Tom Zé. Un homenaje a contrapelo

En principio habría podido pensarse que también Tom Zé terminó sumándose a las celebraciones por el cincuentenario de la bossa nova, género que en cierta forma quedó establecido con la grabación en 1958 de Chega de saudade en la versión de João Gilberto. Unas celebraciones que –sin pretender negar la importancia de ese movimiento musical–, en realidad no significaron mucho más que un revival entre anquilosado y oportunista, cuyas estribaciones llegaron hasta Buenos Aires en unas intrascendentes presentaciones de Roberto Menescal, Miúcha y algunos otros nombres que ya desde hace mucho no producen nada nuevo. Por su lado, João Gilberto continúa exactamente igual a sí mismo, pero ese es otro tema: su arte es tan radical y perfeccionista que el efecto de renovación no ha cesado todavía, como si se tratase de un experimento de larga duración desarrollado hacia adentro.

Pero Estudando a bossa, el último disco de Tom Zé –que acaba de lanzar en la Argentina el sello Random– toma la forma de un homenaje oblicuo y completamente irónico, tal vez el único que al fin consiga rendirle justicia a la gran revolución de 1958. El antecedente de este nuevo trabajo de Tom Zé es su álbum de 1976, Estudando o samba, una de las joyas de toda la música brasileña, aunque muchos de nosotros accedimos a ese disco bastante después de su edición.

Tom Zé es uno de los mayores casos de renacimiento en la música de la región. Nacido en 1936 en Irará, Bahia, el músico tuvo una participación significativa en el movimiento tropicalista pero, a diferencia de artistas como Gilberto Gil o Caetano Veloso, su estrella se apagó rápidamente y quedó casi en el anonimato. En el posfacio de 1974 a la reedición del fundamental libro Balanço da bossa e outras bossas, Augusto de Campos escribió: “Quisiera hablar [ahora] de los [músicos] menos citados. De Tom Zé, por ejemplo, el único bahiano que quedó en San Pablo después de la muerte del Tropicalismo. Una larga convivencia con él, en la soledad de los ocho millones de habitantes, me hizo conocer de cerca a un trovador dedicado, en sus mejores momentos, a combatir el ‘buen tono’ y a fundir palabra y sonido”.

Pero ese atinado comentario del poeta y ensayista brasileño no bastó para sacar a Tom Zé del olvido. El reconocimiento merecido recién le llegaría a los 63 años, por vía del estadounidense David Byrne, que en 1989 escuchó precisamente Estudando o samba y puso el sello Luaka Bop a su disposición. Hoy Zé no es sólo una figura central en la música del Brasil, sino un objeto de culto en varias partes del mundo.

En 2003, antes del primer show de Tom Zé en la Argentina, el autor de esta nota tuvo oportunidad de hacerle una entrevista telefónica. Vale la pena reproducir la respuesta que dio Zé a la pregunta por los motivos de ese largo ostracismo paulista: “Primero, no es fácil salir del anonimato si la escena está ocupada por músicos de la dimensión de Gilberto Gil o Caetano Veloso. Yo no hacía lo de ellos, esas composiciones ‘de espina dorsal’. Tal vez yo no valoraba demasiado lo que hacía y es probable que hasta que no me llamó Byrne yo no tuviese mucha conciencia de cuál era mi eje de trabajo. De hecho, días antes de que me llamara, estaba pensado en volverme a Bahia a trabajar en la gasolinería de un sobrino. Estaba muy mal, pero esto no debe sonar como un reproche. Aquí en el Brasil hay una estética de la queja, y yo no quiero tener nada que ver con eso”.

EL DISCO, COMO EN CIERTA FORMA LO FUE LA BOSSA, ES TAMBIÉN UNA CELEBRACIÓN DE LO FEMENINO EN SUS FORMAS MÁS VARIADAS Y ES ASÍ COMO UNA GRAN SUCESIÓN DE CANTANTES DESFILA POR LAS DISTINTAS PISTAS.

En el lenguaje de Tom Zé, composición “de espina dorsal” quiere decir canción redonda, de factura original, melódicamente consistente, cerrada sobre sí misma. Por cierto, en Estudando o samba el acento se ponía en otro lado. Estudiar el samba significó para Tom Zé revisar las fuentes del género con sentimiento crítico; una especie de “deconstrucción” del samba, mucho antes de que ese término crítico hiciese su aparición en el dominio de la música popular. Estudando o samba consolidó una constante estilística en el trabajo de Tom Zé, a saber: la composición en estratos; la superposición de una capa sobre otra; la irrupción de sonidos inéditos (producidos por unas extrañas máquinas musicales inventadas por el autor); y un generalizado efecto de composición a contrapelo que en ese disco tendrá su punto culminante en la extraordinaria relectura de A felicidade, donde la ambigüedad del ritmo y el efecto de desfase entre melodía y acompañamiento vuelven todavía más desolado y expresivo el original de Jobim y Vinicius de Moraes, cuya belleza parece cifrarse en esos versos de trágica simplicidad. El hecho de volver a escucharlos y leerlos en los contextos más variados no debería hacernos olvidar su grandeza: “Tristeza não tem fim, felicidade sim”.

