] ROME REPORTS: 50 AÑOS DEL CONCILIO VATICANO II, Bartolome I, patriarca de Constantinopla y Arz. anglicano Rowan Williams (textos en inglés y castellano),

Newsletter 11-10-2012


Papa inaugura el Año de la Fe e invita a redescubrir el Concilio Vaticano II

11 de octubre, 2012 (Romereports.com)   Benedicto XVI entró en la plaza de San Pedro para presidir la misa de apertura del Año de la Fe, con el himno oficial de este año como música de fondo. Ha sido también una ceremonia muy solemne, con la que ha recordado el 50 aniversario del Concilio Vaticano II y los 20 años del Catecismo de la Iglesia católica.    Leer más


 

Patriarca ortodoxo de Constantinopla reconoce ante el Papa la capacidad de unir del Concilio Vaticano II

11 de octubre, 2012. (Romereports.com) Tras la misa de inauguración del Año de la Fe  Bartolome I, patri arca de Constantinopla, reconoció la importancia que ha tenido el Concilio Vaticano II en el camino hacia la unidad de los cristianos.    Leer más


 

Superior de los Legionarios de Cristo se toma un «periodo de descanso por motivos de salud»

11 de octubre, 2012. (Romereports.com) El cardenal Velasio De Paolis ha concedido a Álvaro Corcuera, director general de los Legionarios de Cristo, un «periodo de descanso por motivos de salud para recuperarse de cara al próximo Capítulo general». Hasta ese momento ejercerá sus funciones su vicario general Sylvester Heereman. Leer más


 

Primado anglicano Rowan Williams habla a los obispos del sínodo sobre la Nueva Evangelización

11 de octubre, 2012. (Romereports.com) El arzobispo de Canterbury explicó sus ideas sobre la Nueva Evangelización al Papa y a los 262 obispos católicos reunidos en Roma para participar en el sínodo.   Benedicto XVI invitó personalmente al primado anglicano Rowan Williams a participar en encuentro.  Leer más


 

Homilía de Benedicto XVI para la apertura del Año de la Fe

11 de octubre, 2012 (Romereports.com) Durante la Misa de inauguración del Año de la Fe, Benedicto XVI ha recordado el contexto histórico en el que se convocó el Concilio Vaticano II hace 50 por Juan XXIII. Benedicto XVI ha dicho que este Año de la Fe no es sólo conmemorar una ef eméride sino una necesidad. El Papa ha invitado a conocer mejor los documentos del Concilio para poder ir a las raíces de la fe y que la Nueva Evangelización no sea sólo un ideal sino que se apoye en una base sólida. VER TEXTO COMPLETO EN ESPAÑOL:     Leer más


 

Benedicto XVI inaugura en la Plaza de San Pedro el Año de la Fe

11 de octubre, 2012. (Romereports.com)   Con una multitudinaria misa en la Plaza de San Pedro, Benedicto XVI ha inaugurado el Año de la Fe, 50 años después de la apertura del Concilio Vaticano II.   Leer más


 

Discurso del líder de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, en el Sínodo de obispos

11 de octubre, 2012. (Romereports.com) (-SÓLO VÍDEO-) El principal líder de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, ha participado en el Sínodo para la Nueva Evangelización ante 262 obispos católicos.El arzobispo de Canterbury dijo que el Concilio Vaticano II fue un redescubrimiento del mensaje del evangelio. Además explicó que produjo una renovación dentro de la Iglesia católica y un aumento de su credibilidad ante el mundo.VER TEXTO COMPLETO: Leer más


 

11 de octubre, 2012. (Romereports.com) (-SÓLO VÍDEO-) El principal líder de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, ha participado en el Sínodo para la Nueva Evangelización ante 262 obispos católicos.

VER TEXTO COMPLETO:

Su Santidad,
Reverendos Padres,
Hermanos y hermanas en Cristo,

Queridos amigos: Es para mi un honor haber sido invitado por el Santo Padre para hablar en esta asamblea: como dice el Salmista, ‘Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum’. La asamblea del Sínodo de los obispos para el bien del pueblo de Cristo es una de esas disciplinas que sostienen la salud de la Iglesia de Cristo. Hoy, en especial, no podemos olvidar la gran asamblea de ‘fratres in unum’ que fue el Concilio Vaticano II, que hizo tanto por la salud de la Iglesia, ayudándola a recuperar mucha de la energía necesaria para la proclamación de la Buena Nueva de Jesucristo de un manera eficaz en nuestro tiempo. Para mucha gente de mi generación, incluso más allá de los límites de la Iglesia Católica Romana , el Concilio fue un signo de gran promesa, un signo de que la Iglesia era suficientemente fuerte para plantearse cuestiones difíciles en cuanto a su cultura y sus estructuras y si éstas eran las adecuadas para la tarea de compartir el Evangelio con la compleja, a menudo rebelde y siempre inquieta mente del mundo moderno.

