Salutación navideña según en viejo estilo

Provincia de Buenos Aires
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Icono bizantino de la Navidad

Con motivo de las tradicionales fiestas navideñas, envío mis cordiales saludos, con la esperanza, también, que Dios nos otorgue un muy bendecido y próspero Año Nuevo 2011.

A modo de ilustración y reflexión, acorde a este magno acontecimiento, adjunto, a continuación, el interesante escrito de la Pastora Neydú Sáenz Sotomonte titulado: El día que el Verbo no halló lugar.

Cordialmente, en el amor del Señor.

Jorge Sánchez
Director de Cultos

José C. Paz – Buenos Aires
7 de enero de 2012 / 25 de diciembre de 2011
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El día que el Verbo no halló lugar

Neydú Sáenz Sotomonte (*)

En una noche, adornada de sigilo, mientras su universo y su creación dormían, un grupo de humildes pastores oyó la noticia de que el hombre recibiría su tierra sagrada, porque el hijo de Dios venía a este mundo.

En una provincia romana, se promulgó un edicto ordenando que todo el mundo fuese censado. Para su cumplimiento, cada familia debía desplazarse para ser registrada en su respectiva ciudad.

José, de la casa de David, se había desposado meses atrás con una hermosa joven y, como todos, se dispuso a ir a su comarca para este censo.

Los de la casa y familia de David, debían llegar a Belén para ser inscritos. José y su mujer, quien estaba encinta, fueron desde Nazaret, ciudad de Galilea, para ser empadronados.

Luego de viajar, en precarias condiciones, por lo menos ciento cincuenta kilómetros, se encontraron con el término del alumbramiento del hijo de la hermosa y joven María.
Los estremecimientos que anunciaban que el tiempo había llegado no daban espera, apenas sí podía la mujer tomar aliento y jadeante hacer tiempo para un resuello antes de la siguiente contracción.

Ya no había tiempo para arrepentirse del sí que un día había dado su corazón. El cielo y la tierra parecían juntarse en aquel momento, en un mismo dolor.

Ella, como toda mujer judía, albergó la ilusión de ser la madre del joven rey. En su corazón lo meditó tantas veces y, sin contarlo a nadie, allí mismo lo guardó. Por eso, inexplicable fue su alegría al saberse la elegida y, de la misma forma, en su corazón lo atesoró.

Perdurable para ella sería el día en que el ángel le dijo: “¡Salve, muy favorecida!”. Los días y las noches, a partir de entonces, se le iban en soñar los privilegios que disfrutarían, junto a su hijo.

¡Qué orgullosos se sentirían cuando el pequeño ocupara el trono de David, reinando sobre la casa de Jacob para siempre, en un reino que no tendría fin!

Dios lo colocó en su vientre, de la manera que Él hace las cosas, sobrenaturalmente celestial. ¿Y cómo será su nacimiento? De seguro con mayor majestuosidad que su concepción. Todos estos pensamientos atiborraban su mente cuando lo que parecía ser un nuevo espasmo amenazaba con agitar su cuerpo.

El inexperto esposo no sabía mucho al respecto. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Dónde hallar una partera?

Con asombro, empieza a darse cuenta de que el frágil cuerpo de su esposa se agita, cada vez más, en intervalos menores de tiempo.

¿Dónde están los ángeles? ¿Dónde los fuegos artificiales que anuncien su llegada? Seguramente, en cualquier momento, Dios se manifestará, como debe hacerlo con todo lo referente a su hijo.

Piensa que pronto pasarán los malestares de su mujer, que son a causa del incómodo viaje, ellos no pueden indicar que Emmanuel está por llegar.

El alumbramiento seguro será como aquella noche en que planeaba dejar, secretamente, a su prometida porque había concebido antes de que vivieran juntos. Verdaderamente la amaba y, no queriendo ofenderla, pensaba la manera prudente para abandonarla. En esta reflexión se encontraba ensimismado, cuando un ángel en sueños le visita para explicarle la extraordinaria concepción.