Estudiar el samba consistía, entonces, no tanto en la creación de melodías originales, sino en una reelaboración; una exploración en el interior de un campo, más que una creación “desde la nada”; en el samba tomado no tanto como fuente de inspiración, sino como puzle o mecano. Esta idea del trabajo del operario por encima del trabajo artístico (genial) se ha venido representando de muchas maneras en Tom Zé, y el público de Buenos Aires pudo comprobarlo en esos recitales en los que el músico aparecía invariablemente enfundado en ropa de fajina, con sus mamelucos, sus cascos, sus afiladoras y esa increíble performance física de un hombre que ya por entonces bordeaba los setenta.

El enunciado de Estudando o samba fue retomado en un disco de 2005, Estudando o pagode, que si bien no careció por completo de interés, fue un reflejo pálido del original. Ahora bien, en Estudando a bossa el brillo reaparece intacto, seguramente no sólo por el genio creativo de Tom Zé sino también por la extraordinaria reserva de materiales que representa la bossa nova en un sentido estético y político.

En las notas para el cuadernillo del disco, el autor afirma que el álbum fue concebido como un desfile de escola de samba; el desfile abre con un discurso de Getúlio Vargas, que si bien es de 1951, “da el tono de cuadro político del coronel caudillista que dominaba en el Brasil en 1958” (el discurso de Vargas reaparece en varias partes del disco, aunque sólo oímos los vivas de la multitud y el saludo del líder a los “trabalhadores do Brasil”). Ese desfile es en verdad una deconstrucción de todas las metáforas y onomatopeyas de la bossa nova en sus diferentes escalas poéticas e instrumentales. Es también una desopilante evocación de la irrupción de la bossa nova como meteorito modernista, que tiene uno de sus puntos culminantes en O céu desabou (“siempre me conmovió –escribe Tom Zé en el “Enredo”, otra de las notas del CD, escrita en la caja misma de este álbum-manifiesto– aquel grupo de artistas despertando desempleados y sin grabadores, de un día para el otro”) y en Brazil, capital de Buenos Aires (una de cuyas estrofas asegura que hasta que la bossa nova inventó al Brasil, “en la cultura-Hollywood el cine decía que en Buenos Aires había una playa llamada Río de Janeiro que como era tan helada sólo podía tener Carnaval en el mes de febrero”).

El disco suma catorce composiciones, todas firmadas por Tom Zé, cuatro en colaboración con Arnaldo Antunes; entre estas últimas, Filho do pato, deliciosa continuación de O pato, un clásico del movimiento en la interpretación de João Gilberto, y Rio Arrepio, de la que vale la pena transcribir al menos dos estrofas: “Todavía no me he repuesto / de haber perdido a Elis, Maysa, Dolores y Leila Diniz/ Por eso en la Lapa bohemia / se dice que en la canción del país / nunca la tristeza fue tan feliz”. Esta ironía poética que llega tan lejos en el imaginario brasileño tiene su correspondencia en la realización musical. La escala instrumental replica los tradicionales instrumentos acústicos de la bossa nova y se amplía en la formidable extensión del elenco femenino. El disco, como en cierta forma lo fue la bossa, es también una celebración de lo femenino en sus formas más variadas y es así como una gran sucesión de cantantes desfila por las distintas pistas, desde Mariana Aydar hasta Badi Assad; ninguna demasiado conocida, pero una mejor que otra.

La voz femenina suma a las interpretaciones de Tom Zé una disposición antifonal –también presente en la bossa nova, especialmente en los afrosambas– que más que el esquema tradicional de preguntas y respuestas expresa una sutil forma de canción con comentario, lo que agrega otra cuota de espesor. Las ironías de Tom Zé no dejan sin embargo de capturar lo esencial del movimiento de 1958, que es precisamente la belleza. Hay, por cierto, varias canciones con “espina dorsal”, y la pieza que Zé canta con la maravillosa Badi Assad (De: Terra; Para: Humanidade) es un milagro lírico que uno ya no esperaría encontrar en Tom Zé, si se piensa en esos discos suyos anteriores como Defecto de fabricación o Danza de los herederos del sacrificio, que él inscribió explícitamente en el género de la poscanción y que parecían en efecto darle la razón al veredicto de Chico Buarque sobre la canción como un género definitivamente del pasado (esto es, del siglo XX). No es el único milagro de Estudando a bossa.

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