El Concilio fue, en muchos aspectos, un redescubrimiento de la inquietud y pasión evangélica, centrada no sólo en la renovación de la propia vida de la Iglesia, sino también en su credibilidad en el mundo. Textos como Lumen gentium y Gaudium et spes ofrecieron una visión fresca y gozosa de cómo la inmutable realidad de Cristo vivo en su Cuerpo en la tierra, a través del don del Espíritu Santo, puede hablar con palabras nuevas a la sociedad de nuestro tiempo, e incluso a quienes pertenecen a otros credos. No es sorprendente que, cincuenta años después, sigamos debatiendo sobre algunas de las mismas cuestiones e implicaciones del Concilio. Y pienso que la preocupación de este Sínodo por la nueva evangelización es parte de esa exploración continua de la herencia del Concilio.

Pero uno de los aspectos más importantes de la teología, según el Vaticano II, era la renovación de la antropología cristiana. En lugar de la narración neoescolástica, a menudo tergiversada y artificial, sobre cómo la gracia y la naturaleza se relacionan en la constitución del ser humano, el Concilio amplió los importantes elementos de una teología que volvía a fuentes más tempranas y ricas: la teología de algunos genios espirituales como Henri de Lubac, quien nos recordó lo que significaba para el Cristianismo primitivo y medieval hablar de la humanidad hecha a imagen de Dios y de la gracia como la perfección y transfiguración de esa imagen, durante mucho tiempo revestida de nuestra habitual ‘inhumanidad’. Bajo esta luz, proclamar el Evangelio es proclamar que por lo menos es posible ser adecuadamente humano: la fe Católica y Cristiana es un ‘verdadero humanismo’, tomando una frase prestada de otro genio del siglo pasado, Jacques Maritain.

Sin embargo, Lubac es muy claro sobre lo que esto no significa. Nosotros no sustituimos la tarea evangélica por una campaña de ‘humanización’. ‘¿Humanizar antes de Cristianizar?’, pregunta él. ‘Si la empresa tiene éxito, el Cristianismo llegará muy tarde: le quitarán el puesto. ¿Y quién piensa que el Cristianismo no humaniza?’. Así escribe Lubac en su maravillosa colección de aforismos, Paradojas. Es la fe misma quien forma el trabajo de humanización y la empresa de humanización estaría vacía sin la definición de humanidad dada en el Segundo Adán. La evangelización, primitiva o nueva, debe estar enraizada en la profunda confianza de que poseemos un destino humano inconfundible para mostrar y compartir con el mundo. Hay muchas maneras de decirlo, pero en estas breves observaciones quiero concentrar un único aspecto en particular.

Ser completamente humano es ser recreado en la imagen de la humanidad de Cristo; y esta humanidad es la perfecta ‘traducción’ humana de la relación entre el Hijo eterno y el Padre eterno, una relación de amor y adorada entrega, un desbordamiento de vida hacia el Otro. Así, la humanidad en la que nos transformamos en el Espíritu, la humanidad que queremos compartir con el mundo como fruto de la labor redentora de Cristo, es una humanidad contemplativa. Edith Stein observó que empezamos a entender la teología cuando vemos a Dios como el “Primer Teólogo”, el primero que habla acerca de la realidad de la vida divina, porque ‘todas las palabras sobre Dios presuponen la propia palabra de Dios’. De forma análoga, podríamos decir que empezamos a comprender la contemplación cuando vemos a Dios como el primer contemplativo, el paradigma eterno de la desinteresada atención al otro que no trae la muerte, sino la vida a nuestro yo. Toda contemplación de Dios presupone el propio conocimiento gozoso y absorto en sí mismo de Dios, mirándose fijamente en la vida trinitaria.

Ser contemplativo, así como Cristo es contemplativo, es abrirse a toda la plenitud que el Padre desea verter en nuestros corazones. Con nuestras mentes sosegadas y preparadas a recibir, con nuestras auto-generadas fantasías sobre Dios y sobre nosotros acalladas, estamos por fin en el punto donde quizás empecemos a crecer. Y el rostro que necesitamos mostrar a nuestro mundo es el rostro de una humanidad en crecimiento infinito hacia el amor, una humanidad tan contenta y partícipe de la gloria hacia la que nos dirigimos que estamos dispuestos a embarcanos en un viaje sin fin, para encontrar nuestro camino más profundo en él, en el corazón de la vida trinitaria. San Pablo habla de cómo “con el rostro descubierto, reflejamos, … la gloria del Señor” (2 Co 3, 18), transfigurados por un resplandor cada vez mayor. Este es el rostro que debemos esforzarnos por mostrar a nuestro prójimo.

