Rodolfo Kusch: olvidado y rescatado vivo

Cuando se sube a la iglesia de Santa Ana del Cusco, se experimenta la fatiga de un largo peregrinaje. Ahí se suceden las calles malolientes con todo ese viejo compromiso con verdades desconocidas. (…) Todo parece hacerse más tortuoso, porque no se trata del cansancio físico, sino del temor por nuestras buenas cosas que hemos dejado atrás, allá, entre la buena gente de nuestra gran ciudad”. Así comienza, quizás, la obra más importante de Rodolfo Kusch (Buenos Aires, 1922-1979), América Profunda (1962). Admirado y resistido, Kusch es hoy una figura central de nuestro pensamiento. Así lo evidencian las tesis y congresos dedicados a su obra. Incluso se ha presentado recientemente un documental sobre su vida y obra bajo el nombre de “Hombre bebiendo luz” realizado por Jorge Falcón (2012) y que se encuentra disponible en Internet.

La obra de Kusch puede ser puesta en contexto con la obra del pensador Arturo Roig en Argentina, Aníbal Quijano en Perú, Milton Santos en Brasil y Castro Gómez en Colombia. Según explica José Tas, organizador de las III Jornadas “El pensamiento de Rodolfo Kusch” organizadas por la Untref y el Congreso de la Nación, concluidas ayer, estos pensadores aportan, desde América, “la filosofía del Posicionamiento Colectivo, anclados en los supuestos que nos rodean, más cercanos a nuestra vida, para cuestionar lo obvio, para ampliar los horizontes de lo fagocitado que nos inhibe generar otro relato pero en comunidad”.

Ahora bien, ¿por qué la importancia de Kusch? De acuerdo con la Dra. Dina Picotti, compiladora de Pensar desde América, “la figura de Rodolfo Kusch significa en la filosofía argentina ante todo la decisión y el coraje de ponerse a pensar desde la realidad en la que le tocó estar y vivir, desde sus propias voces, tanto de la ciudad como del interior del país, sobre todo la zona andina. Por ello tuvo que pagar sus costos, ser casi ignorado por la academia”. Con el golpe militar de 1976, la universidad le quita sus cargos y se asienta en Maimará, Jujuy. Allí continuará con sus investigaciones.

Recibido en 1948 de profesor de Filosofía en la UBA, Kusch escribió una serie de textos filosóficos donde se destacaban estas obras El pensamiento indígena y popular en América (1975); Geocultura del hombre americano (1976); Esbozo de una antropología filosófica (1978), entre otras. También escribió obras de teatro comoTangoCredo erranteLa muerte del ChachoLa leyenda de Juan Moreira; obras que cuestionaban nuestros mitos fundacionales. Fue un gran estudioso de la filosofía de Heidegger, en sus escritos se observa la lectura del filósofo alemán.

Para Kusch, el mal llamado descubrimiento de América, plantea el encuentro de dos experiencias del hombre, la del ser y la del estar, conceptos fundamentales de su pensamiento. La experiencia del ser refiere a la Europa del siglo XVI y la del estar a la de nuestras culturas precolombinas. Según explica José Tas, “El Ser que ha llegado a nosotros es el de los griegos y, según plantea Kusch, es un ser muy tecnificado, presuroso de dominar la acción y codificarla, en el marco de la filosofía de la conciencia”. En Occidente vivimos una carrera por ser alguien, mientras en los pueblos andinos, apacibles a la naturaleza, se Está”. Contrariamente, en las culturas andinas “El Estar convoca a un territorio, es estar parado en la vida, a vivir sin más.”

Desarrollado en América Profunda (1962), Kusch define el “mero estar” a partir de la cultura quichua. Esta posee la particularidad de ser estática, la mandala cósmica funciona como centro de gravitación desde el cual el quichua contempla el mundo. Aquel estatismo abarcaba todos los aspectos de esta cultura “como si toda ella respondiera a un canon uniforme, que giraba en torno al estar en el sentido de un estar aquí, aferrado a la parcela cultivada, a la comunidad y a las fuerzas hostiles de la naturaleza”, escribió Kusch.

Ahora bien, ¿cómo han sido percibidas estas culturas por la ciudad? Y aquí irrumpe otro concepto sobresaliente de su pensamiento, el hedor de América. Es, ni más ni menos, la experiencia del ciudadano en su visita a la iglesia Santa Ana del Cusco citada al comienzo de esta nota. Opuesto a la pulcritud de la ciudad, Kusch da cuenta del hedor con sincera brutalidad: “Nuestros buenos ciudadanos piensan que lo que no es ciudad ni prócer ni pulcritud, es un hedor susceptible de ser exterminado; la solución para América pasa por remediar la suciedad e implantar la pulcritud. Esta oposición se torna irremediable” En este contexto Tupac Amaru, Rosas, Peñaloza, Perón son, para Kusch, revelación hedienta de nuestra América, una experiencia maldita.

Y cuán presente está hoy el hedor. En cada acto racista cada vez que se nombra al otro “bolita”, “negro cabeza”, aparece percibido como lo nauseabundo. La supuesta pulcritud ciudadana, civilizada, otorga seguridad exterior manifestada con insolencia, “hasta el punto de hablar de hedor con el único afán de avergonzar a los otros”.

La relación en torno al pensar y al suelo también es vital en su pensamiento. En Esbozo de una antropología filosófica americana (1978), Kusch analiza dicha relación como “resultante de una intersección entre lo geográfico y cultural”, para el filósofo hay una clara “incidencia del suelo en el pensamiento”. De aquí que sostenga que todo pensamiento “sufre la gravidez del suelo” desde el cual crea formas de pensamiento originales. Y su filosofía es un claro ejemplo de esto.

Si bien Kusch muere en Buenos Aires, adonde había vuelto para tratar sus problemas de salud, en 1998, sus restos se trasladan al cementerio de Maimará. En su honor, el gobierno de la provincia de Jujuy le ha levantado una apacheta (montículo de piedras a modo de altar) junto a su tumba.

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