Retrato impresionista

Cuenta Camilo Sánchez, en su novela, La viuda de los Van Gogh , que las cartas que Vincent le escribió a su hermano Théo estuvieron guardadas en una “maleta de fino cuero argentino marca Pugliese”. Es ficción, seguramente Sánchez se lo inventó, pero, como todo en este relato, el dato se constata primero con los sentidos, después con lo que se sabe de la historia, y finalmente termina pasando por algo real.

Hay otros guiños en la novela –un matrimonio porteño visita la casa de la protagonista, Johanna Van Gogh-Bonger, viuda de Théo, y por 30 florines se lleva a las pampas dos dibujos de la primera época del artista. Nuevamente un chascarrillo, estratégicamente dirigidos a la intriga del lector argentino, que no le quita peso específico al retrato de esta mujer de la que, a ciencia cierta, poco se sabe.

Johanna Van Gogh-Bonger no vio más de tres veces a su cuñado pero su vida dio un vuelco inesperado cuando este se quita la vida y su hermano cae víctima de la melancolía, como se diagnosticaba entonces a la depresión. Hija ilustrada de una familia burguesa, la muchacha no se dejar arrastrar por la locura y sentada a los pies de su marido moribundo comienza a llevar un diario cuyas páginas muchas veces sólo sirven para alimentar el fuego, lo que, al fin de cuentas, es irrelevante; ella escribe para ordenar las ideas. Escribe para pensar.

Seis meses después, con 28 años, Johanna Van Gogh-Bonger se queda sola, con su hijo recién nacido llamado Vincent, como el tío, y los cuadros enfurecidos que cubren las paredes de la casa y, enrollados, llenan el desván y las alacenas, y la valija de cuero, con las 651 cartas de letra urgente que el artista a lo largo de los años le había escrito a su hermano, próspero marchand , que había hecho célebres a Monet, a Degas, a Pissarro y a otros tantos impresionistas, pero que sin embargo no pudo vender ni un solo cuadro del loco Vincent Van Gogh.

Johanna lee las cartas como quien lee un mensaje cifrado. Lee para entender. Lee y escribe. Escribe y lee. Y a lo largo de las páginas, su diario íntimo, las cartas de Van Gogh y la crónica de Camilo Sánchez van tejiendo una trama que no necesita de las citas al pie de página para sostenerse sola. La vida social de París y de Utrecht, las irrupción de las vanguardias, el feminismo, la actividad sindical y el floreciente negocio del arte pompier son los rieles por los que anda esta prosa aletargada y sensual que no ahorra detalles ni adjetivos ni por eso pierde sobriedad.

“Escribir y podar son dos ejercicios de templanza”, dice Johanna obsesionada con los escritos de su cuñado. Ahí encuentra un poeta que la maravilla, ahí están también las huellas de una relación que intuye enfermiza; ahí está su esposo, el que no conocía, revelado ante los ojos de su hermano; y sobre todo, ahí está una nueva manera de ver el mundo, que es el aliento que necesita para seguir.

Afincada en la aldea de Bussum, donde se siente más fuerte para enfrentar los prejuicios contra una viuda demasiado activa, comienza la enorme tarea de reunir las seicientas telas que el artista dejó desperdigadas. Clasifica y edita las cartas para su publicación. Organiza la primera muestra del pintor en Holanda y coordina los envíos para las muestras sucesivas que se hicieron en el resto de Europa. Se asesora, pero no delega ni siquiera la comercialización de las obras que convierte en su mayor capital. Sigue el consejo que encuentra en las cartas: exhibir todo lo que se pueda, vender lo necesario para continuar con las muestras y dejar la mayor cantidad de obra, en lo posible, para los museos.

No es arriesgado afirmar que Johanna Van Gogh-Bonger fue quien dio a conocer a Van Gogh al mundo, como no sería arriesgado decir que este libro de Camilo Sánchez es buen retrato de esa mujer. Pero incluso así, habrá que decir que se trata de un ejercicio personal e intuitivo, que, como una pintura expresionista, más que concentrarse en las apariencias, evoca su animosidad.

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