Y debemos esforzarnos no porque estemos buscando alguna ‘experiencia religiosa’ privada que nos dé seguridad y nos haga más santos. Nos esforzamos porque en este olvidarse de uno mismo mirando fijamente hacia la luz de Dios en Cristo, aprendemos cómo mirarnos los unos a los otros, y a toda la creación de Dios. En la Iglesia primitiva había una comprensión clara de la necesidad de avanzar, desde una autocomprensión o autocontemplación instigada por la disciplina de nuestros ávidos instintos y ansias, hacia una ‘natural contemplación’ que percibía y veneraba la sabiduría de Dios en el orden del mundo, permitiéndonos ver la realidad creada por lo que realmente era a la vista de Dios – más de lo que era en el sentido de cómo podíamos usarla o dominarla. Y desde aquí, la gracia nos guiaría hacia la verdadera ‘teología’, mirando fija y silenciosamente a Dios, meta de todo nuestro discipulado.

En esta perspectiva, la contemplación está lejos de ser sólo un tipo de cosa que hacen los cristianos: es la clave para la oración, la liturgia, el arte y la ética, la clave para la esencia de una humanidad renovada capaz de ver al mundo y a otros sujetos del mundo con libertad – libertad de las costumbres egoístas y codiciosas, y de la comprensión distorsionada que de ellas proviene. Para explicarlo con audacia, la contemplación es la única y última respuesta al mundo irreal e insano que nuestros sistemas financieros, nuestra cultura de la publicidad y nuestras emociones caóticas e irreflexivas nos empujan a habitar. Aprender la práctica contemplativa es aprender lo que necesitamos para vivir de una manera verdadera, honesta y amorosa. Es una cuestión profundamente revolucionaria.

En su autobiografía, Thomas Merton describe una experiencia que le ocurrió poco después de entrar en el monasterio donde pasó el resto de su vida (Silencio elegido). Tenía la gripe y estuvo ingresado en la enfermería durante unos días y, dice, sintió una ‘alegría secreta’ por la oportunidad que este hecho le dio para rezar y ‘hacer todo lo que quería hacer, sin tener que correr por todo el lugar respondiendo a campanillas’. Está obligado a reconocer que su actitud revela que ‘todos mis malos hábitos… habían entrado subrepticiamente conmigo en el monasterio y habían recibido los hábitos religiosos conmigo: glotonería espiritual, sensualidad espiritual, orgullo espiritual’. En otras palabras, él intentaba vivir una vida cristiana con el bagaje emocional de alguien todavía profundamente desposado con la búsqueda de la satisfacción individual. Es un aviso poderoso: tenemos que tener cuidado que nuestra evangelización no sirva sencillamente como elemento de persuasión para que la gente le pida a Dios y a la vida del espíritu por los hechos dramáticos, excitantes o de autoadulación que tan a menudo satisfacen nuestra vida diaria. Esto fue expresado de forma más contundente hace algunas décadas por el estadounidense estudiante de religión Jacob Needleman, en un libro controvertido y desafiante titulado Cristianismo perdido: las palabras del Evangelio, dice, están dirigidas a los seres humanos que ‘ya no existen’. Es decir, responder, entregándose, a lo que el Evangelio pide de nosotros significa transformar completamente nuestro ser, nuestros sentimientos y nuestros pensamientos e imaginación. Convertirse a la fe no significa sencillamente adoptar un nuevo grupo de creencias, sino transformarse en una nueva persona, una persona en comunión con Dios y con otros a través de Jesucristo.

La contemplación es un elemento intrínseco de este proceso de transformación. Aprender a mirar a Dios sin tener en cuenta mi propia satisfacción inmediata, aprender a escrudiñar y relativizar las ansias y fantasías que surgen dentro de mi – esto es permitir a Dios ser Dios y, así, permitir que la oración de Cristo, la propia relación de Dios con Dios, entre viva dentro de mí. Invocar al Espíritu Santo es pedir a la tercera persona de la Trinidad que entre en mi espíritu y traiga la claridad que necesito para ver dónde soy esclavo de ansias y fantasías, para que me dé paciencia y sosiego mientras la luz y el amor de Dios penetran en mi vida interior. Sólo si esto empieza a suceder estaré liberado de tratar los dones de Dios como otro grupo de objetos que compro para ser feliz o para dominar a otros. Y mientras este proceso se desarrolla, soy más libre – tomando prestada una frase de San Agustín (Confesiones IV.7) – para ‘amar a los seres humanos de una manera humana’, amarles no por lo que me prometan a mi, amarles no porque me den seguridad y confort duradero, sino como mi prójimo frágil sostenido en el amor de Dios. Descubro entones (como hemos observado anteriormente) cómo debo mirar a las personas y a las cosas por lo que son en relación con Dios, no conmigo. Y es aquí donde la verdadera justicia, como el verdadero amor, tiene sus raíces.