No hizo falta vocablo que dilucidara el asunto, el ángel pronunció que Jesús era el cumplimiento profético de Dios. Y él, obviamente, cual distinguido señor, cumple a su prometida su palabra de honor.

Con orgullo ve crecer, cada día, el delicado vientre de su mujer y pasa los días y las noches imaginando los beneficios que disfrutarán por formar parte de la familia del rey.

No obstante, en la nueva contracción el tiempo juzga detenerse, pues el dolor inclemente parece no tener fin.

Las miradas de los esposos se funden por un instante, para luego deshacerse y permitir que, en ambos, lágrimas fluyan por doquier.

No logran comprender qué sucedió. ¿Qué parte de la historia no lograron entender?, ¿acaso el que pronto llega no es el hijo de Dios? Entonces, que vengan ángeles y les sirvan, que sonidos de trompetas y luces anuncien magistralmente, desde el cielo, que quien toca a la puerta es Rey.

No hubo destellos, ni sonidos solemnes, ni celestiales servidores, tan solo ellos para ayudar que el Verbo encuentre lugar.

La bonita cuna que José cuidadosamente diseñó, en casa se quedó, porque el Verbo usó al llegar tan solo un sucio y deslucido cajón.

El hermoso cobertor que la hábil madre tejió, en aquel día tampoco se estrenó; a cambio, una desgastada túnica en sendos pedazos se rompió.

Por música solemne, notas discordantes de unos toscos animales anunciaron al mundo su llegar.

Y, como si esto fuera insuficiente, la luminaria parpadeante de una endeble y vieja lámpara apenas sí alcanzaba para contemplar el arribo de quien es luz.

Perplejos, no atinaban a musitar palabra; los privilegios, al parecer, terminaron el día de la concepción.

Aquel que en el principio era el Verbo, y estaba con Dios, pues es Dios, vino a su mundo y no encontró lugar.

Aquel, por medio de quien fueron hechas todas las cosas, se negaba a nacer si no pujaba una humilde mujer.

Aquel, que es palabra sazonada en toda dicción, apenas sí ahora lograba balbucear.
En él estaba la vida, y su vida era la luz de los hombres. No obstante, en aquel instante, trémulo e indefenso, luchaba por enfocar sus ojos en los de mamá.

Aquel, que abastece alimento aun para los pájaros del campo, y prodiga toda consolación, ávidamente buscaba ahora su sustento y cómo calmar su llanto en los pechos de la jadeante y rendida mujer.

Aquel, que siendo la roca eterna, cuyos dedos firmes diseñaron y dieron forma a montes, a valles y a mares, ahora con su pequeña mano vacilante buscaba cobijar sus dedos entre la mano sudorosa y fuerte de papá.

Los padres, solo hasta este momento, en lo que pareciera una interminable noche, sacan tiempo para encontrarse a través del velo de sus ojos, formado por un mar de lágrimas.

A una, sin pensar, suspiran atónitos y maravillados al contemplar entre sus brazos y sentir el latir del Verbo hecho carne.

En una noche, adornada de sigilo, mientras su universo y su creación dormían, un grupo de humildes pastores oyó la noticia de que el hombre recibiría su tierra sagrada, porque el hijo de Dios venía a este mundo.

El protocolo real por él se rasgó, solo una gran estrella brilló en el cielo para guiar a unos forasteros hacia aquel Verbo, que es eterno.

Por amor se descubría hecho carne, para morir y entregar su vida al mundo.

Por amor, el Verbo, siendo palabra viva, enmudeció.

Y, no obstante que al venir no halló lugar, su deidad abdicaba al cortar el cordón umbilical de la esforzada mujer que, en el día del cumplimiento de los tiempos, rasgando el protocolo real, presentaba el Verbo hecho carne al mundo.

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