Rompiendo muros dentro de un CIE

La realidad de los Centros de Internamiento de personas Extranjeras (CIE) es uno de los puntos negros más vergonzosos de nuestra sociedad. Incluso el propio Consejo General de la Abogacía Española denunció recientemente que la mitad de las privaciones de libertad en estos centros no tiene «un fundamento legal», ya que estas instalaciones sirven de paso previo a la expulsión del país y, al final, menos del 50% de las personas recluidas llegan a ser deportadas.

Mientras las autoridades se deciden a dar una solución a este problema, son muchas las organizaciones que trabajan con las personas que se encuentran recluidas en estos “campos de refugiados” dentro de nuestras fronteras. Una de ellas es la Asociación Elín, que, desde hace doce años, comparte experiencias con emigrantes y refugiados en Ceuta, velando por sus derechos y el reconocimiento de su dignidad, abiertos a grupos y personas que quieran conocer esta realidad. La línea de trabajo en los CIE la enmarcan dentro del acompañamiento por parte de la Asociación Elín y la comunidad de Carmelitas Vedruna de Ceuta con las personas inmigrantes que pasan por Ceuta y son llevadas a los centros de internamiento. Tres de sus voluntarios, Jesús, Magdalena y Estefanía, han celebrado recientemente una oración en el CIE de Algeciras y han querido compartir el testimonio de esta experiencia.

Foto. Asociación Elín.El pasado 18 de marzo Jesús, Magdalena y Estefanía celebramos una gran oración con todos los chicos que quisieron acercarse a compartir este momento tan especial. Entrar a un centro de internamiento entraña una gran dificultad, dado que no existen unas reglas internas claras y su funcionamiento depende de forma arbitraria de lo que cada funcionario público del Estado decida en cada momento. Esto conlleva que el hecho de tener permiso de visita sea aceptado o no por el trabajador y, del mismo modo, el tiempo que sea permitido, así como el contacto que quieras tener con el interno puede en ese momento ser más o menos controlado, es decir, más o menos humano y libre.

Todo empezó con la ilusión y ganas de uno de los policías que trabajan allí, en este centro, una persona de lo más sensible. Alguien que se deja tambalear por la vida de estos chicos a pesar de su impasible físico y duro carácter. Quien con todo el corazón preparó hasta el más mínimo detalle: desde los dulces favoritos de los chicos, hasta la mesa de la Eucaristía traída de su casa.

Al llegar preparamos todo y les invitamos a participar de aquel momento de unidad por ellos. Pero con el corazón encogido y el temor, al tiempo que rabia, de sentir mientras esperábamos su llegada ese silencio tan profundo y frío que envolvía aquellos muros.

Ellos fueron llegando con tristeza y turbación, aquellos a los que ya conocíamos (Steve, Loumkua, Alex …) estaban especialmente impactados por nuestra presencia ahí dentro, parecían no saber bien cómo reaccionar. Tuvimos que acercarnos a saludarles porque el bloqueo era realmente impactante. Fuimos saludando a todos los que allí se iban acercando hasta que la Eucaristía dio comienzo, una celebración de la que formaron parte hombres de todas las nacionalidades y religiones, así como culturas. Rusos, sudamericanos, marroquíes, subsaharianos… estos últimos mayoritarios. Todos juntos alrededor de una misma mesa, unidos por Dios sintiendo la fe, la fuerza y sobre todo el amor.

En varias lenguas fuimos compartiendo nuestras motivaciones, ilusiones, deseos, esperanzas… en todas las lenguas que pudimos: inglés, francés y español. La celebración se llenó también de palabras de paz y amor de un pastor africano que compartió su amor al prójimo con todos desde lo más hondo de su corazón. Los musulmanes, a la mitad se tuvieron que despedir por tener que ir a rezar, pero pidieron disculpas con gran cariño y educación, algo tristes por tener que marcharse.

Uno de los momentos más fuertes de esta celebración fue durante la oración del padrenuestro en la que nos dimos las manos para rezarlo todos juntos, cada uno en su lengua y estando en el patio todos unidos como uno. Uno de los voluntarios, Jesús, vio que solo faltaban los dos policías que allí nos vigilaban y les invitó a unirse al círculo para estar realmente todos juntos… Ellos dudaron pero sí se unieron al grupo y rezamos sintiendo que Dios estaba en ese patio o que nosotros habíamos ascendido a los cielos, creímos que el Reino estaba ahí con nosotros dentro de él.

Foto. Asociación Elín.Vivimos que su voluntad se estaba haciendo realidad, porque su voluntad era romper fronteras y lo estábamos consiguiendo tanto en la tierra como en el cielo. Comimos juntos el pan que Él nos dio y que todavía hoy nos sigue alimentando. Experimentamos su perdón, el perdón de los internos a los trabajadores que allí les custodian, perdonando así a los que les ofenden. Pedimos fuerzas para no caer en la tentación de sentirnos vencidos y derrumbarnos en los momentos de debilidad o flaqueza y ser capaces así de alimentarnos de este momento mágico que fue único y que quizá nunca antes se había vivido.

La emoción de esa gran oración y comunión como Iglesia universal terminó en fiesta animada por los africanos, hubo que ayudarles a decidirse para cantar sin miedo y escapando, aunque fuera por un momento, de esa prisión. Lo conseguimos, con unos dulces, unas bebidas y el amor que consigue romper los muros, las vallas, las diferencias entre unos y otros. Reímos, bailamos, cantamos y pudimos abrazarnos con fuerza, compartiendo la alegría de ese momento, unida al sufrimiento pasado por ellos, logrando vaciarles en parte de ese dolor y llenándoles de esperanza para continuar el camino.

Elín, con su mensaje, se hizo presente una vez más, fuimos un pequeño oasis en ese desierto duro y frío que quiebra al ser humano. Pudimos escuchar a algunos de los funcionarios sorprenderse de la alegría de los chicos, cómo elevaban su canto a Dios, libres a pesar de aquel lugar. Nos despedimos de ellos, después de tres horas, entre risas y abrazos.

Finalmente, pasamos a visitar el módulo de mujeres: Nigeria, Costa de Marfil, Argelia, Rusia, Túnez… diez en total. Les transmitimos nuestra alegría, de la oración compartida, nos agradecieron entre sonrisas… otro momento mágico. Conforme salíamos, ellos nos iban buscando con la mirada que se cruzaba entre las rejas y nos despedía silenciosamente, con un grito unánime: ¡gracias!

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