El rostro humano que los cristianos quieren ofrecer al mundo es un rostro marcado por esta justicia y este amor y, por tanto, un rostro formado en la contemplación, en la disciplina del silencio y en la separación de los objetos que nos esclavizan y de los instintos irracionales que nos decepcionan. Si la evangelización es una cuestión de mostrar al mundo el rostro humano ‘revelado’ que refleja el rostro del Hijo vuelto hacia el Padre, debe llevar en él el compromiso serio de fomentar y nutrir la oración y la práctica. No es necesario decir que esto no quiere en absoluto discutir que esta transformación ‘interna’ es más importante que la acción por la justicia; más bien quiere insistir en el hecho de que la claridad y la energía que necesitamos para llevar adelante la justicia requiere que demos espacio a la verdad, para que la realidad de Dios la atraviese. De lo contrario, nuestra búsqueda de la justicia o de la paz se convierte en otro ejercicio de voluntad humana, socavada por la autodecepción humana. Las dos llamadas son inseparables: la llamada a la ‘oración y la recta acción’, como dijo el mártir protestante Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde su celda en la cárcel en 1944. La verdadera oración purifica el motivo, la verdadera justicia es el trabajo necesario para compartir y liberar en otros la humanidad que hemos descubierto en nuestro encuentro contemplativo.

Los que saben poco y se preocupan aún menos de las instituciones y jerarquías de la Iglesia, estos días se encuentran a menudo atraídos y retados por vidas que muestran algo de esto. Son las comunidades nuevas y renovadas las que de manera más eficaz llegan a aquellos que nunca han creído o que han abandonado la fe por vacía o añeja. Cuando se escribe la historia cristiana de nuestro tiempo, en referencia a Europa y América del Norte especialmente, pero no sólo, vemos cuán central y vital ha sido el testimonio de lugares como Taizé o Bose, pero también el de otras comunidades más tradicionales, transformadas en centros para la exploración de una humanidad más amplia y profunda de lo que fomentan los hábitos sociales. Y las grandes redes de espiritualidad, como San Egidio, los Focolares, Comunión y Liberación, muestran también el mismo fenómeno: crean espacios para una visión humana más profunda porque todos ellos, de varias maneras, ofrecen una disciplina de vida personal y comunitaria que hace que la realidad de Jesús entre viva en nosotros.

Y, como muestran estos ejemplos, la atracción y el reto de los que estamos hablando pueden crear compromisos y entusiasmos que crucen las líneas confesionales históricas. Nos hemos acostumbrado a hablar en estos días sobre la importancia vital del ‘ecumenismo espiritual’: pero ésta no debe ser una cuestión que, de alguna manera, se oponga a lo espiritual y lo institucional, y no debe reemplazar los compromisos específicos con un sentido general de sentimiento común cristiano. Si tenemos una descripción sólida y rica de lo que la palabra ‘espiritual’ en sí misma significa, enraizada en los contenidos bíblicos como los del pasaje de la Segunda Epístola a los Corintios mencionada antes, entenderemos el ecumenismo espiritual como la búsqueda compartida para nutrir y sostener las disciplinas contemplativas con la esperanza de revelar el rostro de una nueva humanidad. Y cuanto más separados estemos como cristianos de distintas confesiones, menos convincente será ese rostro. He mencionado el movimiento de los Focolares hace un momento: Ustedes se acordarán de que el imperativo básico en la espiritualidad de Chiara Lubich era ‘haceros uno’ – uno con Cristo Crucificado y abandonado, uno a través de Él con el Padre, uno con todos los llamados a esta unidad y, por tanto, uno con los más necesitados del mundo. ‘Los que viven en unidad… viven haciendo que ellos mismos penetren más en Dios. Crecen siempre más cercanos a Dios… y lo más cercano que están de Él, lo más cerca que están de los corazones de sus hermanos y hermanas’ (Chiara Lubich: Escritos esenciales). El hábito contemplativo elimina una desatenta superioridad hacia otros creyentes bautizados y la suposición de que no tengo que aprender nada de ellos. En la medida en que el hábito de la contemplación nos ayuda a acercanos a esta experiencia como a un don, siempre nos preguntaremos qué es lo que el hermano o hermana puede compartir con nosotros – incluso el hermano o hermana que de alguna manera está separado de nosotros o de lo que suponemos que es la plenitud en la comunión. ‘Quam bonum et quam jucundum…’.

