún no podemos despejar el signo de la angustia como clave tonal de la novela, Zevi entiende de golpe que su cabeza le ha tomado el pelo: le pintaron los dedos en la comisaría, tiene el meñique roto y como el mismo Benesdra, pasó una temporada en un manicomio.

El traductor descubre entonces su carácter de bufonada y exorcismo. Benesdra la escribió en un momento en el que podía considerar los hechos de su biografía como el delirio que fueron y ordenarlos en una comedia antiparanoica. A diferencia de Pynchon, cuyos lectores no pueden resolver la duda entre concederle a los héroes la iluminación o declararlos lunáticos, Zevi se encuentra con que todas las piezas que tiene en la mano eran de rompecabezas diferentes. “Toda la travesía mental de esas semanas había sido un mero delirio, una convicción tan vacía y arbitraria como la un Otelo fabricándose infidelidades imposibles en el aire con una lógica de celos paranoides, como la de un marido atando cabos que no ha sabido comprender que estaban sueltos para seguir así de sueltos”.

Es difícil no jugar con la idea de que un artefacto literario semejante absorbió la vida de Benesdra hasta extinguirla. En los últimos días, algún lector ha sugerido que Benesdra era un potencial Phillip Roth, pero que la cultura argentina no tiene la masa crítica de lectores ni de snobs como para hacer un éxito de un proyecto novelístico como El traductor o El desierto y su semilla , de Barón Biza. De ahí que el fin de sus autores pueda leerse como síntoma. La idea pasa por alto (por ejemplo) a David Forster Wallace y a John Kennedy Toole, pasa por alto los mecanismos misteriosos del suicidio y la sugerencia de Piglia de que todo escritor argentino tiene sus quince minutos de fama. Pensar que una estrechísima imaginación de cómo funciona el mercado editorial impidió que un premio le salvara la vida a Benesdra es horrible, pero no sirve para nada “rumiarlo”, es parte del ruido del hemisferio izquierdo del cerebro. Hay que seguir la lección de El camino total .

Leí también que El traductor tiene diálogos inverosímiles, que le sobran páginas, que es machista, que la representación de la mujer de Benesdra se ahoga en estereotipos. Se puede revisar los diálogos para demostrar lo contrario; se podría argüir que el machismo existe, o que si El traductor es machista, Lolita alienta la pedofilia; se podría sostener que los estereotipos son instrumentos del pensamiento como cualquier otro, o indicar que el contradictorio Zevi ve en el ascenso planetario de la mujer un indicio del triunfo del bien. Pero tampoco hace falta. Mejor es dejar al margen la resignación, la indulgencia y el interés y preguntarnos qué libro reciente tiene ese grado de pregnancia. Las quejas parecen una contrapartida mezquina para la generosidad de Benesdra, que se enfrentó con su propia cabeza monstruosamente inteligente y con sus frustraciones echando mano a ese coraje ciego de los que no han sido castrados por la crítica, de los que no le tienen miedo a la desprolijidad. Perseguía el sueño irreprochable del batacazo literario y nos dejó a cambio un clásico instantáneo.

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