En práctica, esto puede sugerir que, allí donde se lleven a cabo iniciativas para alcanzar con nuevos medios a un público cristiano no practicante o post-cristiano, debe realizarse un trabajo serio sobre cómo este alcance se puede enraizar en una práctica contemplativa, compartida ecuménicamente. Además del modo sorprendente con el que Taizé ha desarrollado una ‘cultura’ litúrgica internacional accesible a una gran variedad de personas, una red como la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana , con sus fuertes raíces y afiliaciones benedictinas, ha traído nuevas posibilidades. Y lo que es más, esta comunidad ha trabajado con ahínco para crear una práctica contemplativa accesible a los niños y a los jóvenes, y ello necesita el mayor impulso posible. Habiendo visto de cerca – en escuelas anglicanas de Inglaterra – el modo caluroso con que los niños responden a la invitación ofrecida por la meditación en esta tradición, creo que su potencial para introducir a la gente joven en la profundidad de nuestra fe es verdaderamente muy grande. Y para quienes se han alejado de la práctica regular de la fe sacramental, los ritmos y las prácticas de Taizé o de la CMMC (WCCM sus siglas en inglés) son a menudo un camino de regreso al corazón y al hogar sacramental.

Gente de todas las edades reconoce en estás prácticas la posibilidad, bastante sencilla, de vivir más humanamente – vivir con una codicia menos frenética, vivir con espacio para el sosiego, vivir esperando aprender y, sobre todo, vivir con la conciencia de que hay un gozo sólido y perdurable pendiente de ser descubierto en las disciplinas en las que olvidamos nuestro propio yo, bastante distintas de la gratificación que viene de éste o aquel impulso del momento. A menos que nuestra evangelización abra la puerta a todo esto, corremos el riesgo de intentar sostener la fe basándonos en una serie inmutable de hábitos humanos – con el consiguiente resultado demasiado familiar de la Iglesia vista como una más de las instituciones puramente humanas, ansiosas, ocupadas, competitivas y controladoras. En un sentido muy importante, una verdadera tarea evangelizadora será siempre también una re-evangelización de nosotros mismos como cristianos, un redescubrir por qué nuestra fe es diferente, pues transfigura, y un recuperar nuestra propia humanidad.

Y, por supuesto, sucede de manera más eficaz cuando no estamos planificando o luchando por ella. Volviendo de nuevo a Lubac: ‘Aquel que responderá mejor a las necesidades de su tiempo será alguien que no habrá tratado de responder a ellas primero’ (op.cit.). Y ‘el hombre que busca sinceridad en lugar de buscar la verdad en el olvido de sí mismo, es como el hombre que quiere estar distante en lugar de abandonarse completamente al amor’ (op.cit.). El enemigo de la proclamación del Evangelio es la autoconciencia y, por definición, no podemos superarlo siendo más conscientes de nosotros mismos. Debemos volver a San Pablo y preguntarnos: ‘¿Qué buscamos?’ ¿Miramos con ansiedad los problemas actuales, la variedad de infidelidades o la amenaza a la fe y la moralidad, la debilidad de la institución? ¿O buscamos a Jesús, el rostro revelado de la imagen de Dios, a la luz del cual vemos la imagen de nuevo reflejada en nosotros y en nuestro vecinos?

Esto nos recuerda sencillamente que la evangelización es siempre el desbordamiento de otra cosa: el viaje del discípulo hacia la madurez en Cristo; un viaje que no está organizado por un ego ambicioso, sino que es el resultado de la insistencia y de la atracción del Espíritu en nosotros. En nuestras deliberaciones sobre cómo hay que hacer para que el Evangelio de Cristo sea de nuevo apasionadamente atractivo para los hombres y mujeres de nuestros días, espero que nunca perdamos de vista qué es lo que hace que sea apasionante para nosotros, para cada uno de nosotros en nuestros diferentes ministerios. Les deseo alegría en estos debates, no sólo claridad o eficacia en la planificación, sino gozo en la promesa de la visión del rostro de Cristo y en el anuncio de esa plenitud en la alegría de la comunión uno con el otro, aquí y ahora.

 

The full text of the Archbishop’s address is below:

https://www.elenciclopedista.com.ar/rome-reports-50-anos-del-concilio-vaticano-ii-bartolome-i-patriarca-de-constantinopla-y-arz-anglicano-rowan-williams-textos-en-ingles-y-castellano/?xurl=http%3A%2F%2Fwww.archbishopofcanterbury.org%2Farticles.php%2F2645%2Farchbishops-address-to-the-synod-of-bishops-in-rome

The Archbishop of Canterbury’s Address to the Thirteenth Ordinary General Assembly of the Synod of Bishops on The New Evangelization for the Transmission of the Christian Faith

  

Your Holiness, Reverend Fathers,

brothers and sisters in Christ – dear Friends

1.      I am deeply honoured by the Holy Father’s invitation to speak in this gathering:  as the Psalmist says, ‘Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum’.  The gathering of bishops in Synod for the good of all Christ’s people is one of those disciplines that sustain the health of Christ’s Church.  And today especially we cannot forget that great gathering of ‘fratres in unum’ that was the Second Vatican Council, which did so much for the health of the Church and helped the Church to recover so much of the energy needed to proclaim the Good News of Jesus Christ effectively in our age.  For so many of my own generation, even beyond the boundaries of the Roman Catholic Church, that Council was a sign of great promise, a sign that the Church was strong enough to ask itself some demanding questions about whether its culture and structures were adequate to the task of sharing the Gospel with the complex, often rebellious, always restless mind of the modern world.

2.      The Council was, in so many ways, a rediscovery of evangelistic concern and passion, focused not only on the renewal of the Church’s own life but on its credibility in the world.  Texts such as Lumen gentium and Gaudium et spes laid out a fresh and joyful vision of how the unchanging reality of Christ living in his Body on earth through the gift of the Holy Spirit might speak in new words to the society of our age and even to those of other faiths.  It is not surprising that we are still, fifty years later, struggling with many of the same questions and with the implications of the Council; and I take it that this Synod’s concern with the new evangelization is part of that continuing exploration of the Council’s legacy.

3.      But one of the most important aspects of the theology of the second Vaticanum was a renewal of Christian anthropology.  In place of an often strained and artificial neo-scholastic account of how grace and nature were related in the constitution of human beings, the Council built on the greatest insights of a theology that had returned to earlier and richer sources – the theology of spiritual geniuses like Henri de Lubac, who reminded us of what it meant for early and mediaeval Christianity to speak of humanity as made in God’s image and of grace as perfecting and transfiguring that image so long overlaid by our habitual ‘inhumanity’.  In such a light, to proclaim the Gospel is to proclaim that it is at last possible to be properly human:  the Catholic and Christian faith is a ‘true humanism’, to borrow a phrase from another genius of the last century, Jacques Maritain.

4.      Yet de Lubac is clear what this does not mean.  We do not replace the evangelistic task by a campaign of ‘humanization’.  ‘Humanize before Christianizing?’ he asks – ‘If the enterprise succeeds, Christianity will come too late: its place will be taken.  And who thinks that Christianity has no humanizing value?’  So de Lubac writes in his wonderful collection of aphorisms, Paradoxes of Faith.  It is the faith itself that shapes the work of humanizing and the humanizing enterprise will be empty without the definition of humanity given in the Second Adam.  Evangelization, old or new, must be rooted in a profound confidence that we have a distinctive human destiny to show and share with the world.  There are many ways of spelling this out, but in these brief remarks I want to concentrate on one aspect in particular.

5.      To be fully human is to be recreated in the image of Christ’s humanity;  and that humanity is the perfect human ‘translation’ of the relationship of the eternal Son to the eternal Father, a relationship of loving and adoring self-giving, a pouring out of life towards the Other.  Thus the humanity we are growing into in the Spirit, the humanity that we seek to share with the world as the fruit of Christ’s redeeming work, is a contemplative humanity.  St Edith Stein observed that we begin to understand theology when we see God as the ‘First Theologian’, the first to speak out the reality of divine life, because ‘all speaking about God presupposes God’s own speaking’; in an analogous way we could say that we begin to understand contemplation when we see God as the first contemplative, the eternal paradigm of that selfless attention to the Other that brings not death but life to the self.  All contemplating of God presupposes God’s own absorbed and joyful knowing of himself and gazing upon himself in the trinitarian life.

6.      To be contemplative as Christ is contemplative is to be open to all the fullness that the Father wishes to pour into our hearts.  With our minds made still and ready to receive, with our self-generated fantasies about God and ourselves reduced to silence, we are at last at the point where we may begin to grow.  And the face we need to show to our world is the face of a humanity in endless growth towards love, a humanity so delighted and engaged by the glory of what we look towards that we are prepared to embark on a journey without end to find our way more deeply into it, into the heart of the trinitarian life.  St Paul speaks (in II Cor 3.18) of how ‘with our unveiled faces reflecting the glory of the Lord’, we are transfigured with a greater and greater radiance.  That is the face we seek to show to our fellow-human beings.

7.      And we seek this not because we are in search of some private ‘religious experience’ that will make us feel secure or holy.  We seek it because in this self-forgetting gazing towards the light of God in Christ we learn how to look at one another and at the whole of God’s creation.  In the early Church, there was a clear understanding that we needed to advance from the self-understanding or self-contemplation that taught us to discipline our greedy instincts and cravings to the ‘natural contemplation’ that perceived and venerated the wisdom of God in the order of the world and allowed us to see created reality for what it truly was in the sight of God – rather than what it was in terms of how we might use it or dominate it.  And from there grace would lead us forward into true ‘theology’, the silent gazing upon God that is the goal of all our discipleship.

8.      In this perspective, contemplation is very far from being just one kind of thing that Christians do: it is the key to prayer, liturgy, art and ethics, the key to the essence of a renewed humanity that is capable of seeing the world and other subjects in the world with freedom – freedom from self-oriented, acquisitive habits and the distorted understanding that comes from them.  To put it boldly, contemplation is the only ultimate answer to the unreal and insane world that our financial systems and our advertising culture and our chaotic and unexamined emotions encourage us to inhabit.  To learn contemplative practice is to learn what we need so as to live truthfully and honestly and lovingly.  It is a deeply revolutionary matter.

9.      In his autobiography Thomas Merton describes an experience not long after he had entered the monastery where he was to spend the rest of his life (Elected Silence, p.303).  He had contracted flu, and was confined to the infirmary for a few days, and, he says, he felt a ‘secret joy’ at the opportunity this gave him for prayer – and ‘to do everything that I want to do, without having to run all over the place answering bells.’  He is forced to recognise that this attitude reveals that ‘All my bad habits…had sneaked into the monastery with me and had received the religious vesture along with me: spiritual gluttony, spiritual sensuality, spiritual pride.’  In other words, he is trying to live the Christian life with the emotional equipment of someone still deeply wedded to the search for individual satisfaction.  It is a powerful warning: we have to be every careful in our evangelisation not simply to persuade people to apply to God and the life of the spirit all the longings for drama, excitement and self-congratulation that we so often indulge in our daily lives.  It was expressed even more forcefully some decades ago by the American scholar of religion, Jacob Needleman, in a controversial and challenging book called Lost Christianity: the words of the Gospel, he says, are addressed to human beings who ‘do not yet exist’.  That is to say, responding in a life-giving way to what the Gospel requires of us means a transforming of our whole self, our feelings and thoughts and imaginings.  To be converted to the faith does not mean simply acquiring a new set of beliefs, but becoming a new person, a person in communion with God and others through Jesus Christ.

10.  Contemplation is an intrinsic element in this transforming process.  To learn to look to God without regard to my own instant satisfaction, to learn to scrutinise and to relativise the cravings and fantasies that arise in me – this is to allow God to be God, and thus to allow the prayer of Christ, God’s own relation to God, to come alive in me.  Invoking the Holy Spirit is a matter of asking the third person of the Trinity to enter my spirit and bring the clarity I need to see where I am in slavery to cravings and fantasies and to give me patience and stillness as God’s light and love penetrate my inner life.  Only as this begins to happen will I be delivered from treating the gifts of God as yet another set of things I may acquire to make me happy, or to dominate other people.  And as this process unfolds, I become more free—to borrow a phrase of St Augustine (Confessions IV.7)—to ‘love human beings in a human way’, to love them not for what they may promise me, to love them not as if they were there to provide me with lasting safety and comfort, but as fragile fellow-creatures held in the love of God.  I discover (as we noted earlier) how to see other persons and things for what they are in relation to God, not to me.  And it is here that true justice as well as true love has its roots.

11.  The human face that Christians want to show to the world is a face marked by such justice and love, and thus a face formed by contemplation, by the disciplines of silence and the detaching of the self from the objects that enslave it and the unexamined instincts that can deceive it. If evangelisation is a matter of showing the world the ‘unveiled’ human face that reflects the face of the Son turned towards the Father, it must carry with it a serious commitment to promoting and nurturing such prayer and practice.  It should not need saying that this is not at all to argue that ‘internal’ transformation is more important than action for justice; rather, it is to insist that the clarity and energy we need for doing justice requires us to make space for the truth, for God’s reality to come through.  Otherwise our search for justice or for peace becomes another exercise of human will, undermined by human self-deception.  The two callings are inseparable, the calling to ‘prayer and righteous action’, as the Protestant martyr Dietrich Bonhoeffer put it, writing from his prison cell in 1944.  True prayer purifies the motive, true justice is the necessary work of sharing and liberating in others the humanity we have discovered in our contemplative encounter.

12.  Those who know little and care less about the institutions and hierarchies of the Church these days are often attracted and challenged by lives that exhibit something of this.  It is the new and renewed religious communities that most effectively reach out to those who have never known belief or who have abandoned it as empty and stale.  When the Christian history of our age is written especially, though not only, as regards Europe and North America—we shall see how central and vital was the witness of places like Taizé or Bose, but also of more traditional communities that have become focal points for the exploration of a humanity broader and deeper than social habit encourages.  And the great spiritual networks, Sant’ Egidio, the Focolare, Communione e Liberazione, these too show the same phenomenon; they make space for a profounder human vision because in their various ways all of them offer a discipline of personal and common life that is about letting the reality of Jesus come alive in us.

13.  And, as these examples show, the attraction and challenge we are talking about can generate commitments and enthusiasms across historic confessional lines.  We have become used to talking about the imperative importance of ‘spiritual ecumenism’ these days; but this must not be a matter of somehow opposing the spiritual and the institutional, nor replacing specific commitments with a general sense of Christian fellow-feeling.  If we have a robust and rich account of what the word ‘spiritual’ itself means, grounded in scriptural insights like those in the passages from II Corinthians that we noted earlier, we shall understand spiritual ecumenism as the shared search to nourish and sustain disciplines of contemplation in the hope of unveiling the face of the new humanity.  And the more we keep apart from each other as Christians of different confessions, the less convincing that face will seem.  I mentioned the Focolare movement a moment ago: you will recall that the basic imperative in the spirituality of Chiara Lubich was ‘to make yourself one’ – one with the crucified and abandoned Christ, one through him with the Father, one with all those called to this unity and so one with the deepest needs of the world.  ‘Those who live unity … live by allowing themselves to penetrate always more into God.  They grow always closer to God … and the closer they get to him, the closer they get to the hearts of their brothers and sisters’ (Chiara Lubich: Essential Writings, p.37).  The contemplative habit strips away an unthinking superiority towards other baptised believers and the assumption that I have nothing to learn from them.  Insofar as the habit of contemplation helps us approach all experience as gift, we shall always be asking what it is that the brother or sister has to share with us – even the brother or sister who is in one way or another separated from us or from what we suppose to be the fullness of communion.  ‘Quam bonum et quam jucundum …’.

14.  In practice, this might suggest that wherever initiatives are being taken to reach out in new ways to a lapsed Christian or post-Christian public, there should be serious work done on how such outreach can be grounded in some ecumenically shared contemplative practice.  In addition to the striking way in which Taizé has developed an international liturgical ‘culture’ accessible to a great variety of people, a network like the World Community for Christian Meditation, with its strong Benedictine roots and affiliations, has opened up fresh possibilities here.  What is more, this community has worked hard at making contemplative practice accessible to children and young people, and this needs the strongest possible encouragement.  Having seen at first hand—in Anglican schools in Britain—how warmly young children can respond to the invitation offered by meditation in this tradition, I believe its potential for introducing young people to the depths of our faith to be very great indeed.  And for those who have drifted away from the regular practice of sacramental faith, the rhythms and practices of Taizé or the WCCM are often a way back to this sacramental heart and hearth.

15.  What people of all ages recognise in these practices is the possibility, quite simply, of living more humanly – living with less frantic acquisitiveness, living with space for stillness, living in the expectation of learning, and most of all, living with an awareness that there is a solid and durable joy to be discovered in the disciplines of self-forgetfulness that is quite different from the gratification of this or that impulse of the moment.  Unless our evangelisation can open the door to all this, it will run the risk of trying to sustain faith on the basis of an un-transformed set of human habits – with the all too familiar result that the Church comes to look unhappily like so many purely human institutions, anxious, busy, competitive and controlling.  In a very important sense, a true enterprise of evangelisation will always be a re-evangelisation of ourselves as Christians also, a rediscovery of why our faith is different, transfiguring – a recovery of our own new humanity.

16.  And of course it happens most effectively when we are not planning or struggling for it.  To turn to de Lubac once again, ‘He who will best answer the needs of his time will be someone who will not have first sought to answer them’ (op. cit. pp.111-2); and ‘The man who seeks sincerity, instead of seeking truth in self-forgetfulness, is like the man who seeks to be detached instead of laying himself open in love’ (p.114).  The enemy of all proclamation of the Gospel is self-consciousness, and, by definition, we cannot overcome this by being more self-conscious.  We have to return to St Paul and ask, ‘Where are we looking?’  Do we look anxiously to the problems of our day, the varieties of unfaithfulness or of threat to faith and morals, the weakness of the institution?  Or are we seeking to look to Jesus, to the unveiled face of God’s image in the light of which we see the image further reflected in ourselves and our neighbours?

17.  That simply reminds us that evangelisation is always an overflow of something else – the disciple’s journey to maturity in Christ, a journey not organised by the ambitious ego but the result of the prompting and drawing of the Spirit in us.  In our considerations of how we are once again to make the Gospel of Christ compellingly attractive to men and women of our age, I hope we never lose sight of what makes it compelling to ourselves, to each one of us in our diverse ministries.  So I wish you joy in these discussions – not simply clarity or effectiveness in planning, but joy in the promise of the vision of Christ’s face, and in the fore-shadowings of that fulfilment in the joy of communion with each other here and now.

©  Rowan Williams 2012

 

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